Sunday, April 8, 2007


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Caballo de Troya 2

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

J. J. BENÍTEZ

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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Índice

 

 

 

EL DIARIO (Segunda Parte)
9 de Abril, Domingo (Año 30)
10 de Abril, Lunes
11 de Abril, Martes, al 14, Viernes
14 de Abril, Viernes
16 de Abril, Domingo

 

 

… Y a las 03.30 horas, después de besar el suelo rocoso de la cripta, abandoné el huerto de José de Arimatea. Los soldados de la fortaleza Antonia continuaban allí, desmayados, como mudos testigos de la más  ensacional

 

noticia: la resurrección del Hijo del Hombre.

 

A las 05.42 horas de aquel domingo “de gloria”, 9 de abril del año 30 de nuestra Era, el módulo despegó con el sol. Y al elevarnos hacia el futuro, una parte de mi corazón quedó para siempre en aquel “tiempo” y en aquel  Hombre a quien llaman Jesús de Nazaret.”

 

Así, con estas frases, finaliza mi anterior libro Caballo de Troya. Quienes lo hayan leído recordarán quizá que, en el relato del mayor norteamericano, se adelanta lo que el propio Jasón denomina un segundo “viaje” en el tiempo.

 

Pues bien, la presente obra recoge esa nueva y no menos fascinante aventura, interrumpida en las líneas precedentes por razones puramente técnicas: el volumen de la documentación era tal que fue preciso dividirlo, al menos, en dos partes.

 

Hecha esta puntualización, antes de proceder a la transcripción de esa segunda fase del diario, entiendo igualmente que es mi deber dejar aclarado otro par de asuntos.

 

Primero: no sería honrado animar al lector a continuar la lectura del presente trabajo si antes no ha tenido la oportunidad de leer Caballo de Troya.

 

Me explico. Dado que lo que aquí se va a exponer forma parte de un todo –el diario del mayor-, con un entramado que depende en buena medida de lo ya expuesto en Caballo de Troya, el lector que se enfrentase a este volumen ignorando el ya publicado, se situaría -sin querer- en inferioridad de condiciones a la hora de comprender muchos de los detalles técnicos, planteamientos, objetivos y sucesos registrados en la llamada Operación Caballo de Troya. Todo ello me obliga, en suma, a sugerir al lector que, si no conoce mi anterior obra, aplace la lectura del libro que tiene en las manos.

 

Segundo: dada la naturaleza de los hechos y afirmaciones vertidos en los 150 folios que constituyen esta forzada segunda parte del diario, me atrevo a recomendar a los lectores cuyos principios religiosos se encuentren irremisiblemente cristalizados en la más pura ortodoxia que, de igual forma, renuncien a la presente información. Aunque tales sucesos y apreciaciones sobre la infancia de Jesús de Nazaret, así como sobre las apariciones del Maestro de Galilea después de su muerte y resurrección, han sido tratados por el autor del diario con un absoluto respeto, algunas de las revelaciones son –en mi humilde opinión- de tal magnitud que los espíritus poco evolucionados o de estrecha visión podrían sentirse heridos o, cuando menos,  desorientados.

 

Para aquellos, en cambio, que permanecen en la difícil senda de la búsqueda.de la Verdad, los sucesivos  descubrimientos que irán apareciendo ante ellos –estoy firmemente convencido- contribuirán a enriquecer su alma y a comprender mejor la figura, el entorno y el mensaje del Hijo de Dios.

 

Éstos, y no otros, han sido y son mis objetivos al escribir ambos libros.

 

Hechas estas aclaraciones, entremos ya de lleno en esta última parte del diario

 

del mayor.

 

 

 

El diario

 

(Segunda Parte)

 

0055 horas y 43 minutos

 

 

 

Sesenta segundos después del despegue, el ordenador central -nuestro querido Santa Claus- respondió con su habitual eficacia y minuciosidad, estabilizando la “cuna” en la cota prevista (800 pies) para el inmediato y delicado proceso de “inversión de masa” de la nave que debería trasladarnos a nuestro tiempo: al siglo XX. Más exactamente, al 12 de febrero de 1973.

 

Eliseo y yo cruzamos una significativa mirada. Absorbidos en los preparativos para el despegue, mi hermano en aquel primer “gran viaje” y quien escribe, apenas si habíamos tenido ocasión de comentar mis últimas y desgarradoras experiencias al pie de la cruz y en las tensas horas que precedieron al amanecer del domingo, 9 de abril del año 30. Cuando, al fin, hacia las 04 horas abordé el módulo, mi rostro debía ser tan elocuente que Eliseo se mantuvo en un respetuoso y prolongado silencio.

 

Y una vez más me sentí aliviado y agradecido por su exquisita delicadeza.

 

Recuerdo que, mientras procedía a desembarazarme de las sudadas y ya malolientes ropas que me habían ayudado en mi papel como mercader griego, mi compañero, por propia iniciativa, puso en marcha la grabación registrada durante la llamada “última cena”. (Como ya indiqué en otro momento del presente diario, yo no había tenido ocasión de escucharla.) Y en silencio, hasta las 05 horas, ambos nos dejamos arrastrar por la voz del rabí de Galilea: dulce, firme y majestuosa. Conociendo, como conocíamos, toda la dimensión de la tragedia que acababa de producirse, los consejos y recomendación de Jesús a sus íntimos aparecieron ante mí con una fuerza y luminosidad indescriptibles.

 

Como creo haber insinuado ya anteriormente, excepción hecha de Juan, el Evangelista, el resto de los escritores sagrados no acertaría a transcribir con fidelidad ni los hechos ni el sentido de aquella memorable cena de despedida.

 

Pero debo dominarme. Es necesario que sepa controlar mis emociones y el caudal de sucesos que se agolpa en mi cerebro y, en beneficio de una mayor claridad, proseguir mi relato bajo el más estricto orden cronológico. Espero que aquellos que lleguen a leer mi legado sepan comprender y perdonar mis continuas debilidades y torpezas…

 

A partir de las 05 horas -a 42 minutos del alba-, Eliseo y yo, enfundados en los reglamentarios trajes espaciales, nos entregamos en cuerpo y alma a una exhaustiva revisión de los equipos, prestando una especialísima atención a la fase crítica de despegue. Aunque, como ya señalé en su momento, los técnicos

 

del proyecto habían programado el mencionado despegue, posterior “estacionario” de la nave y retorno de los ejes del tiempo de los swivels de forma automática, una punzante y lógica duda nos mantenía en tensión. ¿Y si

 

fallaba cualquiera de las delicadas maniobras ya citadas? ¿Qué sería de nosotros?

 

Probablemente fue esta temporal pero creciente excitación la que me rescató en aquellos momentos de la profunda angustia que había anidado en mi corazón a raíz de los once y agitados días que había vivido en aquel Israel del año 30. Una angustia -lo adelanto ya- que me marcaría para siempre…

 

05 horas y 41 minutos…

 

El computador central, de acuerdo con lo programado, accionó electrónicamente el dispositivo de incandescencia de la “membrana” exterior de la nave, eliminando así cualquier germen vivo que hubiera podido adherirse al blindaje de la “cuna”. Esta precaución -como ya expliqué- resultaba vital para evitar la posterior inversión tridimensional de los referidos gérmenes en uno u otro “tiempo” o marco tridimensional. Las con secuencias de un involuntario “ingreso” de tales organismos en “otro mundo” podrían haber sido nefastas.

 

05 horas… 41 minutos… 30 segundos.

 

Mi compañero y yo -pendientes de Santa Claus- captamos la rápida aceleración de nuestras respectivas frecuencias cardiacas. 120 pulsaciones!… -130!…

 

Estábamos a 15 segundos de la ignición.

 

05 horas… 42 minutos.

 

Oh, Dios mío!

 

Nuestras frecuencias cardíacas alcanzaron el umbral de las 150 pulsaciones.

 

El motor principal no respondía…

 

05 horas… 42 minutos… 3 segundos.

 

Vamos!… Vamos! Estamos listos!

 

Eliseo y yo, con la voz quebrada, empezamos a animar al perezoso J85.

 

Fueron los segundos más largos y dramáticos de aquella última fase de la operación.

 

05 horas… 42 minutos… 6 segundos..Una vibración familiar sacudió el módulo, al tiempo que mi hermano y yo conteníamos la respiración. Al fin, la turbina a chorro CF-200-2V fue activada, elevando la nave con un empuje de 1 585 kilos.

 

05 horas… 43 minutos…

 

Sesenta y seis segundos después del despegue, una vez alcanzados los 800 pies de altitud, los cohetes auxiliares, también de peróxido de hidrógeno y con 500 libras de empuje máximo cada uno, estabilizaron el módulo, controlando su posición.

 

Aunque la primera fase del retorno -amén de los seis angustiosos segundos de retraso en la ignición del motor principal- se había consumado sin mayores dificultades, Eliseo y yo observamos con cierta preocupación que los niveles de los tanques de combustible fijaban el “tiempo máximo de funcionamiento”, a partir del inicio de “estacionario”, en 910 segundos.

 

Era preciso actuar con suma diligencia.

 

Y Santa Claus, “consciente”, como nosotros, de la peligrosa escasez de nuestras reservas de peróxido de hidrógeno, no se demoró en la ejecución de la siguiente y no menos delicada operación.

 

A las 05 horas y 45 minutos de aquel 9 de abril del año 30, cuando el limbo superior del sol asomaba ya por detrás de los cenicientos riscos de Moab, en la costa oriental del mar Muerto, nuestro fiel ordenador central, que seguía manteniendo la incandescencia de la “membrana” exterior, accionó el sistema de inversión axial de las partículas subatómicas de la totalidad de la “cuna”, haciendo retroceder los ejes del tiempo de los swivels a los ángulos previamente establecidos por los hombres de Caballo de Troya, correspondientes a las 07 horas del 12 de febrero de 1973. En total, un “salto” de 709 612 días, 1 hora y 15 minutos. Es de suponer que, como sucediera en la noche de aquel histórico 30 de enero de 1973, fecha del inicio de nuestro primer “viaje” en el tiempo, una fortísima explosión se dejara sentir sobre la cumbre del monte de las Aceitunas en el instante mismo de la inversión de masa. Pero, obviamente, en esta ocasión no hubo forma de confirmarlo.

 

Décimas de segundo después de la sustitución de nuestro primitivo sistema referencial de tres dimensiones por el nuevo tiempo -por nuestro verdadero tiempo-, una súbita claridad penetró por las escotillas del módulo.

 

Eliseo y yo, con el alma encogida, permanecíamos con la vista fija en los dos pares de monitores de los cronómetros “moniónicos”, directamente conectados -gracias a Santa Claus- al mecanismo de inversión axial de los swivels. El vertiginoso baile de los dígitos había desembocado en una secuencia que nos devolvió la calma y que explicaba, a su vez, aquella sustancial diferencia de luminosidad entre el momento de nuestra partida del monte de los Olivos y la que ahora inundaba la nave..“07. 12-2-1973.”

 

(El orto o salida del sol en aquel 9 de abril del año 30 de nuestra Era se había producido, como cité anteriormente, a las 05.42 horas. “Ahora” -1943 años después-, el alba había te nido lugar a las 06.24. Nuestra súbita “aparición” sobre la Jerusalén moderna fue estimada, por tanto, a los 36 minutos del referido orto.)

 

Antes de proceder a una comprobación visual -y de acuerdo con el plan de vuelo- fue necesaria una nueva revisión de los sistemas que garantizaban el estacionario de la “cuna, y, muy especialmente, del mecanismo de emisión de luz infrarroja, vital para el apantallamiento de la nave. Todo parecía funcionar a la perfección. Durante el proceso de inversión de masa, la pila nuclear SNAP-IOA había seguido alimentando el motor principal y tanto nuestra altitud como posición en el espacio no habían variado. Curtiss y el resto del equipo de Caballo de Troya debían de encontrarse a 800 pies, tan ansiosos y expectantes como nosotros.

 

Eliseo me recordó el nivel de combustible -limitado a 600 segundos- y asentí, tratando de tranquilizarme -de tranquilizar a mi hermano con una media sonrisa. Ambos sabíamos que no podíamos demorar el descenso sobre la mezquita de la Ascensión. El menor error, la más pequeña duda o cualquier variación por nuestra parte del estricto programa previsto para el aterrizaje podían ser fatales.

 

Segundos antes de abrir la conexión con tierra pulsamos nuevamente el ordenador central, solicitando información sobre el grado de absorción de las ondas decimétricas por parte de la “membrana” exterior. Si ésta fallaba, los radares militares israelitas no tardarían en detectarnos [1].

 

Santa Claus nos tranquilizó. De momento, suponiendo que alguna estación de rastreo -en especial la situada en el monte Hermón- hubiera captado algo anormal a 800 pies sobre el Olivete, el posible “eco”, al carecer de retorno, hubiera sido identificado por los radaristas como una “zona de silencio”, relativamente habitual en este tipo de operaciones.

 

No había tiempo que perder. Y tras una rápida localización visual del octógono y de los hangares levantados en el recinto interior de la mezquita, Eliseo y yo pusimos en marcha la última fase del programa Apolo XI. Puesto que aquellos últimos minutos del “gran viaje” hacían absolutamente necesaria la comunicación por radio entre el módulo y el nuevo “punto de contacto”, los hombres de Caballo de Troya habían ideado un código idéntico al utilizado por Armstrong y Aldrin con Houston en el memorable 20 de julio de 1969, cuando el hombre pisó la Luna por primera vez. De esta forma, cualquier penetración ajena al proyecto en la banda de emisión [2] sólo serviría para confundir al hipotético intruso.

 

Una vez activada la “banda integradas”, Eliseo se hizo con el micro y, sin poder disimular su emoción, preguntó:

 

-Aquí Aguila… ¿Hay alguien ahí?…

 

Tras unos segundos, la voz de CAPCOM -el supuesto Houston- retumbó en nuestros oídos y en nuestros corazones -por qué ocultarlo- como la más dulce de las melodías.

 

-Aquí Houston… Bienvenidos a casa… Os recibimos “5 x 5”…

 

Eliseo, responsable de las comunicaciones, inspiró profundamente y, tras chequear de nuevo el nivel del peróxido de hidrógeno, anunció:

 

-Roger, a la escucha… Estamos a un ocho por ciento de combustible.

 

La advertencia debió de sonar como un trueno entre los hombres de Curtiss.

 

-Aquí CAPCOM. Entendí un ocho por ciento…

 

-Afirmativo -respondió Eliseo, adoptando una falsa tranquilidad-. Estamos listos para aterrizar. Cambio.

 

-Roger, entiendo. Altitud: 800 pies… Pueden conectar el parabrisas monitorizado [3].

 

Santa Claus, a quien considerábamos ya de la familia, respondió a mi orden, dibujando en el monitor un “túnel” sintético y cuadrangular en cuyo centro se hallaba igualmente digitalizada la imagen de la nave. Ahora todo era cuestión de dirigir el descenso del módulo por el interior del “túnel”. El fondo del mismo no era otra cosa que el reducido hangar en el que debíamos posar la “cuna”.

 

-Roger -intervino Eliseo-, Aguila dispuesta. “Túnel” en pantalla…

 

-Aquí CAPCOM. Ahora sólo tenéis que dejaros llevar por “mamá Curtiss”.

 

Cambio.

 

-Aquí Águila… Allá vamos… 750 pies… Oscilación nula y seguimos en descenso…

 

-Águila, muy bien… Altitud 700 pies… descendiendo a 23 pies por segundo.

 

¿Podéis reducir a 20? Cambio.

 

-Roger, entendido… Reducimos a 20… 680 pies y 20 abajo… 610 pies… 580…

 

540 pies…

 

La voz de CAPCOM intervino súbitamente, cortando a Eliseo:

 

-Atención, Águila!… Detectamos rachas de viento a 500 pies. 045 grados y 15 nudos [4].

 

-Repita, Houston.

 

Tanto Eliseo como yo sabíamos que, en aquellas críticas circunstancias, uno de los peores contratiempos podía ser justa mente éste. Una racha de viento de 30 kilómetros por hora, como las anunciadas por la estación en tierra, era capaz de desplazar el frágil módulo, sacándonos del “túnel “ sintético que nos servía de guía electrónica. Si esto llegaba a suceder y no éramos lo suficientemente hábiles como para hacer regresar a la nave a tan particular “ascensor de bajada”, el aterrizaje podía fracasar.

 

-Repita, Houston -insistió mi compañero.

 

-Aquí CAPCOM. Estamos leyendo viento a 500. Dirección: 045 grados y 15.

 

-Aquí Aguila. Entendí 045 grados y 15 nudos.

 

-Afirmativo. Aguila… Afirmativo. Reducir al máximo. Reducir a nueve y agarraos fuerte hasta que haya pasado…

 

-Roger, Houston -señaló Eliseo, haciéndome una señal para que aumentara la potencia de los retrocohetes auxiliares-. 510 pies y bajando a nueve… 500 pies… 480 pies y manteniendo nueve pies por segundo….Tal y como nos temíamos, el viento racheado del noreste hizo cabecear la “cuna”. Y a pesar de mis esfuerzos por controlar los ocho pequeños motores de posición, la imagen digitalizada del módulo terminó por atravesar las líneas amarillas que configuraban el “túnel de descenso”, haciendo saltar todas las alertas acústicas y luminosas.

 

-Aquí Houston… Pérdida de contacto con MLS. Desvío a 225 grados.

 

Tranquilos, muchachos…

 

-Aquí Águila -respondió Eliseo, con los ojos fijos en el parabrisas monitorizado, en el que, en efecto, el módulo aparecía desviado horizontalmente unos 90 pies-. Jasón está luchando con esas malditas válvulas [5]. Estamos estabilizados en 450 pies…

 

-Roger, Águila… Le escuchamos. Cambio.

 

-Aquí Aguila. Motores a máxima potencia… Inclinación del módulo, 33 grados… Repito: estabilizados horizontalmente a 450 pies y retrocediendo a MLS… 40 pies atrás… Ya casi estamos…

 

-Roger, Águila… -la voz de CAPCOM sonó reposada. en un intento de sosegar nuestros ánimos-. Un poco más…

 

-CAPCOM, lo estamos intentando, pero este maldito viento… Inclinación 35 grados y seguimos en 459 pies… Rayos!, lo que faltaba…!

 

-Aquí CAPCOM. ¿Qué sucede ahora? Cambio.

 

Sometidos a un empuje máximo, los motores estaban dando buena cuenta de las cada vez mas mermadas reservas de peróxido de hidrógeno. Y en esos instantes, cuando la nave había retrocedido 80 pies en su vuelo horizontal, en busca del interior del “túnel de descenso”. el nivel de combustible -reducido a un cinco por ciento- hizo saltar una nueva alarma.

 

-CAPCOM, aquí Aguila… Tenemos luz cuantitativa. Alarma 1201 … Lectura de combustible: cinco por ciento. Vamos a activar la última reserva. Cambio.

 

-Roger, Aguila. Autorizado a “tanques on” [6].

 

-OK… “Tanques on”…

 

-Águila, dame combustible. Cambio.

 

-Con la reserva, tiempo máximo de funcionamiento, 180 segundos… Que Dios nos ampare!

 

Pero el módulo, obediente, había vencido la fuerza del viento, situándose de nuevo en el centro del “túnel”. Y la voz de Houston sonó “5 X 5”:

 

-Aquí CAPCOM. Adelante, Aguila. Restablecida la conexión MLS… Proceda a descender..-Roger, y gracias al cielo. Allá vamos de nuevo… 400 pies y seguimos bajando… 370 pies y bajando a nueve pies por segundo…

 

Inclinación nula aunque sigue el cabeceo…

 

-Roger. Parece que las cosas van bien ahora… Dame combustible. Cambio.

 

-OK, CAPCOM. Leo 120 segundos y bajando a nueve…

 

-Aquí CAPCOM. Entendí 120. Cambio.

 

-Afirmativo… Altitud: 220 pies y reducimos a cuatro y medio… 160 pies y cuatro y medio pies por segundo…

 

-OK, Águila… Vamos, un poco más… “Mamá Curtiss” está escuchando ya vuestro silbido… Cambio.

 

El control en tierra se refería al ruido de los motores, amortiguado por los potentes silenciadores.

 

Aquellos últimos metros fueron para mí -responsable del aterrizaje- los más ingratos y penosos. El viento racheado -oscilando entre los 15 y 20 nudos-desplazaba la “cuna” una y otra vez contra las “paredes” del “túnel” electrónico, obligando al ordenador central y a mí mismo a una continua corrección de trayectoria.

 

Cuando, al fin, Eliseo anunció los últimos 90 pies, mis manos y frente se hallaban bañadas en un profuso sudor.

 

-CAPCOM. Aquí Águila. Descendiendo, descendiendo… 90 pies de altitud.

 

Podemos ver la plataforma en el interior del hangar… Abajo la mitad… 45 pies y manteniendo los tres pies por segundo. Cambio.

 

-Roger, Aguila… Todo en orden. ¿Me das lectura de combustible?

 

-Aquí Águila. Tiempo máximo de funcionamiento 60 segundos… 40 pies…

 

Adelante, adelante… 30 pies y descendiendo a tres por segundo… Parece que recogemos algo de polvo… Abajo la mitad… 30 segundos…

 

-Roger, Aguila. Casi os podemos coger con la mano… Cambio..-Aquí Águila… 20 pies… 15… 9 pies… Luz de contacto!… Gracias a Dios!

 

Cuando los puntales amortiguadores de choque de las cuatro patas del módulo establecieron contacto con la plataforma de “mamá Curtiss”, el ordenador central procedió a la desconexión automática de los motores.

 

La lectura del tiempo máximo de funcionamiento nos dejó sin habla: “10 segundos.”

 

Eliseo suspiró aliviado, al tiempo que esperaba la orden de desactivación del “escudo” protector de infrarrojos.

 

-Aquí CAPCOM. Bienvenidos… Registramos parada de máquina. Cambio.

 

-OK, CAPCOM. ¿Autorizados derogación orden de ascenso? Cambio.

 

-Afirmativo, Águila. Proceder a desactivación apantallamiento radiación infrarroja e incandescencia “membrana” exterior [7]. Aquí tienen a un grupo de muchachos a punto de quedarse lívidos. Respiramos de nuevo. Muchas

 

gracias. Cambio.

 

-Aquí Águila. Gracias a vosotros.

 

-CAPCOM. ¿Estáis bien? Cambio.

 

-Perfectamente. Vamos a estar ocupados durante un par de minutos…

 

Y el silencio reinó en el interior de nuestra querida “cuna”, apenas roto por el progresivo repiquetear de los interruptores que iban siendo desconectados.

 

A las 07 horas y 17 minutos de aquel 12 de febrero de 1973, al abandonar el módulo, Eliseo y yo cerrábamos así el primer y más fascinante “ viaje” practicado por ser humano alguno. Qué poco imaginábamos que en breve –mucho antes de lo que nadie hubiera supuesto- mi hermano y yo nos veríamos envueltos en una segunda y no menos increíble aventura!

 

Cuando descendimos del módulo, una salva de aplausos nos devolvió a la realidad. Los técnicos de la operación Caballo de Troya, con el general Curtiss a la cabeza, se echaron material mente sobre nosotros, abrazándonos. Durante algunos minutos, al igual que ocurriera once días antes, con motivo de nuestra partida, un nudo atenazó todas las gargantas. Y los ojos del veterano Curtiss, a pesar de sus esfuerzos, se humedecieron. Pero aquella alegría duraría poco.

 

Esa misma mañana, mientras los ingenieros se afanaban en un vertiginoso desmantelamiento de la “cuna”, Curtiss y los directores del proyecto, sentados frente a sendas y humeantes tazas de café, iban a recibir dos noticias que cambiarían el rumbo de la operación.

 

De acuerdo con lo establecido, una vez concluida la misión, el trabajo de los hombres de Curtiss debía concentrarse en dos objetivos fundamentales: el ya referido desmantelamiento del módulo, permitiendo el ingreso de los técnicos israelitas en la estación receptora de fotografías procedentes del satélite artificial Big Bird y, conjuntamente con la “cuna” y el instrumental utilizado en el “gran viaje”, nuestro inmediato traslado a los Estados Unidos..Concretamente, a la base de Edwards donde, siempre en secreto, había sido previsto el exhaustivo análisis de la información y material aportados por los “exploradores”.

 

La primera noticia -la notificación por mi parte al jefe del proyecto de la pérdida del micrófono, camuflado la noche del Jueves Santo en la base del farol que alumbraba la llamada “última cena”, en el piso superior de la casa de Elías Marcos- cayó como un jarro de agua fría. Una de las reglas de oro de la operación establecía precisamente que ninguno de los exploradores a “otro tiempo” podía “regresar” con objetos, manuscritos o materiales propios de dicha época. Esto era sagrado. Y, de la misma forma, los miembros de cada expedición estaban obligados a velar por su propio instrumental y equipo, no permitiendo, bajo ningún concepto, que cayera en manos ajenas o que, simplemente, se perdiera. La rigidez de nuestro código moral llegaba a tales extremos que, en el supuesto de “alta emergencia”, cualquiera de los dispositivos tecnológicos manipulados en la misión que se viera gravemente comprometido debía ser destruido. Sólo aquellas piezas o enseres asociables al momento histórico motivo de la exploración -como era el caso de las esmeraldas regaladas por mí a Poncio Pilato y al comandante de la fortaleza Antonia, Civilis, o el oro en pepitas destinado a la obtención de monedas de curso legal en la Palestina del año 30- se hallaban autorizados y podían ser incorporados al flujo rutinario de dicha sociedad.

 

De ahí que el involuntario extravío del diminuto y sofisticado micrófono –diseñado y construido por los especialistas de la ATT (American Telephone and Telegraph) para esta misión- conmoviera los ánimos de Curtiss y del resto del equipo. Y aunque comprendieron que las consecuencias del doble seísmo registrado en las primeras horas de la tarde del viernes, 7 de abril del mencionado año 30 en Jerusalén, resultaban del todo imprevisibles para mi y para cualquier otro explorador, la sola idea de haber abandonado una pieza tan específica del siglo XX en un entorno histórico-geográfico tan remoto y ajeno a dicha tecnología, empezó a obsesionar al director de la operación.

 

(Sinceramente, ahora doy gracias al cielo por mi involuntario error y, sobre todo, por la obsesiva idea que germinó entonces en el cerebro del general.).Y fue a lo largo de aquel primer y superficial examen de nuestra exploración cuando, casi sin querer y como consecuencia del comentario sobre el doble movimiento sísmico, varios de los directores del proyecto se mostraron especialmente interesados en la naturaleza de dichos temblores. Lógicamente, hasta que los sismogramas o registros permanentes instalados en la “cuna” no fueran enviados a Estados Unidos y descifrados por personal cualificado, nuestras apreciaciones sólo tenían el valor de simples hipótesis. Sin embargo, algo sí aparecía claro en aquellos primeros momentos: el tercer estremecimiento del módulo -cuando los sismógrafos ya habían enmudecido-sólo podía obedecer a la presencia de una onda expansiva. Este rotundo convencimiento de Eliseo, que padeció los dramáticos 63 segundos –duración estimada de ambos seísmos- a bordo del módulo, se vio refrendado por la inconfundible presencia en los sismogramas de las ondas “P”, características de las explosiones nucleares subterráneas [8].

 

La sorpresa y el desconcierto en los hombres de Caballo de Troya, como digo, fueron tales que, en ese mismo momento, Curtiss abandonó el hangar en el que se había montado la estación receptora de imágenes y que nos servía de improvisado cuartel general, regresando a los pocos minutos con los registros analógicos y digitales. Estos últimos sólo podían decodificarse mediante ordenador. Así que, ayudado por los directores y por el propio Eliseo, Curtiss examinó las oscilaciones registradas en el papel térmico. Allí estaba, efectivamente, la serie de “culebreos” provocada por las mencionadas ondas “P” o primarias. En la segunda sacudida -valorada después por los expertos en una magnitud situada entre 6,0 y 6,9-, este grupo de ondas aparecía en primer lugar y con extraordinaria claridad.

 

Curtiss, sumido en un profundo mutismo, se dejó caer sobre su asiento.

 

Supongo que sus pensamientos eran muy similares a los del resto del equipo:

 

¿Una explosión nuclear subterránea en pleno siglo I? ¿Y justamente en los críticos instantes en que se registraba el fallecimiento del Hijo del Hombre?

 

¿Cómo en tender aquel absurdo?

 

-A no ser que nos encontremos ante otro tipo de fenómeno -murmuró el general casi para si mismo.

 

-En cualquier caso -intervino acertadamente otro de los miembros del programa-, es preciso aguardar los resultados definitivos.

 

Todos nos mostramos de acuerdo. Sin embargo, el viejo general, en cuya mente rondaba ya una nueva y audaz idea, sugirió que tales análisis fueran practicados sin demora.

 

Ahora, con la perspectiva del tiempo, no resulta tan extraño o casual que en esos instantes, cuando Curtiss procedía a guardar los preciosos sismogramas,

 

decididamente dispuesto a enviarlos a Estados Unidos ese mismo 12 de.febrero de 1973, uno de sus ayudantes irrumpiera en el hangar, entregando al general un sobre cerrado. Al manipularlo, todos pudimos distinguir en el reverso el emblema de la embajada de nuestro país en Israel.

 

Tras unos segundos de atenta lectura, su rostro se ensombreció. Y sus ojos de halcón terminarían por clavarse en los míos, pasando después a perforar los de Eliseo. Mi hermano y yo nos miramos sin comprender. No hubo tiempo para más. Curtiss guardó el documento y, levantándose, nos rogó que le disculpásemos.

 

¿Qué había sucedido? ¿A qué obedecía aquel cambio en el semblante del general? ¿Por qué su mirada se había centrado en nosotros?

 

Aquella misiva, procedente de la embajada de Estados Unidos en Israel, contenía la segunda noticia que, como señalaba anteriormente, contribuiría –y de qué forma!- al cambio de planes en la aparentemente concluida Operación Caballo de Troya.

 

Aquella jornada del lunes, 12 de febrero, fue especialmente intensa. Pero intentaré ordenar mis recuerdos y sensaciones…

 

Esa misma mañana, una vez interrumpida la reunión con el general, los directores del programa estimaron que nuestra presencia en la mezquita de la Ascensión no era necesaria y que, en buena lógica, una vez practicados los obligados y rutinarios exámenes médicos, podíamos disponer del resto del día a nuestro antojo. Si todo discurría como hasta esos momentos, para el jueves, 15,o lo más tardar el 16 de ese mes de febrero, el módulo y los equipos auxiliares se hallarían totalmente embalados y dispuestos para su traslado al corazón del desierto de Mojave. Nosotros y buena parte de los 61 integrantes del proyecto viajaríamos con el material que, supuestamente, había servido para la instalación y puesta en marcha de la estación receptora de fotografías.

 

Los israelitas, que seguían vigilando el exterior del octógono, no daban.muestras de inquietud o nerviosismo alguno. Todo, en fin, parecía sumido en una profunda calma.

 

Los chequeos médicos, no excesivamente rigurosos dado lo precario de las instalaciones, apenas si llamaron la atención de los médicos. Yo acusaba un grado de agotamiento ligeramente superior al de Eliseo, pero dentro de los límites previsibles en una operación de aquella naturaleza. Y aunque mi aspecto físico dejaba bastante que desear -fruto, sin duda, de la tensión y de la falta de sueño-, los especialistas me despidieron con una amplia sonrisa. En realidad, y según lo programado por Caballo de Troya, las pruebas médicas “en profundidad” sólo tendrían lugar en la base de Edwards, días más tarde.

 

Ahora, al redactar este diario, me estremezco al pensar qué habría sucedido si esos análisis médicos hubieran llegado a practicarse en las fechas previstas inicialmente… Pero el destino, una vez más, tenía otros planes.

 

Fue entonces, al quedarme solo en mi habitación del hotel Ramada Shalom, en la discreta zona de Beit Vegan, cuando toda la angustia acumulada en mi corazón empezó a aflorar, hundiéndome en un confuso océano de sensaciones, recuerdos y sentimientos. No podía engañarme a mi mismo. A pesar de mi escepticismo inicial y de todo mi entrenamiento, el contacto con Jesús de Nazaret y, sobre todo, su terrorífica muerte, me habían marcado para siempre.

 

Yo sabía que a partir de aquel “encuentro” con el Maestro de Galilea, nada en mi vida sería ya igual. Mi condición humana, mis debilidades y mis múltiples errores no iban a cambiar. Sin embargo, mi forma de ver la vida y mis sentimientos más íntimos ya no fueron como antaño. ¿Qué me estaba sucediendo? ¿Por qué mi alma se sentía tan abatida? ¿Por qué la figura, las palabras y hasta los silencios de aquel Hombre me asediaban? Yo sólo era un explorador. Un simple observador… ¿Por qué toda mi inteligencia y pragmatismo parecían flaquear?

 

Durante horas, en el silencio de mi habitación, busqué soluciones. Traté de razonar conmigo mismo. Fue inútil. En el centro de mi existencia, y para siempre, se había instalado un nombre: Jesús de Nazaret. Y al descubrirlo lloré desesperadamente. Lloré como nunca lo había hecho: con miedo, alegría, rabia y la amargura del que sabe que jamás podrá volver a repetir una experiencia tan singular. Una vez más me equivocaba…

 

A primeras horas de la tarde -gracias al cielo- una llamada telefónica me rescató de tan sombríos y atormentados pensamientos. Era Curtiss. El tono de su voz me tranquilizó. Deseaba cenar con nosotros.

 

Y a las 19.30 horas un taxi se detenía frente al restaurante Shahrazad, en la carretera de Jerusalén a Bethlehem, muy cerca de la famosa tumba de Raquel.

 

Curtiss nos presentó al propietario, Michael Klair, un árabe tan discreto como excelente cocinero. El general había degustado ya las delicias de la casa y deseaba compartir con Eliseo y conmigo unas horas de sosegada y relajante tertulia. Poco a poco iríamos descubriendo que las intenciones del jefe del proyecto eran otras.

 

Mientras saboreábamos los primeros platos -a base de en saladas árabe y turca-, el viejo zorro se interesó por nuestra salud, insistiendo sospechosamente en aspectos y detalles muy concretos. Pero ni Eliseo ni yo habíamos apreciado en nuestros respectivos organismos alteraciones como las insinuadas por Curtiss. Era la segunda vez que el veterano oficial, con sus velados interrogantes, dejaba entrever que aquel “salto” en el tiempo podía acarrear, quizá, serios trastornos psíquicos o fisiológicos. Esta vez no pude o no supe contenerme. Y, abierta mente, le supliqué que hablara con claridad.

 

¿Qué estaba ocultando? ¿Qué clase de repercusiones podía tener nuestro “gran viaje”?

 

Pero el general, echando marcha atrás, adoptó un tono falsamente jovial, rogándonos que disculpáramos a aquel “solemne aguafiestas”. La operación –según sus palabras- había sido un éxito y el propio doctor Kissinger, consejero entonces del presidente Nixon, le había telefoneado esa misma mañana, interesándose por el proyecto y felicitándole por los resultados. Aquél fue un nuevo error de nuestro buen amigo…

 

-¿Kissinger? -le acorraló Eliseo con su proverbial descaro-. Tengo entendido que el día 10 voló a Hanoi…

 

Curtiss dudó.

 

-Díganos, general -presionó mi compañero-, ¿qué está pasando? ¿Qué relación guarda esa llamada telefónica con la misiva recibida por usted esta misma mañana?

 

Antes de que el confundido jefe del programa acertara a reaccionar, apoyé las preguntas de Eliseo con un comentario que me sorprendió a mí mismo:

 

-Escuche, general. Además de contar con nuestra absoluta discreción, debe saber que, tanto mi compañero como yo, estamos dispuestos a “regresar”…

 

Eliseo me miró de hito en hito, adivinando mis intenciones.

 

-No me pregunte cómo, pero, desde la reunión de esta mañana en el hangar, sé que acaricia usted una idea. Una idea -remaché con todo el poder de convicción de que fui capaz- que aplaudimos y que hacemos nuestra. Es preciso “volver” y recuperar ese micrófono…

 

Curtiss, gratamente sorprendido, se limitó a dibujar una amplia sonrisa, asintiendo con la cabeza.

 

-Y ahora, por favor, responda a las preguntas de mi compañero. ¿Qué está pasando?

 

-Está bien -suspiró el general-, quizá vuestra intuición facilite las cosas. Me explicaré. Durante el desarrollo de la operación se han producido algunos acontecimientos… digamos que preocupantes. A primeros de enero, como recordaréis, me vi obligado a viajar a Washington, en busca de una solución a la difícil situación creada por la DIA [9] y por el entonces director de la CIA, Helms. Los servicios de Inteligencia habían detectado la existencia de nuestro proyecto y exigían, a toda costa, que se les pusiera al corriente. Por sugerencia expresa del doctor Kissinger, el propio Nixon “aconsejó” la dimisión de Helms, siendo sustituido por James Schlesinger. Este hombre de confianza de Nixon tomó posesión de la dirección de la CIA el pasado día 6. Justamente cuando vosotros os encontrábais al “otro lado”.

 

Pues bien, Schlesinger, que procede de la Oficina de Presupuestos del presidente Nixon, se ha propuesto agilizar la maldita Agencia Central de Inteligencia, multiplicando sus hombres y medios en Oriente Medio [10].

 

-No vemos qué relación…

 

El general nos rogó tranquilidad.

 

-Desgraciadamente la tiene -prosiguió en un tono grave-. Schlesinger es un hombre frío y astuto. De momento ha pedido calma a ese “nido de serpientes”, y la CIA, aparentemente, parece haberse olvidado de nosotros. Pero la realidad es otra. Desde hace unas horas, el número de agentes al servicio de esa rata, tanto en Israel, Ammán como en Teherán, se ha duplicado. Están en todas partes y lo husmean todo. Pero eso no es lo peor.

 

Esta mañana, como sabéis, y a través de nuestro embajador, he recibido un comunicado urgente. Debía personarme de inmediato en la sede de la embajada. Allí, ante mi sorpresa, me han puesto en comunicación con Kissinger.

 

Justamente para hoy, 12 de febrero, y como medida complementaria de “distracción” que contribuyese a un más cómodo y seguro retorno del módulo, Kissinger había orquestado el ansiado primer canje de prisioneros de la guerra de Vietnam. Y así ha sido. Durante horas, la atención mundial ha estado dirigida a muchas millas de aquí.

 

El canje ha tenido efecto en tres lugares distintos, y un total de 115 norteamericanos han sido liberados. El doctor Kissinger sale esta misma noche de la base de Clark, en Filipinas, rumbo a Washington. Pero antes, mañana mismo, para ser exactos, hará escala en Atenas. Y allí deberé sostener con él una entrevista que, no os lo oculto, puede ser decisiva..Mientras Curtiss apuraba su segunda copa de vino del Hebrón aproveché para

 

interrogarle sobre algo que no alcanzaba a comprender.

 

-¿Por qué dice usted, mi general, que el cerco de la CIA no es lo peor?

 

-Mi conversación telefónica ha sido breve. A mi vuelta de Atenas quizá pueda responder a esa pregunta con precisión. Sin embargo, a juzgar por lo que me ha insinuado el consejero presidencial, sí estoy autorizado a comunicaros que la estación receptora de fotografías del monte de los Olivos se encuentra gravemente amenazada.

 

El general se adelantó a nuestros pensamientos y añadió:

 

¿Amenazada por qué o por quién? Sólo os diré una cosa: el tema es lo suficientemente serio y urgente como para que Kissinger, que debía permanecer cuatro días en Hanoi, haya adelantado su vuelta a Estados Unidos.

 

-¿Lo sabe el Gobierno de Golda Meir?

 

-Lo ignoro -respondió Curtiss con un gesto de impotencia-. Esa será otra de las cuestiones a tratar en Atenas.

 

Lejos de tranquilizarnos, las revelaciones del director del proyecto añadieron nuevas dudas a nuestros corazones. ¿Qué clase de amenaza flotaba sobre la estación receptora de imágenes del Big Bird? Pero, sobre todo, ¿cómo conjugar aquel maremágnum de intrigas con la idea, implícitamente aceptada por el general, de “regresar” al tiempo de Cristo?

 

Aquella madrugada, mientras le acompañábamos al aeropuerto internacional Ben Gurión, en Lod, una sensación muy familiar me recorrió el vientre. Era el preludio -casi me atrevería a afirmar que un aviso- de una inminente cadena de acontecimientos.

 

Curtiss, con su proverbial prudencia, eligió un vuelo regular de la compañía judía El Al para volar a Grecia. Y antes de partir, impulsado por quién sabe qué fuerza oculta o misteriosa, dejó en el aire una petición que a mi,

 

personalmente, me hizo concebir ciertas esperanzas…

 

-No sé si debo -susurró deteniéndose frente a la pequeña escultura levantada en memoria del piloto Dan Heymann-, pero, aunque sólo sea por una vez en mi vida, quiero seguir mi intuición…

 

Acarició la delicada estatuilla que simbolizaba a un ser humano con alas, ligeramente echado hacia atrás y en actitud de emprender el vuelo, conmovido sin duda ante el curioso “encuentro” con una imagen tan próxima a nuestros más íntimos deseos.

 

-… Si no se produce un milagro -añadió-, nuestro regreso a Edwards puede demorarse indefinidamente. Aceptando en principio tal circunstancia y contando con vuestra absoluta discreción, ¿puedo encomendaros algo?…

 

Aquella innegable muestra de confianza nos llenó de satisfacción. Y, como un solo hombre, le animamos a que continuase.

 

-Quiero que tracéis un plan de trabajo… -el general parecía arrepentirse de aquella espontánea decisión, pero tras unos segundos de áspero silencio, concluyó- destinado a la recuperación de ese micrófono. Por supuesto, todo esto es tan provisional como confidencial… Ah!, y olvidaros de la fase de lanzamiento. Quiero únicamente -subrayó con énfasis- las líneas maestras de una posible segunda “exploración”… Suerte! Nos veremos a mi regreso.

 

Mudos e inmóviles como postes vimos desaparecer a aquel hombre imprevisible. Ya no había tiempo de formularle ni una sola de las muchas preguntas que empezaban a agolparse en nuestros desconcertados cerebros.

 

El viaje de vuelta a Jerusalén fue muy significativo. Ninguno de los dos pronunciamos palabra alguna. Sin embargo, nuestros pensamientos -así me lo confirmaría Eliseo esa misma mañana del 13 de febrero- giraron en torno a la misma inquietud: la increíble posibilidad de un segundo “gran viaje”…

 

Buscando apaciguar nuestros respectivos ánimos, nos con cedimos un tiempo de reposo. A las 13 horas volveríamos a reunirnos y cambiaríamos impresiones. Inútil pretensión. A la media hora de introducirme en la cama, presa de una creciente excitación, volví a vestirme y llamé a la puerta de la habitación de mi hermano. Eliseo, tan alterado como yo, ni siquiera había intentado conciliar el sueño. En aquellos instantes no podía comprender por qué mi organismo -después de más de 48 horas de vigilia- no acusaba cansancio alguno.

 

El caso es que, con un entusiasmo febril, nos enfrascamos en la elaboración de una serie de posibles planes de trabajo. Al cabo de dos intensas horas terminamos por claudicar. Una y otra vez, a pesar de la infinidad de parámetros manejados, los esquemas y borradores se estrellaban siempre ante dos incógnitas fundamentales. Por un lado, ¿de cuánto tiempo real íbamos a disponer, en el supuesto de que la segunda exploración se llevara a efecto? Por último, ¿cuáles podían ser los puntos de lanzamiento y contacto?

 

Sin esta información previa, nuestras ideas y buena disposición resultaban poco menos que estériles.

 

-Además -insinuó Eliseo con razón-, ¿por qué forjarnos esperanzas cuando no hay nada seguro? Será mejor que nos olvidemos del asunto….Durante un tiempo permanecí en silencio, sopesando la aplastante lógica de mi

 

compañero. Pero, gracias al cielo, terminé por revolverme contra el sentido común, animando a Eliseo a proseguir en aquel aparente absurdo.

 

-Si nosotros -le planteé con todo mi entusiasmo-, que hemos vivido tan extraordinaria experiencia, no somos capaces de avivar los deseos de Curtiss, ¿quién crees que está en condiciones de hacerlo?

 

Y tras una estudiada pausa, colocando mis manos sobre sus hombros y mirándole fijamente, añadí:

 

-Tenemos que lograrlo. Yo deseo, necesito, volver…

 

Al percatarme de que, inconscientemente, había adoptado una de las típicas costumbres de Jesús de Nazaret cuando hablaba o se dirigía a alguien a quien apreciaba, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Eliseo debió notarlo y, por primera vez, entreabrió su corazón, confesándome algo en lo que no había reparado en nuestra permanencia en la Palestina del año 30…

 

-Si, ésa es también mi obsesión. Y no olvides que yo no tuve ocasión de verle…

 

Quedé paralizado y, al mismo tiempo, humillado por mi descarado egoísmo.

 

Durante los once días de la exploración, mi fiel y querido compañero, en efecto, no había abandonado el módulo un solo instante.

 

A partir de aquella inesperada confesión, una loca idea empezó a madurar en mi corazón. Pero tiempo habrá de volver sobre ella.

 

La ilusión, finalmente, prendió de nuevo en Eliseo y, soslayando las dificultades ya mencionadas, nos volcamos en el único plan aparentemente viable.

 

Puesto que el objetivo básico de esta segunda exploración era la recuperación de la pieza perdida -ese fue, al menos, nuestro planteamiento inicial-, el nuevo “salto” en el tiempo debía ubicarse, necesariamente, en las horas próximas al 6 de abril, Jueves Santo. Sin embargo, al fijar el instante concreto para la inversión de masa, ambos estuvimos de acuerdo en que resultaba mucho más práctico e interesante reanudar la exploración en las horas previas al amanecer del domingo, 9 de abril del citado año 30. Ni él ni yo, además, nos sentíamos con fuerzas para “revivir” las amargas jornadas de la Pasión y Muerte del Hijo del Hombre…

 

Tras un detallado estudio convinimos, pues, que el “salto” debía producirse alrededor de las 03 horas del Domingo de Resurrección y, a ser posible, localizar el “punto de contacto” de la nave en las coordenadas utilizadas en la misión anterior. Es decir, en la cota máxima del monte de los Olivos. Ello facilitaría un rápido acceso al lugar donde suponíamos podía hallarse el farol: uno de los barrios artesanales -quizá en la ciudad alta- de Jerusalén. Después, de acuerdo con el tiempo concedido a la misión, cabía la posibilidad de investigar otro fascinante y oscuro capítulo de la “vida” del Cristo: sus apariciones después de muerto y resucitado.

 

Aquella jornada y la siguiente fueron decisivas. Mucho más de lo que podíamos imaginar entonces…

 

Absortos en la puesta a punto del audaz proyecto, del equipamiento y de un sinfín de detalles técnicos necesarios, apenas si fuimos conscientes del paso de las horas.

 

Y al fin llegó el 15 de febrero.

 

Aquella mañana del jueves, una llamada del recepcionista del Ramada Shalom precipitaría los acontecimientos. Minutos más tarde, a las 10 horas, un vehículo oficial de la Embajada USA nos dejaba frente al número 53 de la calle Rabiah Aldawieh, a treinta pasos de la capilla de la Ascensión.

 

Al descender del automóvil nos llamó la atención un notable despliegue de seguridad, montado por el ejército israelita, responsable, como ya mencioné, de la vigilancia del exterior de la plazoleta que albergaba el octógono y los improvisados hangares. Aquel súbito reforzamiento del dispositivo de cerco de nuestro cuartel general nos alarmó. Algo grave debía suceder para que en cuestión de horas -nosotros habíamos abandonado el recinto en la mañana del lunes- el número de soldados se hubiera triplicado. Por un momento, mientras cruzábamos los controles, llegué a pensar lo peor: ¿habían descubierto los judíos la existencia de la “cuna”?

 

Nuestros ánimos recuperaron su tono habitual cuando, al ascender los ocho peldaños de piedra que conducen a la “ante sala” de la capilla, divisamos a Curtiss junto a la pequeña puerta de acceso. Presentaba un rostro demacrado, como si no hubiera dormido desde nuestro último encuentro en Lod. Así era.

 

Mientras salvábamos los doce metros que separaban la referida puertecilla del centro de la plazoleta, nos confesó que -”dada la “gravedad de la situación”-había regresado de Atenas en la misma noche del lunes, 12 de febrero.

 

Eliseo y yo cruzamos una mirada, sin comprender. Pero el general, con voz cansada, nos rogó que entráramos con él en el hangar donde había tenido lugar la primera e interrumpida reunión. Allí, entre las sofisticadas consolas Thomson-CSF, destinadas a la recepción de imágenes del Big Bird, aguardaban los directores del programa, silenciosos y expectantes.

 

Al tomar asiento alrededor de la pequeña mesa central, nadie hizo el menor comentario. Todas las miradas estaban fijas en Curtiss.

 

-Bien, señores -arrancó al fin, después de extraer una pequeña carpeta de piel negra de un maletín depositado frente a él y que, si no recordaba mal, había constituido su único equipaje en el reciente vuelo a Grecia-, -imagino que estarán haciéndose algunas preguntas… Trataré de ir por orden..Y, sin prisas, repasó una serie de notas manuscritas. Al levantar de nuevo la vista, Curtiss captó al instante la creciente inquietud general. Y forzando una sonrisa, exclamó:

 

-No se alarmen. Lo que han visto ahí afuera -su dedo índice izquierdo señaló al exterior del octógono- no guarda relación con los auténticos objetivos del programa. Eso creo, al menos…

 

Y volviendo a sus documentos hizo una nueva y desesperante pausa.

 

-No importa cómo -prosiguió finalmente-, pero el caso es que hasta la Agencia Central de Inteligencia y Seguridad de Israel, el Mossad, ha llegado una información.., alarmante: el movimiento guerrillero palestino tiene conocimiento de la operación conjunta que estamos desplegando con el Gobierno de Golda Meir. Me refiero a la instalación de la estación receptora de fotografías al satélite.

 

Los rostros de todos los presentes reflejaron una extrema gravedad. La Inteligencia Militar israelí, en especial a partir de la guerra de los Seis Días, en 1967, era considerada como la más eficaz y afilada del mundo, sobre todo en asuntos vinculados con el Oriente Medio. Ninguno de los asistentes ponía en duda tal revelación.

 

Es más que seguro -continuó Curtiss- que, a estas alturas, tanto la OLP [11] como los servicios secretos egipcios, sirios y, naturalmente, soviéticos, estén al corriente y hayan adoptado las medidas oportunas.

 

En aquellos dramáticos momentos nadie se percató de una sutil y supongo que involuntaria revelación del general. ¿Por qué al referirse a los servicios secretos había mencionado, única y exclusivamente, a Egipto, Siria y la URSS? Días más tarde tendríamos ocasión de conocer la razón de esta triple alusión.

 

Durante el pasado martes y en el más estricto secreto, tuve oportunidad de entrevistarme con el doctor Kissinger…

 

Los directores del proyecto se miraron atónitos, asociando, sin duda, aquella reunión con la repentina partida del general de aquel mismo hangar. Pero ninguno comentó el hecho, dejando que Curtiss prosiguiera.

 

El consejero presidencial disponía de información de primera mano. Sus órdenes han sido tajantes: por nada del mundo debemos arriesgar la vida de nuestros hombres ni el instrumental que nos ha sido confiado.

 

No hacía falta que diera más explicaciones. Al referirse a la palabra “instrumental”, todos sabíamos de qué estaba hablando realmente.

 

Pues bien, por expreso deseo de Kissinger, y contando siempre con el beneplácito del Gobierno de Israel, la estación receptora de fotografías debe ser desmantelada de inmediato..Curtiss se hizo de nuevo con los documentos depositados en su carpeta y, dirigiéndonos una mirada de complicidad, aclaró:

 

-Esto implica una sustancial variación de nuestros primitivos planes. De momento, salvo que los jefazos de Washington no dispongan otra cosa, el retorno a la base de Edwards queda pospuesto. Ayer mismo, a mi regreso de Atenas, celebré una reunión urgente con el “gabinete de cocina” de Golda [12].

 

El único asunto sobre la mesa, como habrán intuido, fue éste: ¿qué hacer con la estación receptora? Estuvieron presentes la primer ministro, Golda; el viceprimer ministro, Alón; el ministro de la Defensa, nuestro siempre zozobrante Moshé Dayán; el jefe del Estado Mayor, teniente general David Eleazar; el jefe del Departamento de Investigación del Servicio de Inteligencia, general de brigada Arié Shalev y el jefe del Servicio de Inteligencia, general Zeira. Tras hora y media de intenso debate y por razones que, de momento, no estoy autorizado a revelarles, el Gobierno de Israel se ha mostrado conforme con el referido y fulminante desmantelamiento de las instalaciones, acordando su traslado a otro lugar secreto…

 

(Como ya relaté en las primeras páginas de este diario, en un minucioso estudio elaborado en Washington por el CIRVIS [13], con la estrecha colaboración del Departamento Cartográfico del Ministerio de la Guerra de Israel, se había establecido que la instalación de la red receptora de imágenes del satélite artificial Big Bird debía efectuarse en un plazo máximo de seis meses, a partir de la fecha de llegada del instrumental a la ciudad de Tel Aviv.

 

Esto ocurrió en enero de 1973. Los especialistas, en una primera fase, buscarían el asentamiento idóneo y definitivo. Para ello, los militares judíos habían designado tres posibles puntos: la cumbre del monte de los Olivos, los altos de Golán -en manos israelitas desde la contienda de 1967-y los macizos graníticos del Sinaí.)

 

Los directores del proyecto rompieron su mutismo lanzando sobre el general una atropellada oleada de preguntas: “¿Cuándo tendría lugar eldesmantelamiento?”, “¿Cuál de los puntos alternativos -altos del Golán y

 

Sinaí- había sido elegido?”, “¿Qué iba a ocurrir con la “cuna” y con todos nosotros?”

 

Curtiss recobró su perdida sonrisa y solicitó orden y calma.

 

-Esto es lo que puedo adelantarles… por el momento: las previsiones y evaluaciones de la Inteligencia judía estiman que la situación general en Oriente Medio tiende a una peligrosa agravación. Y les ruego que no pregunten por qué. Lo que importa y nos importa es que, por decisión del Gobierno de Golda, la estación receptora es ahora más vital que nunca y los militares judíos están ya buscando otro asentamiento… distinto a los previstos inicialmente. Ellos y nosotros disponemos de un plazo máximo de tres días para localizar ese lugar y ejecutar el tras lado. El doctor Kissinger considera que nuestra presencia en esta nueva etapa del proyecto es absolutamente necesaria. No podemos ni debemos levantar sospechas. Para los judíos somos los propietarios y responsables de los equipos y así seguirá siendo… Pero hay algo más -anunció Curtiss, adoptando un tono solemne-. Algo con lo que no habíamos contado y que, bien mirado, podríamos calificar como un nuevo y apasionante desafío.

 

El corazón me dio un vuelco. E instintivamente busqué la mirada de Eliseo.

 

No sé cómo pero yo sabía lo que el general estaba a punto de comunicarnos.

 

Por primera vez en los años que llevábamos juntos percibí un ligero temblor en las manos de Curtiss. Y su voz se vio empañada por la emoción. Nunca olvidaré aquella rotunda afirmación:

 

-Señores, “regresamos!

 

Obviamente, los directores del proyecto no comprendieron el significado de aquellas dos simples palabras. Y uno de ellos, interrumpiéndole, le recordó que, si no había entendido mal, el regreso a casa había sido pospuesto.

 

Los ojos de Curtiss chispearon maliciosamente.

 

-Señores -insistió, remachando cada sílaba-, “re gre sa mos”…

 

En segundos, los miembros del equipo cayeron en la cuenta y, levantándose de sus asientos, estallaron en una calurosa ovación. Todos sabían de la pérdida del micrófono y todos, en lo más profundo de sus corazones, habían contemplado y deseado una segunda oportunidad.

 

Pero, superados los primeros minutos de lógico entusiasmo, los fríos y racionales directores del programa despertaron a la cruda realidad, planteando una interminable cadena de dudas..Algunos de aquellos obstáculos técnicos ya habían sido valorados por nosotros en las densas horas de reflexión y enclaustramiento en el hotel.

 

Curtiss escuchó pacientemente. Por último, fijando su mirada en nosotros, formuló una escueta pregunta:

 

-¿Qué tenéis que decir vosotros?

 

-Hay una posibilidad…

 

Pero, antes de que prosiguiéramos con el plan trazado en el Ramada Shalom, el general dio por finalizada la reunión.

 

-De eso -abrevió ante la curiosidad general- hablaremos en su momento.

 

Ahora urge el total desmantelamiento del módulo y el embalaje completo de los equipos. Señores, manos a la obra!

 

A partir de esa decisiva reunión, los hombres de Caballo de Troya nos afanamos en una agotadora labor de desmontaje general. La mayoría de los técnicos, ajena a los hechos que acabábamos de conocer, se preguntó una y otra vez el porqué de aquellas extrañas prisas y del reforzamiento de las medidas de vigilancia y seguridad exteriores. Fue el propio general quien, en mangas de camisa y como uno más en la frenética labor, les insinuó discretamente que existía el riesgo de un posible atentado terrorista contra la estación y que nos disponíamos a su inmediato traslado.

 

A lo largo de uno de los breves períodos de descanso, Curtiss nos puso en antecedentes de otros sucesos íntimamente relacionados -siempre según el Mossad- con la grave amenaza que se cernía sobre la estación receptora de fotografías. Los agentes israelitas infiltrados en Beirut, Ammán y Roma habían descubierto un plan para asesinar al rey Hussein de Jordania, que en aquellas fechas -primeros días de febrero- realizaba una visita semioficial a los Estados Unidos [14]. El grupo guerrillero palestino Septiembre Negro proyectaba apoderarse de diversos edificios gubernamentales de Ammán, haciendo prisioneros a varios ministros jordanos. Al parecer, las intenciones de Hussein de negociar la paz con Israel no gustaba a los palestinos y, aprovechando la ausencia del monarca, habían logrado infiltrarse en territorio jordano, haciéndose pasar por turistas de los Estados del golfo Pérsico.

 

Alertados por el Mossad, los servicios de contraespionaje de Jordania detuvieron a un buen número de activistas, incautando un total de 20 automóviles. Entre los guerrilleros que habían penetrado por vía aérea, procedentes de Europa, se hallaban dos individuos recientemente liberados por las autoridades italianas -Ahmed Zaid, estudiante de Irak, y Adnah Hasem, jordano-, acusados de intentar el derribo de un avión de la compañía judía El Al [15]. En los interrogatorios que siguieron a estas detenciones, los jordanos fueron informados de algunos de los proyectos inmediatos de las diferentes facciones guerrilleras palestinas. Entre los más importantes destacaban “la toma de una embajada árabe en un indeterminado país del continente africano” [16], “la creación de un arsenal e infraestructura para el ataque a aeronaves comerciales judías en Europa” [17] y el “asalto de un comando suicida a la mezquita de la Ascensión”. Era obvio que este último proyecto terrorista sólo podía estar inspirado en una exacta información de lo que USA e Israel llevaban entre manos en relación con el Big Bird.

 

Tan graves acontecimientos -ajenos por completo a nuestra verdadera misión-sólo vinieron a enturbiar los corazones del equipo, que se entregó hasta el límite de su capacidad a la delicada operación de “limpieza” de los barracones.

 

Dos días después -el sábado, 17 de febrero-, con algo más de veinticuatro horas de adelanto sobre lo previsto, la “cuna” había sido desmontada y puesta a buen recaudo en tres contenedores blindados.

 

Al coincidir con el día sagrado de los judíos, Curtiss, astutamente, se apresuró a comunicarles que podían franquear el recinto de la mezquita. Pero, como era de esperar, declinaron el ofrecimiento, demorando su participación en los postreros trabajos de evacuación hasta la puesta de sol. Aquella providencial coincidencia nos proporcionaría un precioso margen de casi seis horas en el que la casi totalidad de las consolas y equipos electrónicos de la estación propiamente dicha fueron “echados abajo” y mezclados y confundidos con los cajones metálicos que contenían el módulo y demás instrumentos auxiliares.

 

Minutos después del ocaso -hacia las 17.45 horas-, los técnicos y oficiales israelíes entraban en la plazoleta, iluminada ya por potentes reflectores, colaborando con nuestros hombres en el desmantelamiento final.

 

Al alba, la operación había concluido. Todo se hallaba dispuesto para el traslado. Pero ¿adónde? ¿Cuál era el punto elegido?

 

Por elementales razones de prudencia -y siguiendo las órdenes del general de brigada Arié Shalev, jefe del Departamento de Investigación del Servicio de Inteligencia israelí-, los arqueólogos (o supuestos “arqueólogos”) deberían permanecer en el interior de la capilla de la Ascensión hasta cuarenta y ocho horas después de la definitiva salida del material. Los árabes, propietarios y custodios del santuario, atentos a todos nuestros movimientos, podrían haber sospechado algo si los mencionados “expertos” de la Universidad de Jerusalén, de la Escuela Bíblica y Arqueológica Francesa de la Ciudad Santa y del Museo de Antigüedades de Ammán -integrantes de la “división especial” encargada por el Gobierno de Golda Meir de las excavaciones y reparación de los cimientos de la cara este de la inolvidable mezquita, supuestamente dañados por el simulacro de atentado protagonizado por los agentes de Daván- hubieran evacuado la zona al mismo tiempo que la carga. Esta, según las escasas informaciones que llegaron hasta nosotros en aquellos días, desaparecería del.lugar durante la noche y de forma gradual, con el fin de levantar un mínimo de sospechas. La gran pregunta que nos hicimos en tan tensas jornadas, y que Curtiss no pudo o no supo clarificar, encerraba una decisiva importancia en el planeamiento de la primera fase de la aventura que nos aguardaba: “¿Cuál era el asentamiento elegido para la estación receptora del Big Bird [18]?” Como ya hice alusión anteriormente ese nuevo y ansiado despegue del módulo y quizá buena parte de la segunda exploración estaban sujetos al exhaustivo conocimiento del punto donde debería ser levantada la estación receptora. Lógicamente, al abandonar el monte de los Olivos, ese misterioso emplazamiento tenía que estar ubicado lejos del que, en principio, ya constituía para nosotros el “punto de contacto”.de la nave: la referida cumbre del monte que ahora estábamos a punto de dejar. Para salvar este inconveniente, los directores del proyecto -reunidos con Eliseo y conmigo durante todo el domingo, con el fin de planificar al máximo los pormenores del segundo “gran salto”- establecieron dos únicas soluciones.

 

Si la distancia entre el nuevo asentamiento y el monte de las Aceitunas era considerable, una vez efectuado el despegue y la inmediata inversión de masa, la “cuna” debería salvar esas millas en un vuelo horizontal. Esto complicaba aún más las cosas. Entre otras razones, por el lógico consumo extra de combustible. Un peróxido de hidrógeno, por cierto, que debía llegar, y secretamente, desde los Estados Unidos…

 

Si los kilómetros que nos separaban del “punto de contacto “, por el contrario, no eran muchos, quizá lo más prudente fuera variar la zona de descenso, cubriendo a pie el camino hasta Jerusalén. En este caso, dado el indudable riesgo que suponía una marcha de estas características, la estrategia debería ser variada sustancialmente.

 

Por expreso deseo de Curtiss, a quien prácticamente no vimos hasta el martes, 20 de febrero, el reducido equipo que dirigía Caballo de Troya vivió aquellos días única y exclusivamente para la segunda gran aventura.

 

En nuestro afán por calibrar hasta el último detalle de tan apasionante y -¿por qué negarlo?- peligrosa misión, contemplamos incluso, en los primeros momentos, la posibilidad de que los altos del Golán o los macizos del Sinaí pudieran ser reconsiderados por el Gobierno israelí como una de las plataformas para la definitiva instalación de la estación. El general nos había advertido que, dada la situación en Oriente Medio, ambos emplazamientos habían sido desechados por el Estado Mayor judío. Y no tuvimos más remedio que rendirnos a la evidencia cuando, en esos días, la prensa de Jerusalén publicó dos noticias registradas el jueves último y justamente en las áreas en litigio. En el golfo de Suez, muy próximo al Sinaí, un avión egipcio y otro judío habían sido alcanzados en un duelo aéreo entre reactores de ambos países. En cuanto a las alturas del Golán, tropas sirias habían destruido dos carros blindados y una excavadora israelitas cuando éstos cruzaron la línea de alto el fuego con el fin de construir una carretera en la zona desmilitarizada.

 

La tensión entre Israel y sus vecinos árabes seguía incrementándose de forma alarmante, amenazando incluso nuestros objetivos. Pero las horas más amargas estaban aún por llegar…

 

En la mañana del lunes, 19 de febrero, aprovechando una obligada interrupción en nuestras sesiones de trabajo, y casi sin quererlo, mis pasos me condujeron a un lugar que había evitado hasta esos instantes: la Ciudad Vieja de Jerusalén. Mientras Eliseo y los directores se ocupaban en la sede de la embajada norteamericana de la tramitación para el envío por valija diplomática de los sismogramas obtenidos en la primera exploración y que debían ser estudiados, con prioridad absoluta, por el Centro Geológico de Colorado y la Administración Nacional del Océano y de la Atmósfera (NOSA), ambos en mi país, yo me dejé arrastrar por una necesidad casi imperiosa: caminar lenta y pausadamente por los mismos lugares de la Ciudad Santa donde -”siglos antes”-, había vivido tan increíbles y traumatizantes experiencias.

 

Quizá no debí hacerlo. En el fondo, yo sabía lo que me aguardaba. Pero mi espíritu pujaba por “encontrarle” o encontrar el menor vestigio que me recordara su presencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ahora, después de tanto tiempo, estoy seguro que hice bien en ocultar a

 

Curtiss y a la dirección del proyecto mí profunda angustia y el obsesivo deseo

 

de “volver”, fruto de una compleja mezcla de admiración por Él y de una

 

ardiente necesidad de conocerle mejor. Nadie, en mis muchos años de vida,

 

había llegado tan certera y hondamente a mi atormentado corazón. Y una y

 

otra vez me hacia la misma pregunta: ¿por qué yo? ¿Por qué un individuo

 

ruin, impuro y eternamente dubitativo como yo se veía envuelto en semejante

 

situación? ¿Qué tenía aquel Hombre para lograr transformar tan violentamente

 

una vida -la mía-, llena de vacío?

 

Como digo, si hubiera informado a Caballo de Troya de mi debilidad por

 

Jesús de Nazaret -porque de eso se trataba en realidad-, tan flagrante

 

parcialidad y entusiasmo por el personaje motivo de la segunda expedición me

 

habrían descalificado sin remedio. La objetividad y frialdad en los

 

exploradores eran condiciones básicas para el desempeño de una misión de

 

aquella naturaleza. Y aunque mi compañero y yo compartiéramos estos

 

sentimientos creo que a la hora de la verdad -tal y como se verá más adelante-supimos

 

respetar esta regla de oro de la operación, manteniéndonos siempre, y

 

en ocasiones con serias dificultades-, en una posición distante al margen del

 

curso de los acontecimientos.

 

Al cruzar bajo el arco de la puerta de Jafa, en el extremo occidental de la

 

Ciudad Vieja de Jerusalén, el frío uncial de aquella mañana había empezado a

 

remitir. Unos tibios rayos de sol templaron mi intensa palidez, alegrando el

 

ocre de las piedras de la Ciudadela Un abigarrado gentío daba vida a la corta

 

calle que separa los barrios armenio y judío, al norte, del cristiano y musulmán

 

al sur. Aunque yo había paseado en numerosas oportunidades antes del “gran

 

viaje”- por aquel mismo sector de la Ciudad Santa ahora era diferente. Muy

 

diferente..

 

Al llegar al final de la Str. of the Chain dudé. ¿Hacia dónde me dirigía? A mi

 

derecha, a corta distancia, se encontraba el muro de las Lamentaciones: último

 

y único vestigio del imponente Templo construido por Herodes el Grande. E.instintivamente tomé aquella dirección. Al desembocar en la gran explanada

 

existente a los pies del muro occidental del antiguo Templo, cientos de

 

personas, la mayoría turistas, deambulaban de aquí para allá, curioseando y

 

tomando fotografías. Me aproximé despacio a la muralla. Era increíble que, de

 

aquella monumental construcción que yo viera en nuestro primer “salto”, sólo

 

quedase en pie un reducido paño de sillería de doce escasos metros de altura y

 

poco más de setenta de longitud (1). Numerosos rabinos y fieles judíos, entre

 

los que destacaban niños y jovencitos, rezaban o leían los rollos de la Ley, con

 

los rostros materialmente pegados a los gigantescos y erosionados bloques

 

cenicientos. La devoción y respeto de aquellos israelitas, cubiertos con sus

 

mantos blancos y típicos sombreros negros y con las filacterias sujetas a la

 

frente, eran sobrecogedores.

 

Levanté los ojos, recorriendo minuciosamente las once hileras de piedra que

 

aún resistían el paso de los siglos, descubriendo cómo algunas cosas no habían

 

cambiado en el venerable muro. Entre los huecos y ranuras de los imponentes

 

bloques seguían floreciendo manojos de hierbas silvestres, cobijando a buen

 

número de palomas y pajarillos. Y entre el susurro de aquellas plegarias

 

aparecieron en mi memoria las palabras que pronunciara Jesús de Nazaret en

 

el atardecer del martes, 4 de abril del año 30:

 

“¿Habéis visto esas piedras y ese templo macizo? Pues en verdad, en verdad

 

os digo que llegarán días muy próximos en los que no quedará piedra sobre

 

piedra. Todas serán echadas abajo. “

 

 

(1) Este muro, llamado “de las Lamentaciones”, es el lugar más venerado por

 

el pueblo judío. Se trata de la única reliquia de lo que fue el gran Templo,

 

edificado por el rey Herodes (el Grande) en el año 20 antes de Cristo. El

 

emperador romano Tito, al destruir Jerusalén en el año 70 de nuestra Era,

 

ordenó que aquella parte de la muralla que rodeaba el Templo permaneciera

 

en pie, como muestra del poder de Roma y de sus legionarios, que habían sido

 

capaces de destruir tan sólida construcción. En el período bizantino, los judíos

 

fueron autorizados al fin a visitar la ciudad santa, pudiendo acercarse al muro

 

de los Lamentos una vez al año. Justo en el aniversario de la destrucción de

 

Jerusalén. Y allí lamentaron dicha destrucción, empezando a rezar por la

 

reunificación del pueblo de Israel. Esta costumbre perduraría durante siglos.

 

Entre los años 1948 y 1967, esta parte de Jerusalén fue prohibida nuevamente

 

a los israelitas, por hallarse en el sector conquistado por Jordania. Pero, a raíz

 

de la guerra de los Seis Días, el muro occidental fue tomado por los judíos y,

 

desde entonces, constituye un punto de exaltación nacional y de culto. (N. del

 

m.)

 

—.Impulsado por una extraña fuerza me acerqué a una de las moles de piedra.

 

Mis manos acariciaron la rugosa superficie y mi rostro, lenta y suavemente,

 

fue a tocar aquella segunda hilera. Cerré los ojos, intentando captar la

 

formidable energía que, sin lugar a dudas, almacenaba aquella reliquia. Mi

 

alma necesitaba desesperadamente una señal, un simple recuerdo, quizá el

 

fugaz perfume de unas piedras que habían sido mudos testigos de la presencia

 

del Cristo… Un llanto dulce y sosegado fue la única respuesta.

 

Cuando aquella lacerante tristeza estaba a punto de ahogarme, una mano fue a

 

posarse sobre mi hombro derecho. Por un instante me negué a abrir los ojos,

 

imaginando que aquel gesto -tan típico de Jesús- estaba sucediendo en “otro

 

tiempo”…

 

Pero al dirigir la vista hacia el hombre que tenía a mi lado, un destello verdoso

 

me devolvió a la trágica realidad. Era un paracaidista del Ejército judío, con su

 

uniforme de camuflaje y una metralleta colgada del hombro izquierdo y con el

 

cañón apuntando hacia tierra. En torno a su cuello presentaba el más singular

 

manto de oración que yo hubiera visto frente al muro de los Lamentos: dos

 

cananas, con un brillante enjambre de balas, relampagueando al tibio sol de la

 

mañana.

 

El joven -quizá se trataba de un judío ortodoxo que cumplía su servicio

 

militar- me miró en silencio. Y tras dibujar una sonrisa, hizo un solo

 

comentario:

 

-Hermano, el espíritu divino está siempre presente en estas piedras. Aunque

 

no seas judío, reza, pídele a Dios… Tus deseos se verán satisfechos.

 

No sé ciertamente si correspondí a su sonrisa. El caso es que me sentí aliviado

 

y, siguiendo su consejo, recé en silencio y con toda la fuerza de mi mermado

 

corazón. Al hacerlo, otras inolvidables palabras del Maestro brotaron en mi

 

cerebro:

 

“Ninguna súplica recibe respuesta, a no ser que proceda del espíritu. En

 

verdad, en verdad te digo que el hombre se equivoca cuando intenta canalizar

 

su oración - sus peticiones hacia y el beneficio material propio o ajeno. Esa

 

comunicación con el reino divino de los seres de mi Padre sólo obtiene

 

cumplida respuesta cuando obedece a una ansia de conocimiento o consuelo

 

espirituales. Lo demás, las necesidades materiales que tanto os preocupan no

 

son consecuencia de la oración, sino del amor de mi Padre” (1).

 

En esos momentos comprendí que buena parte de mi angustia nacía de un

 

deseo egoísta: sólo pretendía saciar mi curiosidad e instintos mas íntimos. Y

 

allí mismo pedí perdón, suplicando

 

 

(1) Estas y otras palabras de Jesús de Nazaret en torno a la oración, aparecen

 

en Caballo de Troya (páginas 251 y siguientes.) (N. de J. J. Benítez).—

 

al Padre que, si nuestra segunda “aventura” llegaba a materializarse, me diera

 

luz y fuerza para vivirla y aprovecharla, con el único fin de beneficiar a las

 

generaciones futuras.

 

Algo más calmado, me alejé de aquel lugar, dirigiéndome hacia el extremo

 

derecho del muro: el lugar destinado a las mujeres. Bordeé la barrera metálica

 

que separa ambos sectores y, tomando mi viejo cuaderno denotas, escribí tres

 

palabras: “Volver con Él.”

 

Aquélla era, y es, una de las costumbres más extendidas entre las personas que

 

visitan el muro de las Lamentaciones: escribir en un papel alguna oración o

 

deseo particular y, tras doblarlo, introducirlo en alguna de las ranuras

 

existentes entre los grandes sillares de piedra (1). La tradición popular asegura

 

que tales peticiones siempre se cumplen. Dado que ningún hombre puede

 

entrar en el citado sector femenino, supliqué a una turista que depositara mi

 

“mensaje” en la muralla. La mujer, complaciente, lo hizo al momento. Y allí

 

quedó -y allí supongo que estará aún-el breve, sincero e intenso ruego. Hoy

 

puedo dar fe que, al menos en mí caso, la creencia popular está en lo cierto…

 

El resto de mi paseo por la Ciudad Vieja no contribuiría precisamente a

 

levantar mi ánimo. Todos los lugares por los que acerté a caminar se hallaban

 

irreconocibles. No guardaban prácticamente parecido alguno con aquella

 

Ciudad Santa del año 30. Era lógico. Si la memoria no me falla, desde el año

 

587 antes de Cristo, fecha de la destrucción de Jerusalén y del Templo por

 

Nabucodonosor, la Ciudad Santa había padecido 16 invasiones, siendo

 

arrasada y vuelta a edificar en más de una de cena de veces (2). Era absurdo

 

que pretendiera ver y reconocer

 

 

(1) Antaño, incluso, cuando los israelitas estaban a punto de iniciar un viaje,

 

depositaban un clavo de hierro entre las grietas del muro occidental, en señal

 

de apego a su patria. (N. del m.)

 

(2) He aquí, como muestra de lo que afirmo, algunos de los más notables

 

episodios vividos por Israel -y por Jerusalén en particular- a partir del referido

 

año 587 a.C.:

 

El año 539 a.C., el rey persa Ciro conquista Babilonia, permitiendo a los

 

judíos su vuelta a Jerusalén. El Templo sería reconstruido por Zorobabel. En

 

el 334 a.C., Israel es conquistada de nuevo. Esta vez por Alejandro el Magno.

 

Tras su muerte es controlada por los Piolomeos de Egipto. En el 198 a.C.,

 

Antioco II de Siria vence a los egipcios e Israel pasa a manos de los

 

Seléucidas. En el 175 a.C., Antioco IV es coronado y ordena la supresión del

 

culto a Dios. Profana el templo, ofreciendo sacrificios paganos en su altar. En

 

el 167 a.C., los judíos se levantan contra los Seléucidas y lo derrotan. En el.año 64 a.C., Pompeyo conquista Israel. Un tiempo después, en el 40 a.C., los

 

partos derrotan a los romanos y conquistan el país. En el 39 a.C., Herodes el

 

Grande vence a los partos y reina hasta el 4 a.C., siempre bajo el mando de

 

Roma. Ya en el siglo I de nuestra Era, en el año 66, los judíos se rebelan

 

contra el Imperio romano. En el año 70, Tito reprime la rebelión y- destruye la

 

 

en la actual explanada del Domo de la Roca el magnífico Segundo Templo o,

 

en el barrio musulmán, el primitivo trazado de las callejuelas que había

 

recorrido…

 

Al entrar en el gigantesco rectángulo donde antaño se había levantado el

 

magnífico templo de Herodes, un guía, a media voz, explicaba a un nutrido

 

grupo de curiosos y respetuosos turistas ingleses cómo muchos rabinos y

 

judíos de Mea Shearim (el barrio religioso de la ciudad) sólo aceptan caminar

 

descalzos o incluso, se niegan, a pisar la explanada sobre la que nos

 

encontrábamos. Según estos estrictos observadores de la Ley judía, “allí se

 

encuentra sepultada la famosa arca de la Alianza, siendo aquél, por tanto, un

 

lugar sagrado”.

 

A decir verdad, mientras me dirigía a las mezquitas que ocupan hoy el terreno

 

del Segundo Templo -la de EI-Aksa y la conocida como el Domo de la Roca-tuve

 

que reconocer que aquél era uno de los escasos puntos donde los

 

humanos no han caído aún en el lamentable tráfico comercial existente en lo

 

que los cristianos llaman “santos lugares”. Allí todo es silencio y

 

 

ciudad. En los años 132-135 se registra una nueva revuelta judía, dirigida por

 

Bar-Kojvá. El emperador Adriano vence. destruyendo Jerusalén. La

 

reconstrucción se produce poco después y Jerusalén recibe el nombre pagano

 

de Adra Capitolina. En los años 330-634 se produce la dominación bizantina.

 

Tras la conversión al cristianismo de Constantino se construyen numerosas

 

iglesias en la Ciudad Santa. En el 614, nueva invasión. Esta vez protagonizada

 

por los persas. Centenares de iglesias fueron destruidas. El 636, los

 

musulmanes conquistan Palestina, convirtiendo a Jerusalén en su tercera

 

ciudad santa, después de La Meca y Medina. En el 1009, el califa fatimita

 

Jakem destruye la iglesia del Santo Sepulcro y otros santuarios cristianos,

 

iniciándose así 200 años de luchas entre Oriente y Occidente y dando lugar a

 

las famosas Cruzadas. En 1099. la Ciudad Santa cae en poder de los cruzados.

 

En el 1187, Saladíno, príncipe árabe, derrota a los cruzados en los llamados

 

Cuernos de Hillin, poniendo fin al Reino Latino de Oriente. En 1263, -otro

 

sultán, el mameluco Baibars, de Egipto, conquista las fortalezas y el litoral

 

que seguían en manos de los cruzados. En los siguientes 250 años

 

permanecerán bajo dominio mameluco. En el 1400, tribus monticas, dirigidas.por Tamerlán, invaden Israel. En 1517 son los turcos quienes entran en

 

Palestina a sangre y fuego. Durante cuatro siglos, -así formará parte del

 

Imperio otomano. En 917, durante la primera guerra mundial, Palestina es

 

ocupada por tropas aliadas, dirigidas por el general Allenby. Ese año es

 

recordado como el de la Deelar-ación balfour para la creación en Palestina de

 

un Hogar Nacional Judío. En 1922, el mandato británico sobre Palestina es

 

confirmado por la Liga de las Naciones. En 1947, la Organización de las

 

Naciones Unidas establece un plan que divide Palestina en un Estado judío y

 

otro árabe.

 

En 1948 finaliza el mandato británico y el 14 de mayo, el Consejo Nacional

 

Judío proclama el nacimiento del Estado de Israel. Pero el nuevo Estado es

 

invadido por los países vecinos. Al terminar la guerra, Palestina queda

 

dividida entre Israel y Jordania. (N. del m.)

 

 

recogimiento. La venta o el trapicheo de recuerdos más o menos santos o

 

religiosos están prohibidos terminantemente.

 

Frente a la mezquita Lejana o de EI-Aksa (1), situada al sur del gran

 

rectángulo, mi espíritu volvió a estremecerse. Por detrás y a la izquierda de su

 

cúpula de plata se distinguía buena parte del monte de los Olivos y, en su falda

 

occidental, Getsemaní. El súbito descubrimiento de la colina y de la ladera por

 

la que había trepado y descendido en tantas ocasiones desencadenó en mi una

 

casi violenta reacción. Y, dando media vuelta, me retiré a grandes zancadas,

 

rumbo a la hermosa mezquita de Omar o del Domo de la Roca (2).

 

Apenas si me detuve unos instantes junto a la “Octava Maravilla del Mundo”.

 

Aquél, en mi opinión, es el lugar exacto donde hace dos mil años, se levantaba

 

majestuoso el Santuario propiamente dicho- Allí mismo, muy cerca de algunas

 

de las caras del octógono de 60 metros de diámetro que constituye el exterior

 

de la mezquita -quizá en las orientadas al sur o suroeste-, se hallaron en otro

 

tiempo las escalinatas de acceso al Templo, en las que yo había visto y

 

escuchado al rabí de Galilea.

 

Allí, en aquella explanada, yo había asistido al insólito espectáculo de un

 

Jesús firme y seguro, látigo en mano, abriendo los portalones del sector norte

 

del llamado atrio de los Gentiles y provocando la estampida de los animales

 

destinados a los sacrificios sagrados. Durante segundos, en el silencio del

 

lugar, pude escuchar los mugidos de los bueyes, el griterío de los cambistas de

 

monedas y el estruendo de las mesas y tenderetes al ser volcados por el

 

ganado. Qué lejos y qué cerca parecía todo!

 

 

(1) Construida entre los años 709 y 715 por el califa EI-Walid, hijo de Abdel

 

Malek, que edificó la otra mezquita: la del Domo de la Roca. La de EI-Aksa.se encuentra casi exactamente sobre lo que fue el palacio de Salomón. (N. del

 

m.)

 

(2) En el año 135 de nuestra Era, el emperador Adriano levantó en este lugar

 

un templo dedicado al dios Júpiter. Desde entonces fue considerado como un

 

lugar maldito. En el 636, tras la invasión árabe, el califa Omar limpió de

 

escombros el monte Mori , construyendo una mezquita que todavía hoy lleva

 

su nombre. Los musulmanes identificaron la roca o cumbre del monte Mori

 

con el lugar desde el que Mahoma había subido a los cielos en un caballo

 

alado. Según otra tradición, esta roca blanca fue el punto donde Abraham

 

estuvo a punto de sacrificar a su hijo Isaac. Los árabes, en cambio, consideran

 

que el hijo en cuestión era Ismael. En el año 691,Abdel Malek, de la dinastía

 

de los Omeyas, restauró la primitiva mezquita, convirtiéndola en lo que hoy

 

conocemos. Bajo la cópula, fabricada a base de hojas de aluminio bañadas en

 

oro que la hacen centellear al sol de Jerusalén, se encuentra, como digo, la

 

roca o cúspide del monte Mori . Alcanza 45 metros de longitud por 11 de

 

anchura, elevándose otros 2 por encima de la superficie circundante. En el

 

mundo islámico, el Domo de la Roca es el tercer lugar sagrado, después de la

 

Káhaba de La Meca y la tumba del Profeta en la ciudad de Medina. (N. del

 

m.)

 

 

A treinta o cuarenta metros hacia el noroeste, en lo que es actualmente el

 

límite norte del monte del Templo, imaginé por un momento la casi

 

inexpugnable y orgullosa fortaleza Antonia. Y nuevos y vivos recuerdos

 

acudieron a mi mente. Del formidable “cuartel general” romano no queda casi

 

señal o vestigio alguno. Todo ha desaparecido (1). Mejor dicho, todo no…

 

Yo había tenido ocasión de visitar, tiempo atrás, el convento de las Hermanas

 

de Sión, donde se venera por los cristianos el famoso litóstrotos o patio

 

pavimentado por grandes losas, perteneciente, al parecer, a la primitiva

 

fortaleza Antonia (2). Para algunos, éste fue el sitio donde el Cristo fue

 

juzgado por Poncio Pilato y presentado a la multitud después de la flagelación.

 

Otros arqueólogos y exégetas, más prudentes, no están tan seguros.

 

Tras descender por unas breves escalinatas situadas en la esquina

 

noroccidental del monte Mori y dejar a mi derecha -en lo que fuera el corazón

 

de la fortaleza Antonia- un recoleto paseo, flanqueado por jóvenes cipreses,

 

me introduje sin más dilación en el convento de las Hermanas de Sión, en

 

pleno barrio árabe. Mi espíritu volvió a inquietarse. Aunque comprendo que, a

 

veces, estas cosas son necesarias o irremediables, no pude evitar un

 

sentimiento de rechazo. Nada más cruzar bajo la pequeña puerta del santuario

 

apareció ante mi un luminoso establecimiento,

 

—.(1) La fortaleza Antonia fue totalmente arrasada por el general romano Tito, al

 

romper el cerco judío en el año 70. Durante siglos sólo fue un montón de

 

escombros sobre el que se levantaron diversas construcciones. Poco a poco, en

 

la edad moderna, la arqueología ha ido fijando su posición exacta. En la

 

actualidad, que fue la fortaleza que reconstruyera también Herodes el Grande

 

alberga una escuela musulmana, un monasterio de la Orden Franciscana y el

 

referido convento de las Hermanas de Sión. En este último lugar es donde se

 

encuentra, en mí opinión, el vestigio más claro de una de las instalaciones del

 

“cuartel general” romano durante las fiestas de la Pascua judía. (N. del m.)

 

(2) El litóstrotos, que en griego significa” patio pavimentado de losas

 

grandes”, fue descubierto al este del supuesto emplazamiento de la fortaleza

 

Antonia. En base al texto de Juan el Evangelista (19.13) -”Entonces Pilato

 

oyendo estas palabras llevó a Jesús y se sentó en el tribunal, en el sitio

 

llamado litóstrotos”-, algunos especialistas bíblicos, como digo, creen ver en

 

dicho recinto el escenario de parte del juicio del procurador romano a Jesús de

 

Nazaret y de su presentación al pueblo judío. Otros, en cambio, piensan que el

 

litóstrotos pudo ser el patio principal de Antonia, donde el Cristo fue flagelado

 

y de donde saldría con el madero o patibulum, rumbo al Gólgota. La

 

fundación del convento de las Hermanas de Sión se debe a un judío converso,

 

el padre Ratisbone. Entre 1931 y 1937, la madre Godeleine y el padre Vicente,

 

de la Escuela Bíblica de Jerusalén, excavaron el lugar, descubriendo el

 

pavimento en cuestión. Recientemente, arqueólogos ingleses y el profesor

 

judío Kaufman han lanzado una tercera hipótesis: el litóstrotos podría datar

 

del año 135 d.C. (del tiempo de Adriano). (N. del m.)

 

 

cargado hasta los topes de toda clase de recuerdos de la capilla de la

 

Flagelación o del venerado litóstrotos: desde medallas y escapularios hasta

 

camisetas, ceniceros, artesanía, postales, bustos policromados de escayola de

 

María o de su Hijo, réplicas de la columna de la flagelación y un interminable

 

etcétera, por no hablar de los juguetes japoneses o refrescos. - Aquel lugar,

 

como otros muchos, por no decir la mayoría, se había convertido en un

 

excelente negocio… a costa de Jesús de Nazaret y de sus padecimientos. Y

 

otras frases del Cristo, pronunciadas en la madrugada del lunes, 3 de abril, en

 

la casa de Lázaro, en Betania, acudieron a mi mente:

 

“… Mi alma sufre por los hijos de los hombres, porque están ciegos en su

 

corazón; no ven que han venido vacíos al mundo e intentan salir vacíos del

 

mundo. Ahora están borrachos. Cuando vomiten su vino, se arrepentirán.”

 

Quizá lo más doloroso de aquel “cambalache” es que, al igual que sucediera

 

con Anás y los restantes sacerdotes -propietarios del negocio de los

 

intermediarios en el atrio del Templo-, ahora, dos mil años después, los que se.dicen sacerdotes o religiosos al servicio del Hijo de Dios siguen consintiendo

 

o participando en transacciones comerciales, que nada tienen que ver con lo

 

que El deseaba y pretendía. Y esto, precisamente allí, escenario de tan trágicos

 

momentos, empaña considerablemente la grandeza del lugar. Mientras

 

caminaba hacia la sala abovedada donde se exhibe el liróstrotos me pregunté

 

qué habría sucedido si el rabí de Galilea hubiera expresado el menor deseo de

 

que sus ropas, objetos personales, etc, fueran conservados y reverenciados…

 

Por fortuna conocía bien la debilidad de la naturaleza humana y tuvo sumo

 

cuidado de no cometer semejante error. A pesar de ello, los cristianos, lejos de

 

practicar las enseñanzas de la religión “de” Jesús, cayeron desde los primeros

 

tiempos en lo que, justamente, no deseaba el Maestro: una religión, una forma

 

de ser y unos ritos “a propósito” de Jesús…

 

Al ver las lajas rectangulares, que se supone cita Juan en su Evangelio, sentí

 

un escalofrío. Algunas de las enormes y desgastadas losas -estriadas para

 

evitar que los caballos resbalasen- eran parecidas a las de caliza dura que

 

había visto y hallado en el patio central de Antonia. La pulcritud de las

 

religiosas responsables del liróstrotos rotos y el paso de los siglos las habían

 

transformado en cierta medida, proporcionándoles un especial brillo. Pero

 

aquel pavimento no correspondía al del gran patio adoquinado a base de

 

cantos rodados y situado en el sector norte de la fortaleza, en el que se había

 

congregado la multitud la mañana del Viernes Santo. Sólo el enlosado de la

 

terraza situada frente a dicha explanada. y en la que se celebró el debate entre

 

Poncio y los sacerdotes judíos, guardaba semejanza con lo que tenía ante mi.

 

A decir verdad, Juan el Evangelista no cometió error alguno al comentar que

 

el Maestro fue llevado ante Pilato, “en el tribunal” en el sitio llamado

 

“lihtóstrotos”. Lo que sí puede ser craso error es asociar este pavimento del

 

convento de las de Sión con el “tribunal” en el que se sentaba el procurador

 

romano. La justificación al margen de mi propio testimonio, y que debería ser

 

contemplada por los exégetas y arqueólogos bíblicos, está grabada

 

precisamente en algunas de esas losas. En ellas se aprecian un conjunto de

 

rayas, practicadas con espadas u objetos punzantes, que todos los expertos han

 

identificado como una especie de juego de rayuela o “juego del círculo” -del

 

que habla Flavio-, y al que eran muy aficionados los legionarios romanos.

 

Como ya hice referencia en otra parte de mí diario, sobre una de las lajas del

 

patio central pude distinguir un círculo y una raya tortuosa que discurría entre

 

diversas figuras (una corona real y una “B”). Los soldados, uno tras otro,

 

lanzaban cuatro dados marcados con letras y números, cantando jugadas como

 

la de “Alejandro”, la de “Darío”, “el Efebo” o la que remataba la partida: la

 

del “Rey”. Por pura lógica, un divertimento de esta índole -que obligaba a.marcar y dañar un enlosado- difícilmente hubiera tenido como escenario un

 

lugar tan solemne como el litóstrotos, donde Poncio impartía justicia.

 

Si, en cambio, el patio porticado del cuartel romano, punto de confluencia de

 

los hombres francos de servicio y en el que no tenían lugar demasiados actos

 

oficiales.

 

Cuando me disponía a salir de la cámara, el susurro de otro guía turístico,

 

comentando los detalles y pormenores del citado “juego del Rey”, me retuvo.

 

“Según la tradición -explicó el hebreo-, si un reo aceptaba jugar, y ganaba la

 

partida, podía salvar la vida… En el caso de Jesús -concluyó el buen hombre

 

con una sonrisa-, los legionarios romanos no aceptaron porque sabían que el

 

Galileo podía ganar…”

 

Algo reconfortado por la ingenuidad de aquel guía dejé atrás el convento de

 

las Hermanas de Sión, adentrándome en la llamada por los cristianos vía

 

Dolorosa (barrio Al-Mujahedeen), que forma parte de un intrincado laberinto

 

de callejas estrechas, malolientes y, en ocasiones, cubiertas, en pleno mercado

 

oriental. Como en la Jerusalén del año 30, aquel sector-hoy ocupado por

 

musulmanes- así conservaba un cierto parecido con lo que yo había conocido:

 

pasadizos y calles a cuál más angosto, precariamente empedrados en la

 

mayoría de los casos, surcados de canalillos pestilentes y, a ambos lados, un

 

sinfín de tenderetes y diminutos establecimientos infectos en los que se

 

guisaba, vendía o comerciaba con todo lo inimaginable. Confundido,

 

abriéndome paso con dificultad entre aquella marea humana -mezcla de

 

turistas, árabes arreando asnos cargados con voluminosos fardos, mujeres con

 

el rostro cubierto por velos y balanceando grandes cántaros de arcilla sobre

 

sus cabezas, religiosos de todas las confesiones y algún que otro rabino

 

presuroso, luciendo su tradicional indumentaria: levita larga y negra como la

 

noche y sombrero de ala ancha y terciopelo igualmente azabache, con luengas

 

barbas y patillas acaracoladas cayendo desde las sienes- logré acceder al fin a

 

otro de los santuarios de la Ciudad Vieja. Sin duda, el más santo para el

 

cristianismo: la iglesia del Santo Sepulcro.

 

No fue fácil desembarazarse de la chiquillería que, desde el instante en que

 

pisé la supuesta vía Dolorosa (1), asaltan prácticamente al viandante

 

extranjero o con aspecto de turista, metiéndole por los ojos toda clase de

 

mercancías. Recuerdo con desolación cómo uno de los viernes, a las tres de la

 

tarde, cuando me encontraba en pleno adiestramiento, acerté a pasar por la

 

mencionada vía Dolorosa, coincidiendo con una tradicional y semanal

 

procesión que organizan los padres franciscanos. Aquel espectáculo me

 

conmovió. Mientras los religiosos y fieles avanzaban lenta y pausadamente

 

por las calles, ora de rodillas, ora cargando grandes cruces, a uno y otro lado,.los propietarios de los comercios seguían pregonando sus artículos y

 

souvenirs, ajenos y sin el menor respeto hacia aquellos devotos cristianos.

 

Pero aquel descarado e irritante negocio se ve eclipsado ante lo que, para mi,

 

constituye una de las más negras y frías afrentas que pueda concebirse en un

 

lugar tan sagrado y especial como el del Santo Sepulcro…

 

Ahora me pregunto si no debería haber omitido estas nada edificantes

 

experiencias. Pero es preciso que sea fiel a mis propios sentimientos y

 

absolutamente claro y sincero.

 

La verdad es que tampoco tiene mayor trascendencia que la roca del Gólgota -casi

 

oculta bajo la basílica del llamado Santo Sepulcro- estuviera, o no, unos

 

metros más al norte o al sur de su actual y pretendida ubicación. Lo que

 

importa es que éste sí fue el paraje real y concreto donde se desarrollaron las

 

dramáticas horas finales del Nazareno. Ni siquiera la circunstancia de que la

 

tumba de Cristo haya sido marcada por la religión y las tradiciones a tan

 

escasa distancia del lugar de ejecución debería revestir problema alguno.

 

(Como también especifiqué con anterioridad, la propiedad de José de

 

Arimatea -una pequeña finca de recreo y descanso- se hallaba relativamente

 

retirada del Gólgota.) No era habitual, ni lógico, que este tipo de propiedades

 

fuera fijada prácticamente al pie de un lugar tan tétrico

 

 

(1) Digo “supuesta” vía Dolorosa porque, tal y como relaté en anteriores

 

páginas de este diario, el camino que siguió Jesús de Nazaret desde el interior

 

de la fortaleza Antonia al Gólgota en la mañana del viernes, 7 de abril del año

 

30, no fue el que tradicionalmente veneran los cristianos. Las circunstancias

 

políticas, como expliqué, aconsejaron al oficial romano elegir otra vía: la que

 

rodeaba el exterior de la muralla norte de la Jerusalén de entonces. Como ha

 

ocurrido con otros “santos lugares”, la tradición no estuvo muy afortunada a la

 

hora de fijar con exactitud dónde ocurrieron tan importantes sucesos. (N. del

 

m.)

 

 

como el de las ejecuciones públicas. A mi “regreso” de la Jerusalén del año

 

30, tras consultar mapas y recorrer la zona, estoy convencido que la gruta que

 

albergó el cadáver de Jesús se encuentra en algún punto del extremo

 

nororiental del actual barrio árabe. Concretamente, entre la iglesia de Santa

 

Ana y el Museo Rockefeller; este último, fuera del citado barrio. Quizá algún

 

día, si se practican excavaciones en dicho sector, el mundo pueda descubrirlo

 

(1).

 

Lo que sí me pareció indigno del lugar que se pretende venerar fue un hecho

 

que me tocó vivir en aquella agitada mañana Durante un buen rato

 

deambulé sin rumbo fijo por las oscuras y recargadas capillas, absurdamente.divididas entre los griegos ortodoxos y los católicos romanos (2),

 

descendiendo incluso a una de las criptas donde, según la tradición, Santa

 

Elena había hallado las tres cruces, “arrojadas a una especie de basurero por

 

los soldados romanos, una vez concluidas las crucifixiones” (3).

 

 

(1) El actual pintoresquismo de los llamados “Santos Lugares” llega al

 

extremo de que, un poco al norte de la puerta de Damasco, el visitante puede

 

encontrar “otro Gólgota”. Todo arranca del año 1883, cuando el general

 

británico C. Gordon asoció un montículo allí existente con la forma de una

 

“calavera”. La existencia en la roca de una tumba del siglo ¡contribuyó -y de

 

qué forma!- a dividir las opiniones. En 1892, la sociedad del Jardín de la

 

Tumba compró el lugar, siendo visitado desde entonces por numerosos

 

peregrinos- Personalmente no comparto el criterio del buen general inglés.

 

Entre otras razones, por que la citada puerta de Damasco y la muralla en la

 

que se encuentra no existían en tiempos de Cristo. El verdadero Gólgota

 

estaba mucho más próximo, en las cercanías de la puerta de Efraim. (N. del m)

 

(2) La actual iglesia del Santo Sepulcro, construida en gran parte por los

 

cruzados en el año 1149, está dividida entre seis confesiones religiosas, de

 

acuerdo con un statu quo decretado en 1852 por los turcos, ante las constantes

 

peleas y auténticas “batallas campales” que protagonizaban, y aún

 

protagonizan, los diferentes credos que disfrutan de su propiedad. Lo que

 

realmente constituye el Gólgota o Calvario está ocupado por dos capillas,

 

pertenecientes a las sectas más prósperas y poderosas: la griega ortodoxa y la

 

católica romana- La primera -la griega- ocupa el lugar donde se supone que

 

Cristo fue crucificado. La católica corresponde, según la tradición, al punto

 

donde Jesús fue despojado de sus vestiduras. Casi un tercio de la base donde

 

descansan ambas capillas reposa a su vez sobre la roca del Gólgota

 

propiamente dicha. Sólo una pequeña porción de la misma puede ser

 

contemplada bajo el altar dedicado a la Virgen de los Dolores, así como en la

 

parte inferior de otra capilla: la de Adán. (N. del m.)

 

(3) Esta tradición tiene escaso fundamento. La realidad es que los legionarios

 

romanos no acostumbraban a despreciar las cruces donde llevaban a cabo las

 

ejecuciones. Es más: el madero vertical o stípe permanecía fijo en el suelo.

 

Las peripecias de esta “atormentada” iglesia se remontan al siglo IV. En el año

 

324, cuando fue edificada por primera vez, quedó casi en el centro de lo que

 

era entonces la Jerusalén amurallada. Según todos los vestigios arqueológicos,

 

unos once años después

 

 

En otra de las dependencias volví a encontrarme con la “columna de la

 

flagelación”: un delicado y costoso mojón de mármol rojo, de unos cincuenta.centímetros de altura y con un mimado basamento. No pude por menos que

 

sonreír. Aquella especie de millar jamás pudo ser utilizado para atar

 

caballerías. Era demasiado caro y exquisito…

 

Y de pronto me encontré frente a un grupo de turistas, que hacía cola para

 

visitar la no menos supuesta tumba del Galileo (1). Aquél era uno de los

 

santuarios que yo me había negado a inspeccionar durante mi etapa de

 

entrenamiento. Creo haberlo mencionado ya: tanto la dirección de Caballo de

 

Troya como yo mismo consideramos que, para determinadas fases de la

 

misión, era mejor prescindir de las informaciones ya existentes. Ello nos

 

proporcionaba un mayor grado de objetividad. De ahí que, al unirme al

 

paciente grupo, sintiera una inevitable curiosidad. Era del todo imposible que

 

la gruta que sirvió de enterramiento a Jesús de Nazaret se hallara tan próxima

 

al Calvario. (Apenas veinte o treinta metros en el interior de la iglesia.) Pero

 

decidí echar un vistazo.

 

El monumento que cubre y protege en la actualidad dicha sepultura,

 

excesivamente recargado y con una gran cúpula de estilo ruso, es tan

 

sumamente angosto que sólo permite el paso de cuatro o cinco personas a un

 

tiempo. A gran velocidad, casi mecánicamente, los turistas que me precedían

 

fueron entrando y saliendo de la tumba. Cuando me tocó el turno,

 

sinceramente, quedé horrorizado. En un estrechísimo cubículo de apenas dos

 

metros de largo por uno de ancho y otros dos de alto puede contemplarse, a la

 

derecha de la estancia, una laja de mármol que no supera el metro y setenta

 

centímetros de longitud. Era

 

 

de la muerte de Cristo (año 30), el Gólgota ya había quedado dentro del

 

recinto de la ciudad, gracias a la muralla construida por Herodes Agripa en el

 

citado año 44. En el 135, el emperador Adriano, tratando de borrar los lugares

 

venerados por cristianos y judíos, ordenó la construcción de un templo a

 

Júpiter en los puntos donde, según la tradición, se hallaban el Gólgota y la

 

tumba de Cristo- Y lo mismo sucedería con la gruta de la Natividad, en Belén.

 

Tomando como referencias los mencionados templos paganos, la reina Santa

 

Elena, madre del emperador Constantino, erigió en el año 326 una magnífica

 

basílica en los lugares ocupados por el Calvario y la supuesta tumba de Jesús.

 

En el 614, los persas la destruyeron y fue levantada nuevamente por el abate

 

Modesto. En el 1009, el califa Jakem la arrasaría, siendo la destrucción de esta

 

iglesia una de las causas de las Cruzadas. En el 1048 sería restaurada por

 

Constantino Monómaco. (N. del m.)

 

(1) Una descripción detallada de la cripta donde fue sepultado Jesús aparece

 

en las páginas 474 y siguientes de mi anterior obra Caballo de Troya, que

 

corresponde a la primera parte del diario del mayor norteamericano. En ella,.en efecto, se dice que el techo de la gruta se hallaba a 1,70 metros y que la

 

estancia era cuadrada: de unos tres metros de lado. (N. del autor.)

 

 

imposible que el cuerpo del Cristo. con su 1,81 metros de estatura, hubiera

 

encajado en posición horizontal sobre dicho banco de piedra. Pero estas

 

apreciaciones. insisto, eran lo de menos.

 

Lo que me exasperó fue la actitud del pope griego que permanecía en pie al

 

lado de la cabecera de la dudosa tumba. Su principal, yo diría que única,

 

misión consistía en hacerse con los billetes-si eran divisas tanto mejor- que

 

cada visitante se veía casi forzado a regalar. La “operación” por parte de los

 

codiciosos griegos ortodoxos era perfecta. Al entrar en la reducidísima

 

cámara, los cuatro o cinco emocionados y temblorosos fieles se ven abordados

 

por un “ayudante” del hierático pope, quien, mostrándoles un puñado de finas

 

velas negras y sin casi pronunciar palabra alguna, les da a entender que lo

 

correcto es dejar una buena “limosna”. Por si el sorprendido visitante duda o

 

no sabe qué cantidad de dinero debe dejar, los astutos “propietarios” de la

 

tumba van depositando los billetes más fuertes (dólares, marcos alemanes,

 

etc.) al pie de uno de los cirios situados en la citada cabecera, junto al

 

vigilante sacerdote. El “abordaje” es tan descarado y fulminante que son muy

 

escasas las personas que se niegan a participar en semejante “cambalache”. Y

 

lo mas doloroso es que, una vez consumado el “asalto’“ no hay tiempo para

 

nada más. Ni siquiera para musitar un apresurado padre nuestro. (Es preciso

 

que recuerde que la inmensa mayoría de los que desfilan por la tumba de

 

Cristo está convencida que aquélla es la roca sobre la que reposó el cadáver

 

del Salvador. Algo tan grande y emotivo como para, al menos, poder orar o

 

meditar durante unos minutos. Pero hasta eso está sutilmente “prohibido” por

 

los modernos Anás y Caifás…)

 

Una vez prendidas las velas, el grupo es invitado -casi empujado- a abandonar

 

el lugar, con la excusa de que son muchos los fieles que todavía aguardan en

 

el exterior. En eso tienen razón, aunque las verdaderas intenciones de los

 

griegos-ortodoxos apuntan en otra dirección. Si tenemos en cuenta que a lo

 

largo de cualquier Semana Santa visita dicha cripta un promedio de 46 000

 

individuos y que la media de dinero donado por persona es de unos cinco

 

dólares USA, no hace falta ser muy despierto para intuir cuáles son esas

 

“intenciones”… Como dicen los israelitas, la tumba de Jesús de Nazaret es una

 

“fuente de oro”.

 

¿Qué negocio de esta índole reporta un beneficio medio y diario de 15 000

 

dólares?

 

Fue quizá un momento de debilidad. Pero, ante semejante abuso, no pude

 

contenerme. Por supuesto, no entregué un solo centavo. Y encarándome con el.impasible pope, le recriminé lo que consideraba un deshonesto “alquiler” de la

 

tumba del Nazareno. El griego acarició sus negras y desaliñadas barbas y,

 

mirándome con displicencia, argumentó:

 

-Nadie le obliga, hermano…

 

-Claro…

 

No hubo tiempo para más. El “ayudante”, obedeciendo una significativa y

 

estudiada mirada del sacerdote, hizo presa en uno de mis brazos y, suave pero

 

firmemente, me arrastró hacia la salida.

 

Dolorido e indignado no me detuve hasta alcanzar la muralla sur de la Ciudad

 

Santa. ¿”Ciudad Santa”? Dios mío!, que poco han cambiado las cosas…

 

Una ligera brisa me recibió bajo el arco de la puerta de Sión, al final del barrio

 

armenio. Me detuve, buscando serenar mi espíritu. En el fondo, ¿quién puede

 

cambiar tan drásticamente las tendencias y debilidades humanas? Quizá algún

 

día -como profetizó el Maestro- “el mundo salga del invierno materialista para

 

entrar en la primavera espiritual..”. Pero eso parece aún lejano.

 

Al abordar la calzada de Hativat Etzioni, entre las murallas de la Ciudad Vieja

 

y el monte Sión, el instinto fue mi único guía. Al cabo de unos minutos me

 

hallaba en el filo de las profundas barrancas del valle del Hinnom, donde,

 

antaño, estuviera ubicado el basurero de la Jerusalén bíblica: la Gehenne

 

mencionada en los Evangelios canónicos. Aquella tortuosa depresión,

 

salpicada de rocas y peñascales, no había variado demasiado.

 

El principal y más agudo recuerdo de aquel desfiladero era la ansiosa

 

búsqueda, en la mañana del sábado, 8 de abril del año 30, en compañía del

 

joven Juan Marcos, del desaparecido Judas.

 

Traté de orientarme, en un absurdo afán por reconocer el punto exacto sobre el

 

que se había despeñado el infeliz apóstol. Recordaba muy bien que el cuerpo

 

yacía en el fondo de aquella garganta, a unos cuarenta metros de profundidad.

 

Retrocedí hacia el oeste, bordeando la zona donde se levantan hoy la tumba de

 

David y el Cenáculo. Fue inútil. Las sucesivas edificaciones y cambios en la

 

orografía habían borrado parte de la antigua y abrupta depresión. Quizá la

 

iglesia de San Andrés, al borde de la Derecha del Hevrón, sea el rincón más

 

aproximado. Pero no podría asegurarlo. Resulta triste que la Cristiandad -a

 

pesar de haber sido un traidor- no haya erigido un simple y modesto

 

monumento a la memoria de un personaje tan importante y -¿por qué no?- tan

 

cercano al Maestro. Ojalá estas líneas muevan a alguien a emprender la

 

caritativa -no sé si justa- empresa de plantar una cruz en el fondo o en el filo

 

del valle del Hinnom, en memoria del Iscariote. Por mi parte, tras recoger en

 

una de las laderas de la barranca un puñado de primerizas margaritas y

 

arroparlas en un manojo de verdes y brillantes mirtos salvajes, muy

 

abundantes entre los roquedales, arrojé el improvisado ramillete al corazón del.desfiladero. Nunca logré explicarme satisfactoriamente el porqué de aquel

 

sincero gesto. Quizá, en ocasiones, me sienta más atraído por los hombres

 

derrotados o equivocados que por los justos o intachables. “Él”, después de

 

todo, también había amado a Judas. Y en cierta ocasión había dicho: “… Dios

 

es tan liberal que permite, incluso, que te equivoques… Cuando llegue el caso,

 

pide explicaciones a tu hermano, pero nunca le odies. Solo cuando miréis a

 

vuestros hermanos con caridad podréis sentiros contentos.”

 

Eché una última mirada a mi modesta ofrenda, confundida entre los abrojos y

 

arbustos que crecen dolorosamente en las grietas rocosas del fondo y,

 

reconfortado, deshice el camino que serpentea paralelo sobre el Hinnom,

 

tomando las calzadas de Malchisedek y Ha Ofel. Bajo el famoso pináculo del

 

Templo, en el extremo más oriental de la Ciudad Vieja, decenas de palomas -como

 

hace dos mil años- se acurrucaban en los huecos de la orgullosa muralla.

 

Pero mi atención se vio desviada por la falda oeste del monte de los Olivos. El

 

paso de los siglos y la construcción en dicha ladera de las conocidas iglesias y

 

santuarios de Getsemaní, Dominus Flevit (1), la tumba de la Virgen María, la

 

de Santa María Magdalena (2, y la de las Naciones (3), entre otras, han

 

trastocado el primitivo y genuino perfil del monte sagrado. A excepción de

 

algunos y aislados corros de olivos, el resto es igualmente irreconocible.

 

Caminé lentamente, siguiendo el curso de la muralla oriental del desaparecido

 

Segundo Templo, haciendo continuas paradas. Pero, salvo los precipicios que

 

van configurando la vieja torrentera del Cedrón y los cuatro monumentos

 

funerarios que todavía se levantan en el nacimiento de aquella ladera del

 

monte de las Aceitunas -atribuidos a Absalón, Josafat 14, Santiago y Zacarías-,

 

nada conserva su antiguo aspecto. Los viejos caminos que discurrían de

 

 

(1) Dominus Flevit o “Dios lloró” recuerda las lágrimas derramadas por Jesús

 

en la mañana del Domingo de Ramos. La primitiva iglesia, obra de los

 

cruzados, data del siglo XII. Tras su destrucción fue reconstruida en 1891 en

 

forma de “lágrima”. (N. del m.)

 

(2) También llamada la iglesia Rusa. Fue edificada en 1888 por el zar

 

Alejandro III, en recuerdo de su madre. Es propiedad de las monjas rusas. En

 

la cripta se encuentra enterrada la gran duquesa Elizabet Feodorovna, hermana

 

de la emperatriz Alejandra, muerta en Siberia en 1918 por los bolcheviques.

 

(N. del m.)

 

(3) La actual iglesia, una de las más hermosas de Jerusalén, fue edificada a

 

principios del siglo XX. Se la llama “de las Naciones” porque los fondos para

 

su construcción fueron donados por 16 países. En cada una de las cúpulas

 

puede admirarse el escudo, en mosaico, de cada una de las 16 naciones. Frente

 

al altar pude contemplar los restos de lo que la tradición cristiana considera.como una de las rocas de la agonía de Jesús de Nazaret. La verdad es que la

 

basílica y la masa pétrea en cuestión se encuentran prácticamente en el fondo

 

del valle del Cedrón, y la referida “oración del huerto” tuvo lugar en una cota

 

superior, y algo más al norte, de la ladera occidental del monte de los Olivos.

 

(N. del m.)

 

(4) Las tradiciones judeocristianas aseguran que este estrecho valle del Cedrón

 

será el escenario del Juicio Final. (N. del m.)

 

 

una a otra parte, salvando el valle, y que el Galileo había frecuentado en sus

 

idas y venidas desde Betania o desde el campamento de Getsemaní, habían

 

sido borrados o sustituidos por modernas carreteras y vías asfaltadas.

 

Un viento frío empezó a soplar desde el noreste, arrastrando negras y

 

amenazadoras nubes sobre Jerusalén. Apenas si quedaban tres horas de luz y,

 

consciente de que nuestra próxima reunión en el Ramada Shalom había sido

 

programada para las 18 horas, aceleré el paso. Tampoco en aquellos

 

momentos sabía lo que buscaba. ¿Quizá algún escondido o remoto vestigio del

 

lugar donde el Maestro acostumbraba a plantar su campamento?

 

Conforme fui aproximándome al jardín de Getsemaní, aquel empeño iría

 

debilitándose. Como dije, ni siquiera el templo que recuerda el lugar del

 

prendimiento del Galileo está correctamente emplazado. Durante algunos

 

minutos ascendí por la estrecha carretera que se empina hacia la cumbre y que

 

desemboca en la mezquita de la Ascensión. Y tomando como referencia la

 

puerta Dorada del muro este del Templo ,ahora tapiada hasta “el fin de los

 

tiempos “Y giré a la izquierda, saliendo de la calzada. Si no me equivocaba,

 

no muy lejos de allí había vivido los intensos momentos de la “oración del

 

huerto” del proceso sanguinolento o “hematohidrosis” de Jesús. y en una cota

 

inferior, en el viejo y extinguido sendero, la llegada de la tropa romana y

 

levita y el accidentado prendimiento del Maestro . No tardé mucho en desistir.

 

Tras una corta incursión en un reducido campo en el que crecían unos

 

jovencísimos olivos, una serie de modernas fincas me cortó el paso. Todo

 

había sido arrollado por el progreso. Una vez más, perdido en mi propio

 

presente, lamenté que los seres humanos no hayan sabido o querido respetar

 

un entorno tan entrañable y sagrado como aquel. Sé que es un sueño

 

imposible, pero ¿no hubiera sido más emotivo y auténtico conservar, tal cual

 

eran, los lugares donde vivió el Cristo. Sin iglesias ni santuarios? Después de

 

estas decepcionantes vivencias, comprendo mejor a los seguidores del rabí de

 

Galilea que eligen rememorar su recuerdo, alejándose de los tradicionales

 

“santos lugares” y buscando aquellos parajes -montañas, desiertos, playas de

 

Galilea o campiñas- que siguen vírgenes y sin transformación alguna..Poco faltó para que, al descender hacia la transitada carretera de Derech

 

Yericho -la que pasa frente a la iglesia de Getsemaní-, siguiera mi camino, en

 

busca de un taxi que me devolviera al hotel. Pero “algo” inexplicable, esa

 

especie de “ fuerza” interior que me acompaña desde ‘entonces, me obligó a

 

detenerme frente a la puerta del Holy Place: el jardín donde se conservan y

 

miman ocho venerables olivos que, según la tradición, fueron los mismos que

 

cobijaron al Maestro. Tras sortear a los inevitables vendedores ambulantes y a

 

los árabes que se empeñan en montar a los turistas en sus camellos, penetré en

 

el silencioso y sosegado recinto. Empezaba a llover y la mayoría de los

 

escasos visitantes se precipitaba hacia la salida. Al ver los ancianos y

 

enroscados olivos sentí un estremecimiento. Algunos de aquellos vetustos y

 

gruesos ejemplares sí eran idénticos a los que crecían en la propiedad de

 

Simón “el leproso”. Aferrado a la cerca de hierro que los separa y protege del

 

público y absorto en la contemplación de aquellos posibles testigos mudos del

 

paso de Jesús de Nazaret durante sus caminatas por la falda del Olivete. no me

 

percaté de la intensa lluvia que me empapaba. Hasta que, providencialmente,

 

casi como una aparición. Vi surgir de debajo de uno de los frondosos olivos, a

 

un personaje menudo que, a buen paso, se situó frente a mi. Con una luminosa

 

sonrisa, el franciscano me devolvió a la realidad, recordándome que estaba

 

lloviendo. Y sin más protocolos me hizo cruzar la verja, conduciéndome al pie

 

del gigantesco árbol del que le había visto separarse segundos antes. Era el

 

padre José Montalverne. Casualmente, jardinero de excepción y una de las

 

autoridades mundiales en el asunto de los añosos olivos de Getsemaní. Bajo

 

las brillantes hojas verdiblancas del improvisado “paraguas” se estableció

 

entre ambos una viva corriente de simpatía. Cuando le interrogué acerca de la

 

antigüedad real de aquellos ocho ejemplares, el religioso sonrió

 

maliciosamente,, como si aquella pregunta fuera habitual entre los peregrinos

 

que les visitan a diario. El amable y paciente franciscano me explicó entonces

 

que habían sometido una porción de un tronco abatido en 1954 a las pruebas

 

del carbono 14. Pues bien, según las tablas de Nieh-Bohr, aquella madera se

 

remontaba a 200 años antes de Cristo. Al replicarle que los romanos habían

 

ordenado la tala de todos los árboles que rodeaban Jerusalén (1), Montalverne,

 

sin inmutarse, me aconsejó que si deseaba mayor información sobre los olivos

 

no dudase en consultar con el profesor Shimón Lavee, director del Volcani

 

Agriculture Centre, en Betá Dagan. Lavee es considerado como el más grande

 

especialista del mundo en olivos. Y según este científico, “cualquier olivo de

 

Israel que tenga una circunferencia en su base de seis metros, tiene, al menos,

 

dos mil años”. El franciscano señaló entonces el rugoso y atormentado tronco

 

del árbol que nos resguardaba de la lluvia, añadiendo:

 

—.(1) Para muchos historiadores, este punto no aparece del todo claro. Flavio

 

Josefo escribe que Tito mandó cortar todos los árboles existentes alrededor de

 

la Ciudad Santa. Esto ocurría en el año 70. Otros especialistas, en cambio,

 

opinan lo contrario: que el general romano Vespasiano y su hijo Tito tuvieron

 

sumo cuidado en respetar los lugares sagrados. Y éste, Getsemaní o el “jardín

 

de Zorobabel”, como lo denominan todavía los árabes, era considerado como

 

zona sagrada y monumental. Al parecer, dicho “jardín” fue plantado por orden

 

del rey Ciro de Babilonia, hacia los años 520-530 a.C. (N. del m.)

 

 

Y éste, querido amigo, tiene 11,80 metros.

 

La verdad es que no necesitaba de tantas explicaciones. Pero fueron bien

 

recibidas. Saltaba a la vista que algunos de los venerados olivos del huerto de

 

Getsemaní sumaban dos mil años o más.

 

Y movido por un íntimo deseo, tomé una de las ramas entre mis dedos,

 

aproximándola a los labios. El buen franciscano, conmovido quizá por aquel

 

espontáneo beso, se apresuró entonces a cortar un manojo de hojas,

 

entregándomelo. Yo sabía que aquello estaba prohibido. Una de las

 

justificaciones de la cerca metálica que rodea los ocho olivos es precisamente

 

ésta: evitar que el exceso de celo de los peregrinos asole los árboles (1). Y

 

agradecí doblemente su generosidad. Hoy, las espigadas, toda vía verdes y

 

queridas hojas son el único recuerdo físico de mi paso por Israel (2).

 

Entre las sombras del ocaso, con mi preciado “tesoro” entre las manos, regresé

 

finalmente a nuestro cuartel general: el Ramada Shalom. Eliseo me aguardaba

 

nervioso e impaciente.

 

“Algo” muy grave estaba sucediendo.

 

La preocupación de mis compañeros era más que justificada.

 

Durante su permanencia en la embajada USA en Jerusalén había circulado un

 

rumor -confirmado esa misma mañana- que podía precipitar la ya precaria

 

situación. Las autoridades jordanas habían detenido al jefe de los servicios

 

secretos de la organización guerrillera palestina Septiembre Negro, Abu

 

Daoud, cuando se disponía a pasar en automóvil a Jordania desde la vecina

 

Siria. Con él fueron capturados otros veinte terroristas.

 

La información, debidamente comprobada por el Mossad y el Agaf (3), era

 

correcta y no tardó en llegar a los servicios de Inteligencia

 

 

(1) En mi primera visita a Israel (1985), al recorrer el jardín de Getsemaní,

 

pude comprobar cómo algunos turistas llegaban a pagar hasta 50 dólares para

 

que sus respectivos guías les proporcionasen -siempre a escondidas- algunas

 

hojas o ramas de los mencionados olivos. (N. Del a.).(2) En esta parte del diario del mayor aparece un sobrecillo de plástico,

 

grapado al folio correspondiente, conteniendo tres hojas de olivo de 4,5

 

centímetros de longitud cada una. Para mí también constituyen un preciado

 

“tesoro”… (N. del a.)

 

(3) El Agafo Agaf Hamodiin: el Servicio de Inteligencia del Ejército de Israel.

 

Trabaja paralelamente al Mossad. Se trata de uno de los departamentos del

 

Estado Mayor. Entre sus múltiples funciones “especiales” figuran la

 

estructuración de las evaluaciones en la política de seguridad nacional,

 

siempre basadas en informaciones secretas; la obtención de información de

 

carácter militar en los países vecinos (muy especialmente en los árabes);

 

desarrollo de metodologías y tecnologías especiales para el trabajo de la

 

Inteligencia; cartografía militar; censura y seguridad militares, y la supervisión

 

de la misión de los agregados

 

 

norteamericanos destacados en Ammán y, casi simultáneamente, a los de

 

Israel. Al día siguiente, 20 de febrero, el diario Davar confirmaría los hechos,

 

pronosticando el recrudecimiento de la “guerra fría” entre Libia -defensora a

 

ultranza de los movimientos guerrilleros palestinos- y Jordania. Aquello,

 

insisto, podía perjudicarnos seriamente. De todos era conocido que cuando el

 

Mossad Lemodiin Vetafkidim Meiujadim (el célebre Instituto de

 

Informaciones y Operaciones Especiales o Mossad) o el Ejército judío

 

asestaban un golpe a la resistencia palestina, ésta respondía con tanta violencia

 

como rapidez, eligiendo-a veces de manera suicida- los objetivos más a mano.

 

Y “nosotros” -la estación receptora de fotografías, desmantelada y oculta en el

 

interior de la mezquita de la Ascensión- éramos un más que hipotético

 

objetivo “militar” de las facciones palestinas.

 

Aquella noche del 19 de febrero fue especialmente tensa. Temíamos por la

 

seguridad de la “cuna”, pero, salvo mordernos los puños e intentar la búsqueda

 

de Curtiss, no conseguimos gran cosa. El general, de acuerdo con las

 

informaciones que obraban en nuestro poder, debía hallarse -desde la mañana

 

del domingo, 18 de febrero- en plena “batalla” con el Estado Mayor del

 

general Eleazar, pujando y presionando, suponíamos, para averiguar el nuevo

 

asentamiento de la estación y el “operativo” que permitiera el transporte de los

 

equipos.

 

Hacia las once de esa noche, al fin, sonó el teléfono de la habitación de Eliseo,

 

donde nos hallábamos concentrados. Era el director del proyecto. Sus órdenes

 

fueron breves y rotundas: debíamos poner en marcha la fase “azul” del

 

programa. A pesar de nuestras insinuaciones, Curtiss se negó a hablar.

 

“Mañana en Lod -fue su respuesta-. Todo está dispuesto. El árabe estará ahí a

 

las 08 horas. Suerte.”.Eliseo comprendió que no había nada que hacer y colgó el auricular. La fase

 

“azul” -nombre en clave que solo conocían Curtiss, los directores y nosotros-era

 

en realidad la primera de las tres etapas en que había sido dividida la

 

segunda “aventura”. Pero no me referiré, de momento, a las siguientes fases: la

 

“ verde” y “roja”. La que debíamos ejecutar al día siguiente era vital, de cara a

 

la “exploración” que nos suponíamos. Como simple adelanto informativo (lite

 

que, según el programa previsto por Caballo de Troya, uno de mis “trabajos”

 

al “otro lado” -suponiendo que todo funcionase correctamente- debía consistir

 

en el análisis de la naturaleza y composición atómica y molecular del llamado

 

por los cristianos “el cuerpo glorioso” de

 

 

militares israelitas en el extranjero. Su eficacia era extraordinaria, habiéndose

 

ganado, al igual que el Mossad, un reconocido prestigio mundial. (N. del m.)

 

 

Cristo. Suponiendo, naturalmente, que tales “apariciones” evangélicas,

 

después de muerto y resucitado, fueran ciertas…

 

Para ello, mi querida y familiar “vara de Moisés” -tan útil en las

 

comprobaciones médicas durante la Pasión y Muerte de Jesús- debería sufrir

 

ciertas modificaciones, a las que haré alusión en su momento. Uno de los

 

dispositivos, en especial, era básico para el desempeño de la referida misión

 

de investigación del misterioso “cuerpo glorioso”. Y aunque el acoplamiento

 

en el interior de la “vara” no ofrecía demasiadas dificultades técnicas, la

 

escasez de tiempo disponible y el obligado traslado de la sofisticada

 

“herramienta” a los Estados Unidos, nos preocupaba. En esto, como digo,

 

estribaba la fase “azul”: en el envío a nuestro país de los equipos susceptibles

 

de modificación o de cambio. Dadas las agrias circunstancias por las que

 

atravesábamos -endurecidas aún más con la detención de Abu Daoud-, lo que

 

en condiciones normales hubiera sido un trámite sin complicaciones, se

 

presentaba como una operación comprometedora. Me explicaré. En vista de

 

los azarosos acontecimientos vividos en los últimos días, y por razones de

 

seguridad, Curtiss había preferido que la “vara de Moisés” permaneciera con

 

el resto de los equipos, en la mezquita. Ahora había que sacarla de allí y,

 

debidamente embalada y camuflada, transportarla lo más rápido y seguro

 

posible a USA. Con los israelitas, en principio, no parecía haber demasiados

 

problemas. El general, a lo largo de sus contactos con el Estado Mayor, se

 

había encargado de dejar en claro que, de cara a un segundo ensamblaje de la

 

estación receptora de fotos, “parte del instrumental” debía ser revisado y

 

renovado por los expertos de la USAF. Los judíos lo comprendieron y

 

aceptaron, ofreciendo toda clase de facilidades para el traslado. Pero la

 

amenaza palestina contra el octógono de la Ascensión obligaba a adoptar.medidas “suplementarias”. Ahí entrábamos nosotros, siempre “de la mano” y

 

convenientemente “cubiertos” por los astutos israelíes…

 

El sencillo plan para sacar la “vara” era perfecto y sin complicaciones

 

aparentes.

 

A la mañana siguiente, martes, 20 de febrero, a las 08 horas, un potente

 

automóvil -un Subaru, con placa amarilla (1), numeración 22-552-84- frenaba

 

frente a la puerta del hotel. Eliseo y yo, de acuerdo con lo establecido,

 

ocupamos la parte posterior y el automóvil arrancó sin perder un segundo. Al

 

volante y en el asiento contiguo -silenciosos como tumbas- viajaban dos

 

individuos absolutamente desconocidos para nosotros. Vestían a la usanza

 

árabe: sendos abbo o albornoces de lana de color marrón

 

 

(1) Los vehículos con este tipo de placa o matrícula están autorizados a

 

circular libremente por todo el Estado de Israel. En las llamadas “zonas

 

ocupadas” (fundamentalmente habitadas por árabes), los turismos particulares

 

llevan placas azules y los taxis, verdes. (N. del m.)

 

 

oscuro y, cubriéndoles las cabezas, otros tantos pañuelos a cuadros blancos y

 

rojos, sujetos al cráneo con dos vueltas de gruesa cuerda negra. Uno de ellos,

 

el que conducía, a juzgar por su mostacho, perilla y piel caoba, debía ser un

 

auténtico musulmán. Quizá un beduino. El otro, en cambio, más joven,

 

blanco, de nariz prominente y ojos claros, presentaba unas características muy

 

típicas de los sabras (1). Ambos, por descontado, debían ser miembros del

 

Ejército judío o, nunca lo supimos, quizá de alguno de los servicios de

 

Inteligencia de Israel. Pero lo importante es que estaban allí para ayudarnos.

 

Veinte minutos más tarde, el Subaru aparcaba frente al restaurante The Tent.

 

Los controles montados por los soldados israelíes alrededor de la mezquita de

 

la Ascensión -situada a veinte metros del referido restaurante- impedían el

 

paso a cualquier vehículo no autorizado. Y el nuestro, al parecer, no lo estaba.

 

Aquello me extrañó. Horas después, Curtiss nos explicaría el porqué de tan

 

anómala y, hasta cierto punto, absurda situación.

 

Nada más descender del coche, el “árabe” de piel blanca se dirigió al oficial

 

responsable, mostrándole un documento en el que sólo acerté a descifrar un

 

par de palabras en inglés. El resto se hallaba escrito en caracteres orientales. Y

 

de pronto empecé a intuir…

 

Aquel organismo oficial -Santa Custodia- me dio una idea de lo que habían

 

tramado las “altas esferas”. Desde que se iniciaran los trabajos de restauración

 

de los supuestamente dañados cimientos del octógono, los miembros de la

 

Santa Custodia de los Lugares Sagrados -responsables también de la

 

mezquita- venían controlando la labor de los arqueólogos y especialistas..Aquella visita, en consecuencia, podía ser tomada como una rutinaria gira de

 

inspección por cualquier hipotético “observador” del recinto.

 

Lo que no sabíamos entonces es que el teniente que se había hecho cargo del

 

documento estaba al corriente de la maniobra y, obviamente, de la verdadera

 

identidad de nuestros acompañantes. Esto explicaba por qué en tan delicados

 

momentos -con la amenaza de un atentado palestino-, el oficial judío apenas si

 

nos prestó atención. Tras simular un registro de nuestras ropas, dio orden de

 

que nos acompañaran hasta el muro que rodea la capilla. Los supuestos “

 

árabes” nos precedieron y una vez en el interior cerraron la pequeña puerta

 

metálica, haciéndonos una señal para que procediéramos.

 

 

(1) Así llaman a los nacidos en Israel. Sobra es el nombre del croto de la

 

chumbera, muy abundante en aquel país. Al igual que los elbras -repletos de

 

puyas en su exterior, pero dulces en su interior-, los israelíes, a primera vista,

 

son duros. Cuando se les conoce resultan amables y agradables como el fruto

 

de la chumbera. (N. del a.)

 

 

Durante el tiempo empleado en la localización y recogida de los dos estuches

 

blindados -de algo más de un metro de longitud cada uno y en los que fueron

 

rotuladas las frases “Frágil. Material de Laboratorio”-, que contenían las

 

diferentes piezas en que había sido desmontada la “vara de Moisés”, nuestros

 

protectores no se movieron del citado acceso.

 

A las 09 horas, una vez depositado el “cargamento” en el maletero del coche,

 

éste partía a toda velocidad en dirección norte. Veinte minutos después, en el

 

aeropuerto de Jerusalén, un helicóptero de la Fuerza Aérea judía nos

 

trasladaba a Tel Aviv. A las 10,05 horas, tras 16 minutos de vuelo, tomábamos

 

tierra en la zona militar del aeropuerto internacional de Lod. Allí, a pie de

 

pista, aguardaba sonriente el general Curtiss. El mismo se hizo cargo de las

 

urnas metálicas, confiando su custodia a los dos hombres de Caballo de Troya

 

que debían depositarlas en la base de Edwards, en Estados Unidos. A media

 

mañana, un vuelo regular de la TWA despegaba, vía Roma, con nuestro

 

preciado instrumental La fase “azul” estaba casi concluida.

 

Bastante más relajados, de regreso a Jerusalén, el viejo zorro se interesó por el

 

desenlace de nuestra visita a la mezquita de la Ascensión. Cuando le pregunté

 

por qué el Subaru no había sido provisto de la lógica autorización oficial para

 

aparcar al pie de la plazoleta, simplificando así las cosas, Curtiss nos hizo la

 

siguiente observación: la “comedia”, preparada, en efecto, por la Inteligencia

 

israelí, buscaba un fin primordial: despistar a los posibles informadores de la

 

guerrilla palestina, muy atenta, según el Mossad, a todos los movimientos,

 

dentro y fuera de la mezquita. En este sentido, la sutileza judía había llegado.al extremo de utilizar un automóvil similar al del árabe encargado de vender

 

los souvenirs en el oscuro interior del octógono. Con falsificación incluida de

 

placas… En definitiva, dada la estrecha vinculación de este musulmán -cuya

 

identidad silencio por razones obvias- con la Santa Custodia. lo aconsejado

 

por los servicios secretos para dicha misión fue suplantar al referido

 

encargado de la mezquita. con automóvil y todo. Si el “rescate” de la “vara” -concluyó

 

el general- hubiera sido efectuado “a cara descubierta” por el

 

Ejército judío o por personal norteamericano, su transporte se habría visto

 

permanentemente amenazado. El Mossad lo advirtió con toda claridad, no

 

haciéndose responsable de la seguridad del instrumental si no se aceptaban su

 

plan y sus métodos.

 

Aunque lo intentamos, una vez concluidas estas explicaciones, Curtiss no hizo

 

más comentarios. El resto del viaje, de los 62 kilómetros que separan Tel Aviv

 

de Jerusalén, transcurrió en un denso silencio. Sabíamos que el general

 

disponía de nuevas informaciones. Pero respetamos su mutismo, impacientes,

 

eso si, por conocer el desenlace de la misión.

 

Aquello era nuevo. Curtiss nos observó divertido, pero no dijo nada. Cuando

 

finalmente tomamos asiento en la habitación de Eliseo, el general, refiriéndose

 

a los tres hombres de paisano que habíamos saludado en el corredor, junto a

 

las puertas de nuestras respectivas estancias, aclaró:

 

-No os alarméis. Son cosas de la embajada… Abajo, en el hall, lo digo para

 

vuestro conocimiento, hay más.

 

Era la primera vez que se tomaban tan excepcionales medidas de seguridad y,

 

francamente, nos alarmamos. Evidentemente “algo” no marchaba bien. Pero el

 

sonido del teléfono nos obligaría a posponer algunas de las muchas preguntas

 

que, en mi opinión, teníamos derecho a plantear. El resto del equipo esperaba

 

en el comedor del hotel.

 

Al salir de la habitación, Curtiss cruzó unas breves palabras con uno de los

 

funcionarios, y al momento dos de ellos se unieron a nosotros. Apenas

 

iniciado el almuerzo -siempre bajo la discreta vigilancia de los

 

guardaespaldas, sentados en una mesa cercana-, el general se adelantó a mis

 

pensamientos e intenciones.

 

-Os supongo enterados de la detención de ese guerrillero… ¿Cómo se llama?

 

-Abu Daoud -intervino uno de los directores del proyecto.

 

-Eso es -asintió Curtiss con un gesto de preocupación-. El Gobierno de Golda

 

teme una represalia palestina. No os extrañe por tanto -comentó bajando el

 

tono de la voz y señalando disimuladamente a los funcionarios- que se hayan

 

adoptado medidas especiales. Personalmente creo que este incidente puede

 

beneficiarnos…

 

Ante la lógica consternación de los presentes, redondeó así su exposición:.-Ese peligro latente ha obligado a los israelitas a acelerar el trasvase de los

 

equipos al nuevo asentamiento.

 

-Entonces -le interrumpió Eliseo-, ya se sabe el lugar…

 

Curtiss esbozó una maliciosa sonrisa. Todos esperábamos la ansiada

 

respuesta. Pero no fue así.

 

-Desde hace 48 horas. Justo desde la mañana del domingo, poco después que

 

la red del Mossad fuera informada de la presencia de Daoud en Jordania.

 

-¿Y bien? -le presionamos.

 

-Lo siento. Os pido un poco de paciencia. A las 07 horas del próximo jueves,

 

día 22, quizá esté autorizado a revelaros el lugar…

 

Curtiss percibió el desagrado y la desilusión en nuestros rostros. Éramos sus

 

hombres de confianza… ¿Por qué entonces aquella absurda postura?

 

Comprendedlo -insistió, tratando de salir al paso de la indudable decepción

 

colectiva-. Son órdenes del Estado Mayor israelí… Lo que sí puedo

 

adelantaros es que la Operación Eleazar dará comienzo al anochecer de

 

mañana…

 

“¿Eleazar? ¿Mañana? ¿Qué demonios había querido decir?”

 

Curtiss, siguiendo su costumbre, nos dejó hablar. Cuando los ánimos parecían

 

calmados tomó de nuevo la palabra, haciendo dos únicas advertencias.

 

Primera: “El Ejército judío llevaría a cabo esa noche del día 21 un ataque

 

preventivo, que marcaría el comienzo de la Operación Eleazar.”

 

Segunda: “A las 06.45 horas del jueves, todos nosotros -con equipajes

 

incluidos- deberíamos encontrarnos en el vestíbulo del hotel.”

 

-Ah!, se me olvidaba -concluyó Curtiss, recobrando su tranquilizadora

 

sonrisa-, y con aspecto de esforzados arqueólogos…

 

Ninguno de los presentes insistió. Conocíamos al veterano militar y no valía la

 

pena. “Algo” decisivo -eso estaba claro se había maquinado en los despachos

 

del Estado Mayor judío. Pero ¿qué? ¿Hasta qué extremo peligraba la

 

seguridad de la estación receptora de fotografías como para que el Ejército

 

hubiese planeado un ataque preventivo? Dios mío!, todos conocíamos la

 

dureza de esos “golpes de mano” israelíes y empezamos a sospechar que no

 

tardaría en correr la sangre. Aquella funesta idea -tan alejada de lo que yo

 

había aprendido junto al Maestro- no me abandonaría en las siguientes y

 

tensas horas.

 

Curtiss cambió de tema, interesándose por los detalles del aparentemente

 

próximo “salto”. Examinó muy por encima el informe redactado por el equipo

 

y, después de guardarlo en su maletín, prometió estudiarlo esa misma noche.

 

Varios de los directores del programa, lógicamente preocupados por un sinfín

 

de problemas técnicos, le acosaron a preguntas. Pero el general sólo respondió

 

con cierta concreción a una de ellas: la referente al necesario stock de.combustible. Sin esa reserva de peróxido de hidrógeno -que debería llegar

 

desde los Estados Unidos-la nueva y fascinante “aventura en el tiempo” era

 

inviable.

 

-Está en marcha -anunció, al tiempo que se levantaba, dando así por finalizada

 

la comida y la reunión-. Mañana, a las ocho, volveremos a vernos. Para

 

entonces quizá pueda despejar algunas de las incógnitas que me habéis

 

planteado. Entre tanto, por favor, seguid trabajando en el plan… Me preocupa,

 

sobre todo, el nuevo equipo de Jasón y el tiempo real de permanencia en el

 

“otro lado”. Por cierto -añadió, haciéndome un gesto para que le acompañase-,

 

tengo un “trabajo” extra para ti…

 

Mientras nos acercábamos a la puerta del hotel, Curtiss abrió de nuevo su

 

maletín y sacó un pequeño paquete. Y antes de abordar el vehículo oficial que

 

le esperaba, me susurró casi al oído:

 

-Confío en tu total discreción… Quiero que estudies esto. Os será de gran

 

utilidad. Pero, por favor, ni una palabra a nadie. Al menos hasta que yo te lo

 

autorice personalmente…

 

Asentí con la cabeza. Segundos después me perdía en la soledad de mi

 

habitación… Aquel misterioso encargo del general había excitado nuevamente

 

mi curiosidad.

 

El paquete contenía cuatro libros no muy voluminosos. Todos en torno a un

 

mismo tema. Curtiss, al seleccionar a los autores -Flavio Josefo, Adolfo

 

Schulten, Yadin y el colectivo formado por Avi-Yonah, N. Avigad, Y.

 

Aharoni, L. Dunayevsky y S. Guttman- había perseguido, como siempre, la

 

máxima eficacia.

 

Al informarme, a través de aquellas páginas, de las sucesivas expediciones

 

arqueológicas protagonizadas y dirigidas por los referidos autores (con

 

excepción, naturalmente, del judío-romanizado Flavio Josefo), empecé a

 

comprender. “Aquel” lugar, descrito con todo lujo de detalles en las obras que

 

me había entregado el general, tenía que ser el misterioso asentamiento de la

 

estación receptora de imágenes…, y de la “cuna”. Si esto era así, la no menos

 

intrigante Operación Eleazar del Ejército judío también comenzaba a tener un

 

indudable e inteligente sentido…

 

Permanecí embebido en el estudio y lectura de aquellos textos, mapas y

 

fotografías hasta bien entrada la noche. Mi máxima preocupación entonces fue

 

la estimable distancia existente entre dicho “monumento” de la historia de

 

Israel y el “punto de contacto” que habíamos elegido, en principio, para el

 

descenso del módulo. Esta circunstancia, como dije, podía multiplicar los

 

riesgos de la misión. Pero, justo es decirlo, también la supuesta futura “base”

 

de operaciones reunía considerables ventajas (1)..Cuando Eliseo me reclamó a través del hilo telefónico caí en la cuenta que

 

había olvidado a mis compañeros. El equipo se hallaba concentrado, desde

 

hacia horas, en la habitación contigua: la de mi hermano. No tardé en

 

sumarme a ellos para reanudar las exhaustivas revisiones del plan. Nadie me

 

preguntó nada. Sin embargo, al observar mi rostro grave y preocupado, Eliseo

 

me traspasó con la mirada. Dos días después -en pleno desarrollo de la

 

Operación Eleazar- me recordaría aquel momento y cómo presintió que yo

 

estaba al corriente de “algo” importante. Poco faltó para que, al retirarnos a

 

descansar-bien entrada ya la madrugada-, hiciera participe a mi entrañable

 

 

(1) La persona que llegue a leer este diario deberá perdonar que, por el

 

momento, no cite el nombre del lugar, motivo de las referidas expediciones

 

arqueológicas. Es mí propósito intentar respetar al máximo el orden

 

cronológico de aquellos vitales acontecimientos que precedieron a nuestra

 

“partida”. (N. del m.)

 

 

compañero de lo que Curtiss había puesto en mis manos. Pero el sentido de la

 

disciplina se impuso y dejé que los acontecimientos siguieran su curso natural.

 

Al contrario de lo que debió suceder con los directores del programa y con

 

Eliseo, la tensión nerviosa me traicionó. Fue una noche difícil. Cargada de

 

presagios. Angustiosa. Después de revolverme una y otra vez en el lecho, opté

 

por levantarme, enfrascándome nuevamente en los libros del general. Aquella

 

información me obsesionó. Pero las largas horas de vigilia no resultaron del

 

todo infructuosas. Había llegado, al menos, a una conclusión que sería de

 

indudable utilidad en el desenlace de la futura exploración: una vez

 

consumada la inversión axial de las partículas subatómicas del módulo, éste

 

debería efectuar un vuelo horizontal y manual, hasta el “punto de contacto” en

 

la cima del monte de los Olivos. Esa sería mí definitiva propuesta…

 

A las ocho de la mañana del miércoles, 21 de febrero, tras una prolongada y

 

relajante ducha, me reuní en el hall con los directores y con el puntual Curtiss.

 

Y quiero anotar un hecho que descubrí aquella misma mañana, justamente

 

cuando me disponía a asearme y que entonces no valoré en su justa medida.

 

Se trataba de una serie de pecas en las que no había reparado anteriormente y

 

que salpicaban amplias áreas de mis hombros, tórax, brazos, antebrazos y

 

dorso de las manos. Pero lo que más me sorprendió fue la presencia de

 

escamas, no muchas, en las piernas (caras anteriores) y en las tonas dorsales

 

de los antebrazos. Jamás me había ocurrido nada semejante y, la verdad, en

 

esos momentos tampoco le concedí demasiada importancia.

 

“Quizá el prolongado uso de la “piel de serpiente” -pensé- ha provocado estas

 

alteraciones en la epidermis…” Por fortuna fui olvidando el incidente, sin.llegar a comentarlo siquiera con mi hermano ni con el resto de los hombres de

 

Caballo de Troya. De haberlo hecho, y teniendo en cuenta el fatal

 

“descubrimiento” de Curtiss poco antes del lanzamiento, la misión quizá

 

hubiese naufragado allí mismo… Una vez más, la suerte estuvo de nuestro

 

lado.

 

El general, tal y como prometió, había revisado a fondo el proyecto elaborado

 

y redactado por los directores de la operación y por nosotros mismos. Pero,

 

lejos de aclarar dudas, fue él quien dedicó buena parte de la mañana a

 

interrogarnos. La discusión se centró, como era previsible, en el tiempo de

 

permanencia del módulo y de sus tripulantes en el “otro lado”. Para algunos

 

jefes de proyecto, lo ideal era una exploración que no sobrepasase los tres

 

días. Es decir, lo necesario para recuperar el micrófono. Los demás,

 

prácticamente la mayoría, estimamos que se trataba de una ocasión única para

 

intentar desvelar lo sucedido en los cuarenta días que, según los escritos

 

evangélicos, transcurrieron entre la muerte y la supuesta ascensión a los cielos

 

de Jesús de Nazaret. La nueva misión había sido concebida de forma que,

 

además de hacerse con la pieza perdida, los “exploradores” tuvieran ocasión

 

de verificar algunas de las misteriosas “apariciones” del Maestro de Galilea y,

 

sobre todo, como ya mencioné, analizar la naturaleza del discutible y discutido

 

“cuerpo glorioso”. De hecho, la “vara de Moisés” iba a ser acondicionada para

 

ello…

 

Este último criterio-el de los cuarenta días- encerraba, no obstante, un serio

 

inconveniente que todos reconocimos. Con suerte, alargando al máximo el

 

periodo de montaje del instrumental secreto de la estación receptora de

 

imágenes, Caballo de Troya podía disponer de un margen de quince a veinte

 

días para el lanzamiento de la “cuna”, desarrollo de la misión y vuelta a la

 

base. Un tiempo insuficiente a todas luces…

 

La posible solución -que sorprendió a todos- llegó esta vez de la mano de

 

Eliseo. Después de escucharnos pacientemente planteó lo que él llamó una

 

“vía intermedia”. Consistía básicamente en lo siguiente: la “ausencia” física

 

del módulo, desde el instante de la inversión de masa hasta el “regreso”, podía

 

establecerse en los quince o veinte días mencionados. Pero, una vez “situados”

 

en el domingo, 9 de abril del año 30, los expedicionarios ejecutarían su trabajo

 

por un periodo de tiempo indefinido. Una vez concluida la exploración, sólo

 

sería cuestión de manipular los swivels, forzando sus ejes al instante elegido

 

para dicho retorno y descenso… en el siglo XX. Aunque los “astronautas”

 

vivieran física y realmente esos cuarenta días, o más, en el pasado, la referida

 

manipulación de los swivels hacia viable el “salto” hacia el futuro, justo al

 

momento “cronológico” fijado para el final de la operación (1). Se “jugaba”,

 

en consecuencia,.—

 

(1) Nota del autor: Aunque en mi anterior libro, Caballo de Troya, se incluyen

 

diversas notas aclaratorias sobre esta intrincada materia (páginas 56 y

 

siguientes), entiendo que. en estos momentos, quizá sea bueno refrescar la

 

memoria del lector con algunas de aquellas sorprendentes revelaciones. “En

 

esencia [escribía el mayor]. ese ’sistema básico’ que había impulsado la

 

operación consistía en el descubrimiento de una entidad elemental -generalizada

 

en el cosmos- en la que la ciencia no había reparado hasta ese

 

momento y que ha resultado, y resultará en el futuro, la “piedra angular” para

 

una mejor comprensión de la formación de la materia y del propio universo.

 

Esta entidad elemental -que fue bautizada con el nombre de swivel- puso de

 

manifiesto que todos los esfuerzos de la ciencia por detectar y clasificar

 

nuevas partículas subatómicas no eran otra cosa que un estéril espejismo.

 

La razón -minuciosamente comprobada por los hombres de la operación en la

 

que trabajé- era tan sencilla como espectacular: un swivel tiene la propiedad

 

de cambiar la posición u orientación de sus hipotéticos “ejes’, transformándose

 

así en un swivel diferente. Aún hoy, y puesto que este sensacional hallazgo no

 

ha sido dado a conocer a la comunidad científica del mundo, numerosos

 

investigadores y expertos en física cuántica siguen descubriendo y detectando

 

infinidad de subpartículas (neutrinos, mesones, antiprotones, etc.) que sólo

 

contribuyen

 

 

con dos términos y realidades aparentemente “superpuestos” -el tiempo

 

“cronológico” que “fluía” en 1973 y el de idéntica naturaleza que había

 

“fluido” en “otro ahora”: el del año 30 de nuestra Era-, pero que, merced -a

 

nuestra tecnología, resultaban independientes entre si.

 

 

a oscurecer el intrincado campo de la física. El día que los científicos tengan

 

acceso a esta información comprenderán que todas esas partículas elementales

 

que conforman la materia no son otra cosa que diferentes cadenas de swivels,

 

cada uno de ellos orientado de una forma peculiar respecto a los demás. Tanto

 

los especialistas que trabajaron en esta operación, como yo mismo, tuvimos

 

que doblegar nuestras viejas concepciones del espacio euclideo, con su trama

 

de puntos y rectas, para asimilar que un swivel está formado por un haz de

 

ejes ortogonales que “no pueden cortarse entre sí”. Esta aparente contradicción

 

quedó explicada cuando nuestros científicos comprobaron que no se trataba de

 

“ejes” propiamente dichos, sino de ángulos. (De ahí que haya entrecomillado

 

la palabra “eje” y me haya referido a hipotéticos ejes.) La clave estaba, por

 

tanto, en atribuir a los ángulos una nueva propiedad o carácter: el dimensional.

 

El descubrimiento dejó perplejos a los escasos iniciados, arrastrándolos.irremediablemente a una visión muy diferente del espacio, de la configuración

 

íntima de la materia y del tradicional concepto del tiempo. El espacio, por

 

ejemplo, no podía ser considerado ya como un continuo escalar” en todas

 

direcciones. El descubrimiento del swivel echaba por tierra las tradicionales

 

abstracciones del “punto”, “plano” y “recta”. Éstos no son los verdaderos

 

componentes del universo. Científicos como Gauss, Riemann, Bolyai y

 

Lobats chewsky habían intuido genialmente la posibilidad de ampliar los

 

restringidos criterios de Euclides. elaborando una nueva geometría para un

 

“espacio”. En este caso, el auxilio de las matemáticas salvaba el grave escollo

 

de la percepción mental de un cuerpo de más de tres dimensiones. Nosotros

 

habíamos supuesto un universo en el que átomos, partículas, etc., forman las

 

galaxias, sistemas solares, planetas, campos gravitatorios, magnéticos, etc.

 

Pero el hallazgo y posterior comprobación del swivel nos dio una visión muy

 

distinta del cosmos: el espacio no es otra cosa que un conjunto asociado de

 

factores angulares. integrado por cadenas y cadenas de swivels. Según este

 

criterio, el cosmos podríamos representarlo no como una recta, sino como un

 

enjambre de estas entidades elementales. Gracias a estos cimientos, los

 

astrofísicos y matemáticos que habían sido reclutados por el general Curtiss

 

para el proyecto Swivel fueron verificando con asombro cómo en nuestro

 

universo conocido se registran periódicamente una serie de curvaturas u

 

ondulaciones, que ofrecen una imagen general muy distinta de la que siempre

 

habíamos tenido. A principios de 1960, y como consecuencia de una más

 

intensa profundización en los swivels. uno de los equipos del proyecto

 

materializó otro descubrimiento que, en mi opinión, marcará un hito histórico

 

en la humanidad: mediante una tecnología que no puedo siquiera insinuar,

 

esos hipotéticos ejes de las entidades elementales fueron invertidos en su

 

posición. El resultado llenó de espanto y alegría a un mismo tiempo a todos

 

los científicos: el minúsculo prototipo sobre el que se había experimentado

 

desapareció de la vista de los investigadores. Sin embargo, el instrumental

 

seguía detectando su

 

 

Otra cuestión era el tiempo “biológico”. Los científicos saben y han

 

demostrado que éste obedece a unos parámetros que en multitud de ocasiones

 

nada tiene que ver con los del citado tiempo “cronológico”. Un ser humano

 

“ve” o “siente” pasar “su” tiempo “cronológico” y, a la vez, sus órganos

 

pueden experimentar

 

 

presencia. Al multiplicar nuestros conocimientos sobre los swivels y dominar

 

la técnica de inversión de la materia, apareció ante el equipo una fascinante

 

realidad: “más allá” o al “otro lado” de nuestras limitadas percepciones físicas.hay’ otros universos tan físicos y tangibles como el que conocemos (?). En

 

sucesivas experiencias, los hombres del general Curtiss llegaron a la

 

conclusión de que nuestro cosmos goza de un sinfín de dimensiones

 

desconocidas. (Matemáticamente fue posible la comprobación de diez.) De

 

estas diez dimensiones, tres son perceptibles por nuestros sentidos y una

 

cuarta -el tiempo- llega hasta nuestros órganos sensoriales como una especie

 

de “fluir”, en un sentido único, y al que podríamos definir groseramente como

 

“flecha o sentido orientado del tiempo”. A mí, personalmente, lo que terminó

 

por cautivarme fue el nuevo concepto del “tiempo”. Al manipular los ejes de

 

los swivels se comprobó que estas entidades elementales no “sufrían” el paso

 

del tiempo. Ellas eran el tiempo! Largas y laboriosas investigaciones pusieron

 

de relieve, por ejemplo, que lo que llamamos “intervalo infinitesimal de

 

tiempo no era otra cosa que una diferencia de orientación angular entre dos

 

swivels íntimamente ligados. Aquello constituyó un auténtico cataclismo en

 

nuestros conceptos del tiempo. Las sucesivas verificaciones demostraron, por

 

ejemplo, que el tiempo puede asimilarse a una serie de swivels cuyos ejes

 

están orientados ortogonalmente con respecto a los radios vectores que

 

implican distancias. Según esto, descubrimos que puede darse el caso-si la

 

inversión de ejes es la adecuada- que un observador, en su nuevo marco de

 

referencia, aprecie como distancia lo que en el antiguo sistema referencial era

 

valorado como “intervalo de tiempo”. Es fácil comprender entonces por qué

 

un suceso ocurrido lejos de la Tierra (por ejemplo, en un planeta del cúmulo

 

globular M-13, situado a 22 500 años-luz) no puede ser jamás simultáneo a

 

otro que se registre en nuestro mundo. Esto nos dio la explicación de por qué

 

un objeto que pudiera viajar a la velocidad de la luz acortaría su distancia

 

sobre el eje de traslación, hasta reducirse a una pareja de swivels. Distancia

 

que, aunque tiende a cero, no es nula como apunta erróneamente una de las

 

transformaciones del matemático Lorentz. Y ya que he mencionado el proceso

 

de inversión de ejes de los swivels, debo señalar que, al principio, muchos de

 

los intentos de inversión de la materia resultaron fallidos, precisamente por

 

una falta de precisión en dicha operación. Al no lograr una inversión absoluta,

 

el cuerpo en cuestión -por ejemplo, un átomo de molibdeno- sufría el

 

conocido fenómeno de la conversión de la masa en energía. (Al desorientar en

 

el seno del átomo de Mol un solo nucleón -un protón, por ejemplo-,

 

obteníamos un isótopo del Niobio-10.) Cuando esa inversión fue absoluta, el

 

protón parecía aniquilado, pero sin quebrar el principio universal de la

 

conservación de la masa y de la energía. No fue muy difícil detectar que, por

 

uno de esos milagros de la naturaleza, los ejes del tiempo de cada swivel

 

apuntaban en una dirección común… para cada uno de los instantes que

 

podríamos.—

 

otra clase de envejecimiento -el “biológico”-, que no tiene por qué guardar

 

relación alguna con aquél. Esta fue nuestra gran incógnita. La sugerencia de

 

Eliseo era técnicamente viable. Sin embargo, en las experiencias efectuadas en

 

el desierto de Mojave jamás se había manipulado el tiempo hasta esos

 

extremos. Ignorábamos, por tanto, qué consecuencias podía provocar en el

 

organismo humano. Y ello, evidentemente,

 

 

definir puerilmente como “mi ahora”. Al instante siguiente, y al siguiente y al

 

siguiente -y así sucesivamente- esos ejes imaginarios variaban su posición,

 

dando paso a distintos “ahora”. Y lo mismo ocurría, obviamente, con los

 

“ahora” que nosotros llamamos pasado. Aquel potencial -sencillamente al

 

alcance de nuestra tecnología- nos hizo vibrar de emoción, imaginando las

 

más espléndidas posibilidades de “viajes” al futuro y al pasado. Trataré de

 

señalar, aunque sólo sea someramente, algunas de las líneas básicas de esta

 

nueva definición de “intervalo de tiempo”. Como dije, nuestros científicos

 

entienden un intervalo de tiempo “1″ como una sucesión de swivels cuyos

 

ángulos difieren entre si cantidades constantes. Es decir, consideremos en un

 

swivel los cuatro ejes (que no son otra cosa que una representación del marco

 

tridimensional de referencia), y que no existen en realidad: en otras palabras,

 

que son tan convencionales como un símbolo aunque sirven al matemático

 

para fijar la posición del ángulo real. Si dentro de ese marco ideal oscila el

 

ángulo real, imaginemos ahora un nuevo sistema referencial de los ángulos,

 

cada uno de los cuales forma 90 grados con los cuatro anteriores. Este nuevo

 

marco de acción de un ángulo real y el anteriormente definido, definen

 

respectivamente espacio y tiempo.

 

Observemos que los “ejes rectores” que definen espacio y tiempo poseen

 

grados de libertad distintos. El primero puede recorrer ángulos-espacio en tres

 

orientaciones distintas, que corresponden a las tres dimensiones típicas del

 

espacio; el segundo está “condenado” a desplazarse en un solo plano. Esto nos

 

lleva a creer que dos swivels cuyos ejes difieran en un ángulo tal que no exista

 

en el universo otro swivel cuyo ángulo esté situado entre ambos, definirán el

 

mínimo intervalo de tiempo. A este intervalo, repito, lo llamamos “instante”.

 

Como he expresado, no puedo sugerir siquiera la base técnica que conduce a

 

la mencionada inversión de todos y cada uno de los ejes de los swivels, pero

 

puedo adelantar que el proceso es instantáneo y que la aportación de energía

 

necesaria para esta transformación física es muy considerable. Esa energía

 

necesaria, puesta en juego hasta el instante en que todas las subpartículas

 

sufren su inversión, es restituida “íntegramente” (sin pérdidas),

 

retransformándose en el nuevo marco tridimensional en forma de masa. Los.experimentos previos demostraron que, inmediatamente después de ese salto

 

de marco tridimensional, el módulo se desplazaba a una velocidad superior,

 

sin que el cambio brusco de la velocidad (aceleración infinita) en el instante

 

de la inversión fuera acusado por el vehículo. Este procedimiento de viaje,

 

como es fácil adivinar, hace inútiles los restantes esfuerzos de los ingenieros y

 

especialistas en cohetería espacial, empeñados aún en lograr aparatos cada vez

 

más sofisticados y poderosos… pero siempre impulsados por la fuerza bruta de

 

la combustión o de la fisión nuclear… “

 

 

nos preocupaba a todos. Este hecho acarrearía a quien escribe y a mi hermano

 

gravísimos e irreversibles daños…

 

El polémico asunto quedó finalmente aparcado, en espera de un estudio más

 

detallado. Curtiss, nervioso ante los acontecimientos que se avecinaban y que,

 

lamentablemente, eran de una naturaleza más prosaica, tenía prisa por

 

terminar la reunión.

 

Antes de desaparecer del Ramada Shalom nos dio las últimas instrucciones:

 

Al día siguiente, a las 07 horas, un vehículo especial, al mando de un oficial

 

judío, pasaría a recogernos. Hasta ese momento “era aconsejable” que no nos

 

moviéramos del hotel.

 

-Sobre todo, eviten la mezquita de la Ascensión…

 

(Al parecer, la Operación Eleazar daría comienzo esa misma noche, con el

 

transporte de los containers allí depositados.)

 

-La hora H -añadió- coincidirá con un ataque preventivo israelí. Este “golpe

 

de fuerza” busca una doble finalidad: desviar la atención de los palestinos y

 

del pueblo en general en una dirección opuesta a la que seguirían los convoyes

 

de la citada Operación Eleazar.

 

El general hizo una pausa.

 

En cuanto al segundo objetivo, mañana os enterareis por la prensa. Yo no

 

estaré en vuestro transporte especial. Mi misión ahora es velar por la

 

integridad de los equipos. Marcharé al frente de uno de los dos convoyes. Nos

 

veremos en la nueva “base”. Suerte.

 

Una vez más nos dejó sumidos en la incertidumbre. ¿Qué había querido decir

 

con lo de la prensa?

 

Aquél fue uno de los escasos momentos divertidos de la aventura en la que

 

estábamos inmersos. Cuando, poco antes de las siete de la mañana del jueves,

 

22 de febrero, los directores del proyecto, Eliseo y yo coincidimos en el hall

 

del hotel, no pudimos por menos que estallar en una solemne y colectiva

 

carcajada. Nuestros respectivos atuendos podían corresponder a cualquier

 

profesión menos a la sugerida por Curtiss: la de arqueólogo..Aunque, dicho sea en nuestro descargo, ¿quién demonios podía saber cuál es

 

la vestimenta más usual entre estos esforzados profesionales? El caso es que

 

dejándonos llevar por el puro instinto o por lo que cada uno recordaba de las

 

novelas y películas relacionadas con estos menesteres, varios de mis colegas

 

se tocaron con rudimentarios sombreros de paja (nunca supe dónde los habían

 

conseguido), gruesas cazadoras de paño -en los más estrambóticos y chillones

 

colores que pueda imaginarse-, altas y pesadas botas militares y, cómo no!,

 

cámaras fotográficas y pipas de dudosa utilidad. (Ahorraré una descripción de

 

mi ropaje, que no se distanciaba gran cosa del de mis compañeros.)

 

Nuestro regocijo terminaría pronto. A las 07 horas, de acuerdo con lo previsto,

 

un microbús blanco, con placa amarilla (60-609-72) y unos ventanales negros,

 

situados a considerable altura del suelo-unos dos metros-, frenaba suavemente

 

frente al Ramada Shalom. Al punto, un teniente con las insignias de la

 

División de Zapadores del Ejército de Israel saltaba a tierra, saludándonos. El

 

conductor, otro oficial de Ingenieros, se hizo cargo de los equipajes y, sin más

 

demoras, a las siete y quince minutos partíamos con rumbo desconocido.

 

Como si todo hubiera sido meticulosamente planeado, sobre cada uno de los

 

asientos que debíamos ocupar se hallaba un ejemplar del diario matutino

 

Jerusalem Post. Y, recordando las palabras del general, nos lanzamos con

 

avidez sobre sus páginas. El teniente, sentado al lado del conductor, parecía

 

esperar esta reacción colectiva. Pero no hizo comentario alguno y se limitó a

 

espiar nuestros rostros.

 

Dios mío! En primera página y con grandes caracteres pudimos leer dos

 

noticias que nos estremecieron. La primera, tal y como había pronosticado

 

Curtiss, correspondía al ataque preventivo judío…

 

“Fuerzas de tierra, mar y aire-rezaba la información- atacaron la noche pasada

 

varios campamentos palestinos en el Líbano. Ha sido una de las incursiones

 

más profundas en territorio libanés. Al parecer, hay numerosas víctimas. Los

 

objetivos militares fueron los campos de guerrilleros y bases terroristas contra

 

Israel en las proximidades de Trípoli, al norte del Líbano, a unos 190

 

kilómetros del punto fronterizo israelí más cercano. Dos unidades de la

 

Marina lanzaron un intenso bombardeo contra el campamento de Nahar el

 

Bard, al norte de la citada ciudad de Trípoli. Simultáneamente, helicópteros

 

judíos tomaron tierra en un paraje próximo al campamento Badawi.”

 

No pude remediarlo. Al leer la escueta y trágica información me sentí

 

cómplice de aquella masacre. Días después, al repasar los periódicos

 

norteamericanos atrasados que llegaron a la “base”, pudimos confirmar

 

nuestras sospechas iniciales. Según un télex de la agencia palestina Prensa

 

Wafa, “gran número de mujeres y niños habían sido muertos o heridos en

 

aquel “golpe” del Ejército judío en territorio libanés”. Según los palestinos, el.número de muertos era superior a veintiuno. La organización guerrillera Al

 

Fatah, por su parte, sostenía que los servicios jordanos e israelíes de espionaje

 

estaban de acuerdo en la lucha contra la causa palestina.

 

Naturalmente, la prensa de Jerusalén “justificaba” dicho “ataque preventivo”

 

como “una medida necesaria ante los planes terroristas de los palestinos,

 

descubiertos a raíz de las detenciones en Jordania de Abu Daoud y de sus

 

seguidores”. Éste era el segundo objetivo al que había hecho mención el

 

general Curtiss. Del primero, en cambio -la maniobra de distracción para sacar

 

los equipos de la mezquita-, no se decía una sola palabra.

 

Como digo, me sentí deprimido. Eliseo y los demás experimentaron idéntica

 

sensación . No eran aquellos nuestros propósitos. Todos éramos científicos y

 

hombres de paz… Estábamos seguros de que tenía que haber otros “métodos”

 

menos violentos para procurar un seguro y eficaz transporte del material.

 

La segunda noticia, tan desoladora como la que acababa de leer, decía así:

 

“Aviones israelíes derribaron ayer un avión comercial libio Boeing 727, con

 

83 pasajeros, al ser localizado sobre la península del Sinaí y negarse a admitir

 

las órdenes de que aterrizara.”

 

Las primeras y confusas informaciones hablaban de setenta pasajeros muertos

 

y trece sobrevivientes.

 

“El avión -seguía el periódico- había caído a unos veinte kilómetros al este del

 

canal de Suez, en la zona del Sinaí. Helicópteros judíos han trasladado a los

 

heridos al hospital de Tel Hashomer, en Tel Aviv. El Boeing 727 realizaba un

 

vuelo regular de Bahrein -en los emiratos árabes- a Alejandría, en Egipto.”

 

La única “explicación”, en aquellos momentos, a tan lamentable suceso fue la

 

siguiente:

 

“El avión, al parecer, perdió la ruta debido a las malas condiciones

 

meteorológicas, entrando en el espacio aéreo de Israel.”

 

Tanto a mis compañeros como a mí, este “razonamiento”, de la prensa judía se

 

nos antojó extraño. Habría que esperar nuevas informaciones -en especial de

 

los periódicos árabes- para saber qué había ocurrido realmente sobre la

 

península del Sinaí. Nadie en el equipo podía suponer entonces las gravísimas

 

repercusiones que iba a entrañar el triste y casual (?) incidente libio-israelí.

 

Tanto para las ya tensas relaciones de Israel con sus vecinos como para

 

nuestra propia misión. Curtiss había hecho veladas insinuaciones sobre el

 

agravamiento de la situación de “no guerra, no paz” existente entre Egipto,

 

Siria e Israel. Sin embargo, a decir verdad, el plan de paz -en tres fases-,

 

presentado el lunes, 19 de ese mismo mes de febrero, por Hafiz Ismaíl,

 

entonces consejero de seguridad nacional egipcio (1), nos

 

—.(1) En la citada fecha, Hafiz Ismail voló a Londres con el fin de entrevistarse

 

con sir Alee Douglas Home, a la sazón ministro de Asuntos Exteriores inglés.

 

¿Objetivos? En primer lugar, negociar una posible apertura del canal de Suez,

 

así como un nuevo plan de paz para Oriente Medio. Dicha propuesta abarcaba

 

tres fases.

 

Primera: retirada parcial de las tropas judías de la zona del Sinaí, con el fin de

 

permitir la mencionada reapertura de Suez. Esta etapa sólo sería aceptada por

 

los árabes en el caso de que Israel se comprometiera a pasar a una segunda

 

fase, en la que la retirada fuese completa en la zona del canal, golfo de Akaba,

 

Jordania y Siria.

 

Segunda: el problema palestino entraría entonces en discusión, aunque se

 

ignoraba entonces la fórmula que podía proponer Egipto. Se especuló en

 

aquellas fechas que quizá se trataba de dar a los palestinos una voz en las

 

negociaciones.

 

Tercera: se negociaría un acuerdo que diera por cerrada la guerra

 

 

había hecho concebir esperanzas sobre una probable y paulatina mejora de las

 

cosas. Pero, de pronto, con el derribo del Boeing 727 de Libia, todo se

 

oscurecía.

 

El microbús enfiló la carretera de Jericó. Ninguno de los componentes de la

 

expedición parecía dispuesto a hablar. En parte, debido a la atenta vigilancia

 

del oficial judío y, supongo, abrumados también por los trágicos

 

acontecimientos que acabábamos de conocer.

 

Durante largo rato permanecí con la mirada extraviada en un cielo tormentoso,

 

que azotaba el asfalto y los ventanales ahumados del vehículo con furiosas

 

ráfagas de lluvia. (Era admirable. La minuciosidad de los israelíes llegaba a

 

extremos insospechados. En aquel microbús, por ejemplo, los cristales

 

ahumados -en realidad se trataba de vidrios semirreflectantes- permitían la

 

visión de dentro afuera, pero no al contrario. Esto, unido a la considerable y

 

calculada altura de tales ventanas, hacia poco menos que imposible que un

 

hipotético observador distinguiera quien o qué viajaba en dicho vehículo.) Por

 

espacio de algunos minutos luché por apartar de mi mente los negros

 

presagios que planeaban sobre la futura misión, fijando la atención en detalles

 

como los del microbús, el creciente temporal o el paisaje. Pero fue inútil. A

 

cada instante, como fogonazos. Se presentaban en mi cerebro las sangrientas

 

escenas de los bombardeos o del derribo del avión de pasajeros. La vieja

 

angustia afloró entonces y formó un nudo en mi garganta. En esos momentos

 

la mano de Eliseo -sentado a mi izquierda- presionó mi antebrazo. No hicimos

 

comentario alguno. Mi rostro debía ser un libro abierto….Hacia las 07.45 horas, el microbús dejó atrás el pedregoso desierto de Judá. Y

 

los amarillos carteles indicadores, en hebreo e inglés, empezaron a confirmar

 

lo que ya sabía. En las proximidades de Almog giramos a la derecha, dejando

 

la estrecha carretera que conduce a la frontera con Jordania. Al avistar la

 

plácida y verdosa superficie del mar Muerto. Mí compañero me hizo una señal

 

indicándome en un mapa de carreteras que aquella ruta conducía al Sinaí. A

 

punto estuve de sacarle de sus dudas, dibujando el lugar -justo frente al

 

famoso mar que ahora costeábamos- donde, si no me equivocaba, debería

 

concluir el viaje. Pero me arrepentí y, con una sonrisa de circunstancias,

 

 

de 1967 y en el que los árabes se comprometerían a respetar las fronteras de

 

Israel.

 

Ismail, el Kissinger del presidente egipcio Anuar el Sadat, celebraría en

 

Londres la primera de una serie de reuniones con potencias mundiales en tomo

 

al referido plan de paz elaborado en El Cairo. En círculos pro judíos de

 

Londres se especuló entonces que dicho plan no era de paz, sino de “no

 

guerra”. (N. del m.)

 

 

devolví el lápiz al bolsillo de mi pesado chaquetón. Aquella calzada, en

 

efecto, llevaba hasta la ciudad más meridional de Israel: Eliat, a orillas del

 

golfo del mismo nombre y en las puertas del desierto del Sinaí.

 

El conductor redujo la velocidad. A intervalos, desde la escarpada pared rojiza

 

que se levantaba a nuestra derecha, se precipitaban pequeñas y blancas

 

cascadas de agua que invadían el asfalto, dificultando la circulación. Las

 

torrenteras, que irían aumentando en número y caudal conforme fuimos

 

aproximándonos a nuestro objetivo, terminaban indefectiblemente en las

 

saladas aguas del mar Muerto (situado a cuatrocientos metros por debajo del

 

nivel del Mediterráneo).

 

A las 08 horas, cuando la contemplación de las famosas cuevas de Qumran -donde

 

los beduinos descubrieron los célebres Rollos del mar Muerto- había

 

logrado distraer en parte nuestra tristeza, el rotor de un helicóptero del Ejército

 

nos devolvió a la realidad. Procedía del norte y venía costeando, a baja altura,

 

sobre los escasos trescientos metros de dunas que nos separaban de la orilla

 

del gran lago. Todos, instintivamente, clavamos las miradas en el teniente.

 

Pero el oficial, impasible, se limitó a echar una ojeada al aparato. Este, tras

 

inmovilizarse unos segundos frente al microbús, levantando oleadas de arena

 

y agitando sin piedad las masas de juncos y retamas, reemprendió el vuelo en

 

dirección sur. Aunque aquella zona, desde el extremo noroccidental del mar

 

Muerto, se encontraba alambrada y sembrada de carteles en los que se

 

recordaba la prohibición de bañarse y el carácter militar de dicha franja. todos.tuvimos el mismo sentimiento: aquel helicóptero no se hallaba precisamente

 

en un vuelo rutinario. Y el hecho de haber efectuado un estacionario frente al

 

vehículo aumentó nuestras sospechas. No había duda. La marcha del microbús

 

estaba siendo vigilada.

 

El conductor aceleró, dejando atrás el oasis de Em Gedí. Y a las 08 horas y 20

 

minutos, ante la curiosidad general, abandonaba la ruta general, tomando un

 

desvío situado a la derecha. En mitad del inesperado cruce, un enorme cartel

 

nos “gritó” el nombre de nuestro inminente destino. Un destino que,

 

efectivamente, me había sido adelantado por el general Curtiss…

 

“Masada”!

 

Un murmullo rompió el silencio del grupo, fascinado ante la repentina

 

aparición por el oeste de la histórica y altiva roca. En poco más de ocho

 

minutos, el microbús salvó los escasos tres kilómetros de curvas que unen la

 

base de la gran montaña truncada con la orilla del mar Muerto. Con el paso de

 

los siglos, las torrenteras como en aquellos tormentosos momentos- habían ido

 

esculpiendo extrañas y casi mágicas formas entre las dunas y montículos ocres

 

y amarillentos que acorralan casi en su totalidad la formidable “meseta” de

 

Masada.

 

El lugar no podía ser mejor ni más acertado. Tanto para el montaje de la

 

estación receptora de fotos como para nuestros verdaderos objetivos. Y ello

 

por dos motivos. El primero, por las características físicas de la aislada

 

montaña, que, en su cara este, descolla 1 300 pies sobre la superficie del mar

 

Muerto, y por su privilegiada ubicación: a unos cien kilómetros al sur de

 

Jerusalén y a cientos de millas de los dos focos de fricción (los altos del

 

Golán, en la frontera con Siria, y el Sinaí). Aquel “coloso” de roca dorada por

 

el ardiente sol del vecino desierto de Judá, con su “cima” plana y en forma de

 

“cubierta de barco”, de 1 900 pies de longitud (de norte a sur) y otros 650 (de

 

este a oeste), prácticamente cortada a pico a todo su alrededor, era una “base”

 

segura. Casi inaccesible e ideal para una operación como la que nos

 

proponíamos.

 

El segundo motivo resultaba más íntimo e importante para los judíos que para

 

nosotros, los hombres de Caballo de Troya. En la extensa documentación que

 

me había facilitado el general se detallaba la insólita y emocionante historia de

 

aquel gigantesco promontorio. Masada había sido el escenario de uno de los

 

más dramáticos y simbólicos sucesos de la siempre agitada vida de Israel. En

 

el año 66 de nuestra Era, el pueblo judío volvió a levantarse en armas contra el

 

Imperio romano, Aquella guerra duraría cuatro años. Al fin, en el 70, el

 

general romano Tito conseguiría vencer la resistencia de los defensores de

 

Jerusalén, destruyendo la Ciudad Santa. Pero un último foco de valerosos

 

israelitas se refugiaría en lo alto de Masada, resistiendo el cerco romano hasta.la primavera del 73 (1). En el año 72, el gobernador romano Flavio Silva tomó

 

la decisión de aplastar este último y molesto reducto de los levantiscos judíos.

 

Y se dirigió a Masada con la Décima Legión, tropas auxiliares y miles de

 

prisioneros israelitas. En total, alrededor de 15000 hombres. Tanto los sitiados

 

como los sitiadores se prepararon para un largo asedio.

 

 

(1) A principios de la rebelión judía del año 66 d.C. un grupo de fanáticos

 

tomó al asalto la escasa guarnición romana destacada en Masada. Y allí se

 

mantuvieron durante toda la guerra. Cuando Tito tomó Jerusalén, un grupo de

 

zelotes, con sus familias, y también algunos miembros de la secta de los

 

Esenios, huyeron hacia el sur, refugiándose en Masada y uniéndose a los

 

patriotas que habían conquistado la fortaleza. Durante dos años lucharon por

 

su libertad, hostigando a los romanos desde el estratégico enclave. Según F.

 

Josefo, el primero en fortificar esta defensa natural fue “Jonathan, el Gran

 

Sacerdote”. Pero quien verdaderamente convirtió Masada en un reducto casi

 

inexpugnable fue el rey Herodes el Grande. Entre los años 36 al 30 a.C. -seguramente

 

por miedo a una posible invasión de los ejércitos de Cleopatra-,

 

edificó una muralla almenada que rodeaba toda la cima, una torre de defensa,

 

 

 



[1] En aquellas fechas, las ondas utilizadas habitualmente por los radares militares de Israel oscilaban entre los 1 347 y los 2 402 mega ciclos.

 

(Nota del mayor.)

[2] Las comunicaciones entre el módulo y los equipos situados en tierra habían sido establecidas en la llamada “banda integradas”, que se halla en el sector de las ondas de radio ultracortas, abarcando frecuencias desde 1 550 hasta 5 200 megaciclos, correspondientes a longitudes de onda de 19 a 5,8 centímetros. Por razones de seguridad no estoy autorizado a revelar la frecuencia específica utilizada en este caso. (N. Del m.)

[3] Este revolucionario sistema de navegación “a ciegas”, que algún día será utilizado masivamente en la aviación comercial, consiste, en síntesis, en un parabrisas monitor en el que se proyectan todos los datos necesarios para el aterrizaje, bien superpuestos al paisaje o a un diseño informático que reproduce fielmente el punto de aterrizaje. En nuestro caso, Caballo de Troya diseñó un sistema modificado MLS (Mi crowave Landing System) que, ubicado en tierra, simplificaba la operación de descenso, “proyectando” hacia el módulo una señal que el ordenador central decodificaba en forma de túnel sintético, con efecto de “perspectiva”, permitiendo así una cómoda y automática aproximación. Estructuralmente, un sistema de este tipo está integrado por cuatro elementos básicos: un generador de símbolos (un tubo de rayos catódicos que visualiza las informaciones de pilotaje recibidas desde el MLS); un sistema de focalización; un espejo plano que recibe las informaciones proyectadas por el sistema de focalización y las dirige hacia la óptica de colimación, y la propia óptica de colimación. (N. del m.)

[4] Dirección del viento: 045 grados (noreste) y con una velocidad de 15 nudos (unos 30 kilómetros por hora (N. del m.)

[5] Como ya describí en su momento, la “cuna” disponía de ocho pequeños motores cohete. Cada uno era accionado por una válvula selenoidal individual del tipo de intervalos. Como en un avión pequeño, el piloto controlaba el cabeceo por medio del movimiento proa-popa y el bamboleo por el movimiento derechaizquierda de una palanca. El control de guiada y los citados movimientos estaban conectados eléctricamente a las válvulas. (N. del m.)

[6] “Tanques on”: el módulo tenía prácticamente agotadas las reservas exteriores de combustible y procedió a encender los tanques interiores. El volumen total de peróxido de hidrógeno ascendía entonces a un escaso siete por ciento. (N. del m.)

[7] El enfriamiento de la “membrana” que cubría el blindaje exterior de la “cuna” -cuyo espesor era de 0,0329 metros- necesitaba de tres minutos, como mínimo. Este recubrimiento poroso de la nave, de composición cerámica, gozaba de un elevado punto de fusión: 7 260,64 grados centígrados, siendo su poder de emisión externa igualmente muy alto. Su conductividad térmica, en cambio,- era muy bajo: 2,07113 y 10,6 Col/emls/oC/. (N. del m.)

[8] La energía liberada en un terremoto se desplaza por la roca en forma de ondas. Aunque sus patrones resultan muy complejos, constantemente modificados por las propiedades de reflexión, difracción, refracción y dispersión de las ondas, internacionalmente han sido divididas en tres grupos: ”P”, “S” y “L”. Las” P” o primarias, de empuje, compresional o longitudinal, viajan por el interior de la Tierra a velocidades muy considerables: entre 6 y 11,3 kilómetros por segundo, siendo la primera en llegar a la estación registradora. En las explosiones nucleares subterráneas, este tipo de ondas “P” son características y muy fuertes, comparativamente con las “L” o superficiales. (N. del m.)

[9] DIA: Agencia de Inteligencia de la Defensa. (Nota del traductor.)

[10] Durante la guerra de Vietnam, en el transcurso de los años 1967 al 1969, el Gobierno USA dedicó 6000 millones de dólares anuales a actividades de espionaje, con 150 000 personas empleadas en tales menesteres. La CIA, en este caso, se llevó la parte del león. A partir de la toma de posesión de Schlesinger, en efecto, la CIA desvió su atención del Sudeste asiático, considerando el Oriente Medio como “el campo geográfico del próximo estado de fricción de los Estados Unidos”. (N. Del m.)

[11] ) OLP: Organización para la Liberación de Palestina, dirigida entonces por Yasser Arafat. (N. del m.)

[12] Así llamaba el pueblo de Israel al equipo de “confianza” de Golda. La señora Meir, con su fuerte personalidad, había desarrollado un estilo propio y muy peculiar de Gobierno, pasando por alto en infinidad de ocasiones la mecánica burocrática e institucional. Ella prefería trabajar en estrecha colaboración con sus allegados, formando un sistema ad-hoc que se hizo célebre y que denominaban “la cocina de Golda”. (N. del m.)

 

 

 

[13] CIRVIS: Organismo dedicado a Instrucciones de Comunicación para Informar Avistamientos Vitales de Inteligencia. (N. del m.)

[14] El rey Hussein había llegado a Washington el 6 de febrero, celebrando al día siguiente una entrevista con el presidente Nixon. En aquellas fechas se esperaba una ofensiva diplomática de mi país en Oriente Medio. Antes de partir de Ammán, Hussein había declarado que el conflicto que enfrentaba a los países árabes con Israel había que resolverlo en su totalidad y no en tratados separados. De esta forma salía al paso de los rumores existentes sobre un acuerdo secreto de paz entre su país e Israel en relación al futuro status de Jerusalén y de los refugiados palestinos. (N. del m.)

[15] A raíz de la liberación de estos guerrilleros, Israel pidió explicaciones al Ministerio de Asuntos Exteriores de Italia. Según los servicios de Inteligencia judíos, Zaid y Hasem, encarcelados en Roma desde agosto de 1972, eran dos destacados y peligrosos terroristas. (N. del m.)

[16] Las informaciones de la Inteligencia jordana e israelí eran correctas. Semanas más tarde -el 1 marzo-, guerrilleros de Septiembre Negro tomaban rehenes en la embajada de Arabia Saudita en Jartum (Sudán). Entre las peticiones de los asaltantes figuraban la liberación de 40 guerrilleras palestinas encarceladas en Israel y de otro medio centenar de guerrilleros, prisioneros en Alemania Occidental, Jordania e Israel, así como del asesino del presidente Robert Kennedy, Sirhan Bishara Sirham. Con gran desconcierto por nuestra parte -y suponemos que de los servicios de espionaje judíos y jordanos, que en aquellas fechas no consiguieron una información más detallada-, los ocho guerrilleros de Septiembre Negro darían muerte a tres de los diplomáticos

 

retenidos en la embajada: Aleo A. Nock, nuestro embajador en Sudán; Guy Eid, funcionario belga, y Curtiss Moore, también diplomático norteamericano. (N. del m.)

[17] Este arsenal sería descubierto por la Policía italiana el 5 de septiembre de ese mismo año de 1973, en Ostia, cerca de Roma. En la casa se alojaban nueve palestinos, miembros de un grupo terrorista.

 

Entre las numerosas armas fueron encontrados dos lanza-cohetes Strela, de fabricación rusa, que podían haber sido utilizados para el derribo de aviones comerciales en vuelo. Los temibles Strela constan de un tubo de 1,35 metros, con un peso de 13 kilos, pudiendo ser disparados como un fusil; es decir, apoyándolos en un hombro y apuntando con un teleobjetivo de reducidas dimensiones. Alcanza fácilmente el motor de un avión, gracias al sistema de guía por rayos infrarrojos. (N. Del m.)

[18] Aunque fue detallado en mi anterior libro -Caballo de Troya-, quizá sea conveniente recordar la naturaleza de este tipo de satélites artificiales, que jugaron un papel decisivo en las dramáticas fechas previas a la guerra del Yom Kippur, en octubre de 1973. “La serie de satélites Big Bird o Gran Pájaro -reza una de las notas del mayor-, y en especial el prototipo KI-l II, puede volar a una velocidad de 25 000 kilómetros por hora, necesitando un total de 90 minutos para dar una vuelta completa al planeta. Como ésta oscila ligeramente durante ese lapso de tiempo (22 grados, 30 minutos), el Big Bird sobrevuela durante la vuelta siguiente una banda diferente de la Tierra y vuelve a su trayectoria original al cabo de 24 horas. Si el Pentágono descubre algo de interés, el satélite puede modificar su órbita, alargando el tiempo de revolución durante algunos minutos y haciéndolo descender a órbitas hasta 120 kilómetros de altitud. Una diferencia de un grado y treinta minutos, por ejemplo, cada día, permite cubrir cada diez días una zona conflictiva, sobrevolar todas sus ciudades y zonas de ‘interés militar . Posteriormente, el Big Bird es impulsado hasta una órbita superior.” Con la instalación en Israel de una de estas sofisticadas estaciones receptoras de imágenes -amén de materializar los propósitos de la operación Caballo de Troya-, los judíos disponían de un rápido y fiel sistema de control de sus enemigos y USA de una estratégica estación, que ahorraba tiempo y buena parte de la siempre engorrosa maniobra de recuperación de las ocho cápsulas desechables que portaba cada satélite y que eran rescatadas cada 15 días en las cercanías de Hawai.

 

Al menos, la operación resultaba de gran interés para USA, que podía así fotografiar a placer franjas tan “inestables” como las fronteras de la URSS con Irán y Afganistán, Pakistán y golfo Pérsico, recibiendo resultados de negativos a los tres minutos de haber sobrevolado dichas áreas. (Nota de J. J. Benítez.)

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grandes cisternas en la roca, almacenes, cuarteles, palacios y arsenales. Estas

 

construcciones fueron aprovechadas por los 960 zelotes. (N. del m.)

 

 

Silva mandó construir ocho campamentos alrededor de la montaña, así como

 

una muralla que circunvalase Masada, cortando cualquier intento de fuga. En

 

vista de los escarpados acantilados que forman las paredes de la roca, los

 

romanos llevaron a cabo una faraónica obra en la cara occidental de la gran

 

meseta: una rampa, a base de piedras y tierra blanca prensada. Cuando dicha

 

rampa -que todavía se conserva- estuvo terminada, Silva levantó en el extremo

 

de la misma una torre de ataque, provista de un formidable ariete, logrando

 

abrir una brecha en la muralla. Aquella noche -previa a la definitiva conquista

 

de Masada por la legión romana-, los 960 zelotes que integraban el núcleo de

 

resistencia judía tomaron una heroica decisión. En un discurso memorable -relatado

 

por el historiador Flavio Josefo (1)-, el jefe de los “revolucionarios”,

 

Eleazar Ben Yair, ante lo apurado de la situación, resolvió “que una muerte

 

con gloria era preferible a una vida con infamia, y que la resolución más

 

generosa era rechazar la idea de sobrevivir a la pérdida de su libertad”. Josefo

 

escribe:

 

“Antes de ser esclavos del vencedor, los defensores -960 hombres, mujeres,

 

ancianos y niños- se quitaron la vida allí mismo con sus propias manos.

 

Cuando los romanos llegaron a la cima, a la mañana siguiente, no encontraron

 

más que silencio…”.“Y así encontraron “los romanos” -concluye Josefo su dramático relato- a la

 

multitud de los muertos, pero no pudieron alegrarse de ello, aunque se tratara

 

de sus enemigos. Ni tampoco pudieron hacer otra cosa que admirarse de su

 

valor y resolución, y del inconmovible desprecio a la muerte que tan gran

 

número de ellos había demostrado, llevando a cabo una acción como aquélla.”

 

Sólo dos mujeres y cinco niños se salvaron del suicidio colectivo,

 

escondiéndose en una cueva. Fueron ellos quienes, según el historiador judío

 

romanizado, relataron los hechos a los romanos.

 

Masada, desde entonces, ha sido y sigue siendo todo un símbolo para el

 

pueblo de Israel. Un monumento al heroísmo y a los hombres que prefieren la

 

muerte a la falta de honor y libertad. Esa heroica resistencia de Eleazar Ben

 

Yair y de sus zelotes hizo exclamar a un poeta judío: “Masada no volverá a ser

 

con quistada!”

 

Era fácil entender por qué el Gobierno de Golda Meir -permanentemente

 

amenazado por sus vecinos, los árabes- había elegido la cumbre de Masada

 

como el asentamiento ideal para un equipo de técnicos y un instrumental que

 

debían velar por la seguridad y, en definitiva, por la libertad de todo un

 

pueblo. Allí,

 

 

(1) Flavio Josefo: en sus libros Antigüedades judías (XIV y XV) y La guerra

 

de los judíos (1, II, IV y VII). (N. del m.)

 

 

la Operación Eleazar adquiría un profundo y simbólico significado, que

 

nosotros supimos respetar. Por otros motivos, aquel baluarte también iba a

 

representar para Caballo de Troya un histórico e inolvidable “símbolo”…

 

Al pie de Masada, en su cara oriental, los israelitas habían acondicionado las

 

pésimas tierras formadas por depósitos de greda sedimentada, construyendo

 

un incipiente pero prometedor complejo turístico orientado a explotar las

 

“antigüedades” de la cumbre de la gran meseta- Desde que el eminente

 

arqueólogo judío Yigael Yadin, catedrático de Arqueología de la Universidad

 

Hebrea, concluyera sus excavaciones y trabajos de restauración (entre los años

 

1963 y 1965) en la fortaleza rocosa, los curiosos y visitantes habían ido en

 

aumento. Pero sólo a partir de 1970, cuando la compañía suiza Willy Graf, de

 

Mellen, instaló un sistema de funiculares cerca de la base de la roca, el flujo

 

de turistas empezó a ser considerable. El aerocarril resultaría de vital

 

importancia para nuestros trabajos en la cima.

 

Hacia las 08.30 horas de aquel jueves, 22 de febrero, el microbús se detenía

 

definitivamente en una amplia explanada, muy cerca de la base del

 

mencionado funicular y de unas todavía modestas instalaciones turísticas. Un

 

fuerte y racheado viento del sureste nos empapó de lluvia y de un penetrante.perfume salitroso, procedente del cercano mar Muerto. Curtiss, de paisano y

 

protegido por un grueso capote de agua, nos dio la bienvenida, invitándonos a

 

seguirle hasta un albergue juvenil situado a poco más de cien pasos. El general

 

parecía satisfecho. Y aquello infundió en el equipo notables esperanzas.

 

Desde el momento en que descendimos del microbús nos llamó la atención la

 

presencia en el lugar de cuatro vetustos y casi destartalados camiones,

 

cargados con enormes bloques de piedra de una bellísima tonalidad naranja.

 

Alrededor, formando un cerrado cerco, observamos también varios vehículos

 

militares y un nutrido grupo de soldados armados. Sinceramente, en un primer

 

momento, no asociamos aquellos camiones de cajas verdes y sin toldo con la

 

Operación Eleazar. Pero los judíos iban a sorprendernos nuevamente…

 

Al entrar en el frío albergue juvenil, dos oficiales del cuerpo de Ingenieros del

 

Ejército judío, que esperaban sin duda nuestra llegada, se pusieron en pie

 

saludándonos militarmente. A sus espaldas habían sido dispuestos varios

 

mapas y grandes fotografías aéreas; todos ellos de la cumbre de Masada.

 

Fue Curtiss quien, tras desembarazarse del chorreante capote verde oliva, fue

 

sirviéndonos unas reconfortantes tazas de café, invitándonos a que tomáramos

 

asiento frente a los referidos planos.

 

-Bien, señores -manifestó el general con una frialdad a la que nunca llegué a

 

acostumbrarme del todo-, como saben, la Operación Eleazar está en marcha.

 

Parte de los equipos (el primer convoy, para ser exactos) se encuentra desde

 

hace horas en este mismo lugar…

 

Curtiss hizo una fugaz alusión con su dedo índice derecho a “algo” que debía

 

hallarse en el exterior, en la explanada. Pero ni mis compañeros ni yo

 

acertamos a identificar el citado convoy. Ante las incrédulas miradas de

 

algunos de los directores del programa, el general sonrió y, señalando a los

 

silenciosos oficiales israelíes, aclaró:

 

-Comprendo vuestra extrañeza. Nuestros amigos y aliados, con su habitual

 

eficacia, se las han ingeniado para transportar ese instrumental en los

 

camiones que quizá han visto al bajar del autobús. -Curtiss, siguiendo una

 

vieja costumbre, nos trataba de tú o de usted, según su estado de ánimo o la

 

gravedad del momento-. Pues bien, ahora no tiene sentido seguir ocultándolo.

 

Ese tipo de transporte civil, el único autorizado a cruzar la frontera jordana y

 

llegar a Ammán, ha sido el camuflaje perfecto para sacar los equipos de la

 

mezquita de la Ascensión y trasladarlos a Masada…

 

-Pero -intervino Eliseo- esos camiones sólo están cargados de grandes bloques

 

de piedra naranja…

 

El general no respondió. Se limitó a intercambiar un guiño de complicidad con

 

los judíos, prosiguiendo su exposición en los siguientes términos:.-Como les iba diciendo, la Operación Eleazar, en memoria de aquel Eleazar

 

Ben Yair, se encuentra en marcha. Hoy mismo se incorporará el resto de los

 

hombres y el sábado, Dios mediante, llegará el segundo convoy. El transporte

 

del instrumental a la cima de la montaña dará comienzo a las diez horas. Es

 

decir… -Curtiss consultó su reloj-, en poco más de cincuenta y cinco minutos.

 

Las órdenes son claras y precisas. Una vez concluido el trasvase de material

 

desde la base a la cumbre nos instalaremos en lo alto de la roca. Repito: todos,

 

sin excepción, acamparemos en Masada…

 

El énfasis puesto en aquellas últimas palabras nos alarmó. ¿Qué quería decir?

 

¿Qué era lo que nos aguardaba en la brumosa y desafiante meseta?

 

-Y ahora, por favor, presten atención.

 

Curtiss cedió la palabra a uno de los oficiales.

 

-Mi nombre es Bahat. Estoy encantado de estar a su servicio como supervisor

 

de la Operación Eleazar. “Oficialmente” somos una nueva expedición

 

arqueológica, patrocinada y dirigida por la Universidad Hebrea de Jerusalén,

 

la Sociedad de Exploración de Tierra Santa y el Departamento de

 

Antigüedades del Gobierno de Israel.

 

“Mi compañero, el capitán Yefet, es el jefe del campamento. Al concluir esta

 

breve reunión informativa se les facilitarán los documentos que les acreditan

 

como miembros de dicha operación… Mientras permanezcamos en Masada,

 

sus nombres y profesiones serán los que figuran en esos documentos.”

 

Minutos después, cuando el capitán Yefet repartió las falsas tarjetas de

 

identidad, mis compañeros no cayeron en la cuenta de un detalle que reflejaba

 

la sutileza de los servicios secretos israelitas. Al ignorar los pormenores de las

 

anteriores expediciones arqueológicas a Masada -dirigidas por el general y

 

arqueólogo Yadin entre 1963 y 1965-, los hombres de Caballo de Troya no

 

descubrieron que, al menos 34 de aquellas filiaciones y profesiones,

 

correspondían a arquitectos, arqueólogos, restauradores, supervisores y

 

personal administrativo que, efectivamente, habían sido miembros de las

 

expediciones dirigidas por Yadin.

 

Los nombres de Bahat y Yefet, por ejemplo, aparecen en los relatos de

 

aquellas históricas expediciones como “supervisor” y “jefe del campamento”,

 

respectivamente. Imagino que los judíos no sabían que yo lo sabía. Aunque

 

dudo también que eso les preocupase…

 

Les mostraré ahora el nuevo asentamiento.

 

El supuesto Bahat -nunca supimos si aquél era su verdadero apellido- señaló

 

una de las enormes fotografías aéreas de la cumbre de Masada.

 

-Observen que se trata de una considerable meseta, en forma de romboideo de

 

“cubierta de barco”. Mide alrededor de 633 metros, de norte a sur, y 216, de

 

este a oeste. Algo más de la mitad norte de esta plataforma natural se.encuentra “ocupada” por las ruinas de los palacios, almacenes, sinagoga, etc,

 

edificados por Herodes el Grande, los zelotes y los monjes bizantinos que

 

tomaron posesión de Masada con posterioridad. El resto, algo menos de la

 

mitad sur, carece prácticamente de edificaciones, a excepción del “baño

 

ritual”, el acceso a una cisterna subterránea, la llamada “laguna grande” y, por

 

supuesto, los restos de la muralla que rodeaba la totalidad de la cumbre… (1).

 

El oficial iba indicando en la fotografía cada una de estas reliquias

 

arqueológicas.

 

-Pues bien, después de estudiar el terreno y nuestras “necesidades”, la zona

 

elegida para el asentamiento de la estación receptora de imágenes del satélite

 

Big Bird ha sido ésta: el sur de la meseta.

 

Bahat se dirigió entonces a uno de los mapas topográficos que reproducía a

 

escala la mencionada cumbre, completando su exposición:

 

-Notarán que el asentamiento guarda semejanza con un triángulo isósceles casi

 

perfecto Ahí nos moveremos. Las dimensiones

 

 

(1) Con el fin de simplificar las descripciones del diario del mayor, incluyo en

 

estas páginas una fotografía aérea de la mencionada cumbre de Masada. (N.

 

De J. J. Benítez)

 

 

— Descripción de la fotografía—

 

Vista aérea de Masada, desde el noroeste. Abajo, a la derecha, dos de los ocho

 

campamentos romanos del general Silva. En el centro de la cara occidental de

 

la meseta puede apreciarse la rampa de tierra blanca construida hace 1900

 

años por la legión romana (Cortesía de La Fuerza Aérea de Israel.)

 

— Fin de la descripción y de la nota al pie de página—

 

son más que suficientes para nuestros propósitos: noventa metros en la base y

 

cien de altura. En total, algo menos de 4 500 metros cuadrados, si

 

descontamos la superficie de las ruinas que les he mencionado anteriormente.

 

El oficial dedicó algunos minutos más a diversos aspectos relacionados con la

 

seguridad del campamento Eleazar-y a los que me referiré en breve-pasando

 

de inmediato al capítulo de preguntas En realidad, las dudas de los allí

 

presentes se hallaban centradas, sobre todo, en asuntos que nada tenían que

 

ver con aquel montaje judío. De forma que las preguntas fueron tan escasas

 

como simples. Sin embargo, uno de los interrogantes, formulado por uno de

 

los directores del proyecto, sí entrañaba una cierta importancia para nuestros

 

secretos objetivos:

 

-Si la cima de Masada continúa abierta al turismo, ¿con qué grado de

 

seguridad se llevará a cabo la Operación Eleazar?

 

El oficial israelí parecía esperar la pregunta..-Se ha meditado mucho esta cuestión -explicó-. En un primer momento, los

 

responsables de nuestro Gobierno contemplaron la posibilidad de cerrar

 

Masada al turismo y a los visitantes en general. Pero las evaluaciones de la

 

Inteligencia variaron esta alternativa. Es mas “seguro” e “inteligente” que todo

 

siga su curso normal. En estas fechas, la afluencia de curiosos no es muy alta.

 

Por otra parte, como comprenderán en cuanto se trasladen a la cima, se han

 

adoptado todas las medidas posibles de seguridad. Aunque sólo formamos un

 

“esforzado grupo de arqueólogos”, entre el personal del campamento Eleazar

 

habrá una dotación permanente y secreta, encargada de la vigilancia interior y

 

exterior.

 

Adoptando un tono tranquilizador, Bahat añadió:

 

-No deben alarmarse. Tal y como sucedió en el primer emplazamiento, en la

 

mezquita de la Ascensión, nuestro Gobierno no regateará medios para que su

 

trabajo se desarrolle con un mínimo de comodidades y tranquilidad.

 

Aquella seguridad del oficial judío me hizo temblar. ¿Qué habían preparado

 

en lo alto de la montaña?

 

-Por supuesto -concluyó, al tiempo que Yefet se hacía con los documentos de

 

identidad, dispuesto a entregárnoslos en cuanto su compañero diera por

 

finalizada la conferencia-, en estos días, hasta que el último container no sea

 

depositado en el campamento, Masada permanecerá cerrada. Estimamos que

 

para el próximo domingo la situación se habrá normalizado. De acuerdo con

 

nuestras previsiones, el mal tiempo reinante nos ha favorecido. Es mas que

 

probable que, entre hoy y mañana, las violentas torrenteras que ustedes han

 

tenido ocasión de contemplar en su viaje desde Jerusalén, “obliguen” a

 

sucesivos y “lamentables” cortes de la carretera… Ello hará más sencillo el

 

obligado cierre temporal de las ruinas arqueológicas. Creo que me explico con

 

claridad…

 

La intencionalidad de algunas de las palabras pronunciadas por Bahat, y que

 

he entrecomillado, no dejaban lugar a dudas. Las intensas lluvias de febrero

 

provocaban en aquella zona frecuentes y habituales desprendimientos o

 

inundaciones. No era extraño por tanto que la ruta hacia el sur del mar Muerto,

 

Em Hatzeva, Em Yahav y Elat se viera afectada por las avenidas de agua

 

procedentes del escarpado desierto de Judá.

 

Finalizada la reunión, el jefe de campamento repartió los falsos documentos

 

de identidad, así como gruesos capotes de agua. requisando la totalidad de

 

nuestras cámaras fotográficas. Y siguiendo las instrucciones de Curtiss, le

 

acompañamos hasta la plataforma-base del funicular. La lluvia había cesado

 

momentáneamente, pero no así el viento. Eran casi las diez de la mañana..Al cruzar la explanada advertimos que los camiones no se hallaban en el lugar.

 

Tampoco observamos movimiento alguno de turistas o visitantes. La

 

explicación a la misteriosa desaparición de los camiones no tardaría en llegar.

 

Los responsables de la Operación Eleazar los habían alineado a los pies de la

 

casamata que servía de refugio a la pareja de cabinas del aerocarril. Mediante

 

una poderosa grúa instalada en un transporte militar, los bloques de piedra

 

naranja habían empezado a ser trasladados y depositados sobre unas reducidas

 

bases cuadradas o rectangulares provistas de ruedas, que eran rápidamente

 

introducidas en el interior de cada una de las cabinas del funicular.

 

Previamente, la puerta corrediza de cada módulo había sido desmontada,

 

facilitando así el acceso de los aparentemente pesados sillares. El lugar se

 

hallaba rodeado por el pelotón de soldados que habíamos visto poco antes

 

junto a los camiones. Mis compañeros y yo empezamos a comprender…

 

Uno tras otro, una vez cargados con los bloques, cada funicular abandonaba la

 

base, ascendiendo en dirección a la cumbre de Masada. La laboriosa operación

 

-como pudimos experimentar personalmente en el transporte del último

 

cargamento- encerraba un indudable riesgo. Muy especialmente si el viento

 

alcanzaba los 60 kilómetros/hora. En ese caso, la cabina podía sufrir un

 

peligroso balanceo. Y una caída desde 262 metros hubiera sido fatal…

 

Esta circunstancia obligó a un buen número de pausas en el trasvase de los

 

bloques de piedra. A cada instante, los militares israelitas destacados en la

 

cima de la montaña establecían conexión por radio con sus compañeros en la

 

base del funicular, informando sobre las variaciones de los

 

anemocinemógrafos (1).

 

 

(1) El anemocinemógrafo es uno de los más completos aparatos que sirven en

 

meteorología para medir la velocidad y la fuerza del viento

 

 

El conocimiento preciso de la intensidad y dirección de los vientos era vital. Si

 

éstos eran nulos o inferiores a los mencionados 60 kilómetros a la hora, el

 

funicular emprendía el ascenso.

 

A las 13 horas, aprovechando el transporte de los últimos bloques, la

 

avanzadilla del equipo de Caballo de Troya (doce de los sesenta y un

 

miembros) fue embarcando en las cabinas, rumbo a la cumbre. Yo lo hice con

 

Curtiss y con tres oficiales judíos. El funicular que nos tocó en suerte -el rojo-se

 

hallaba prácticamente ocupado por la última de las veintiséis misteriosas

 

“piedras” que ya habían sido enviadas a lo alto de la roca. Nunca olvidaré

 

aquellos tensos momentos…

 

Cuando habíamos recorrido la mitad de los 799 metros del tendido, sonó el

 

telefonillo del conductor. El militar que sustituía al vigilante y “chofer”.habitual de dicho funicular respondió con un seco y preocupante “de acuerdo!.

 

. Paramos!”

 

Y la cabina quedó inmóvil en el vacío, a unos 780 pies de altura. Quizá la

 

expresión “inmóvil” no sea la correcta. Porque el viento racheado comenzó a

 

silbar entre los cables, zarandeándonos como una pluma.

 

Los judíos revisaron los anclajes de la piedra, y al descubrir mí palidez,

 

sonrieron burlonamente.

 

Sujeto a las barras horizontales de sustentación, evité mirar al abismo,

 

centrando mi atención en la escasa decoración de la frágil cabina.

 

“Carga máxima: 40 más 1 personas o 2600 kilos.”

 

“No fumar.”

 

“Dios mío! ¿Resistirían los garfios aquella tensión?” El viento del sur seguía

 

golpeándonos, haciendo crujir la metálica que une el techo del funicular con la

 

gruesa maroma de acero.

 

Instintivamente desvié la mirada del segundo letrero:

 

“262 metros: caída vertical.”

 

-¿A quién se le ocurriría colocar allí tan macabro aviso?

 

“Capacidad hora: 640 personas.”

 

La cabina continuaba bamboleándose, comprometiendo nuestro ya precario

 

equilibrio. E intenté mitigar el miedo -¿por qué ocultarlo?- enfrascándome en

 

un inútil cálculo mental.

 

“Si la longitud del tendido es de casi ochocientos metros y la capacidad

 

máxima por viaje es de 41 personas… eso significa un total de quince viajes a

 

la hora o, lo que es lo mismo, un desplazamiento cada cuatro minutos… Si

 

estamos, poco más o menos, a mitad de camino, nos quedan aún dos minutos

 

o mas para pisar esa maldita cima…”

 

 

viento. Suele estar formado por una veleta registradora. un anemómetro

 

registrador del recorrido del viento y un registrador de rachas que se basa en el

 

llamado “tubo de Pitot”. (N. del m.)

 

 

“L-legeman-Harris C.O. N. York.”

 

“Ese debe ser el fabricante -pensé-. ¿O serán los suizos?”

 

Era lo mismo. Lo único que deseaba es que los materiales resistieran. Sin

 

darme cuenta, estaba practicando uno de los sistemas de “descongestión

 

mental” para situaciones de emergencia, enseñado a todos los astronautas en el

 

instituto de la Fuerza Aérea norteamericana en Ohio. Se trataba, sin perder de

 

vista el problema principal, de desviar la atención del piloto hacia otros

 

asuntos, evitando así una caída emocional..El general debió de adivinar mi situación y pensamientos. Y señalando las

 

fotografías de unos muchachos y una pequeña maceta, con un clavel -todo ello

 

sobre el panel de mandos del conductor-, bromeó con los oficiales

 

preguntándoles si aquello (propiedad, sin duda, de alguno de los conductores

 

oficiales) “formaba parte también de la Operación Eleazar”.

 

Los militares israelíes aceptaron con gusto el relajante comentario, olvidando

 

por unos momentos nuestra delicada situación. Lo cierto es que los

 

minuciosos judíos corrigieron el pequeño descuido al llegar a la cumbre,

 

haciendo desaparecer de la cabina los retratos y la flor.

 

El viento amainó al fin y el repiqueteo del telefonillo fue la esperada señal

 

para continuar el ascenso.

 

Hacia las 14 horas -después de soportar diez largos minutos de “violenta

 

inmovilización” sobre el abismo-, la cabina número 2 quedaba anclada en el

 

muelle terminal de la montaña, a sesenta pies por debajo de la cumbre. En

 

pocos momentos de mi vida he deseado con tanta vehemencia pisar tierra

 

firme…

 

Los ingenieros militares judíos y el resto de nuestros amigos nos aguardaban

 

con impaciencia. Y sin demora alguna, los técnicos desengancharon la piedra

 

naranja, haciendo rodar la plataforma hasta el angosto pasillo de tierra

 

existente entre la terminal del funicular y la mencionada pared rojiza de

 

Masada.

 

Las barreras de hierro que habitualmente delimitan los caminos de entrada y

 

salida de los pasajeros a las cabinas habían sido igualmente desmontadas,

 

facilitando así el movimiento de los bloques. Quedé perplejo. Por encima de

 

nuestras cabezas, en el filo mismo de la cima, los israelitas habían ensamblado

 

una grúa -tipo pluma- que, en cuestión de minutos, comenzó a izar la carga.

 

De esta forma se salvaba el incómodo desnivel que separa la terminal de la

 

meseta propiamente dicha. Al recorrer los 120 metros de cornisa que asciende

 

por la cara este de Masada -único acceso a la cumbre desde la base del

 

aerocarril-, comprendí igualmente que el transporte de los sillares por aquel

 

pasillo de tres metros de anchura hubiera sido tan penoso como ineficaz. Al

 

final de dicho sendero, una reducida casamata de cemento, que hacía las veces

 

de control y lugar de venta de mapas de las ruinas, habría imposibilitado

 

igualmente el paso de las piedras.

 

Cuando, al fin, pisamos la cumbre, una mezcla de emoción y curiosidad se

 

apoderó de todo el equipo. El viento seguía azotando aquella increíble

 

plataforma natural, empujando desde el sur largos jirones de niebla que se

 

arrastraban lentamente sobre el polvo y la tierra reseca de la cima. Aquél, si no

 

se producían cambios, iba a ser nuestro “punto de lanzamiento”. La árida y

 

majestuosa belleza de Masada iría cautivándome minuto a minuto….Al oeste se recortaban las suaves lomas y los acantilados amarillentos del

 

desierto de Judá, milagrosamente vivos y en “movimiento”, merced a las

 

decenas de cascadas y a los vados serpenteantes que, colmados por las lluvias,

 

corrían incontenibles hacia la orilla occidental del mar Muerto. Durante mi

 

estancia en Masada comprendí cómo aquellos “vadi” habían alimentado con

 

sus turbulentas aguas las ciclópeas cisternas excavadas en la roca virgen por

 

Herodes el Grande.

 

Frente a la montaña, en dirección este, a tres kilómetros escasos, las aguas

 

verdiazules del mar Muerto espejeaban aquí y allá. Los rayos del sol

 

perforaban en ocasiones las negras y bajas formaciones nubosas, cayendo

 

sobre el lago salado en bellísimos celajes. Y a lo lejos, a orillas de este mar, el

 

oasis de Fin-Gedí.

 

Curtiss me sacó de estas primeras observaciones. El equipo de Caballo de

 

Troya se encaminaba ya. siempre en compañía del jefe del campamento y de

 

Bahat, el supervisor, hacia la zona sur de la meseta.

 

Era asombroso! Junto a la grúa se apilaban buena parte de los bloques de

 

piedra que habían sido trasladados por el aerocarril. Varios tractores oruga

 

cargaban los sillares. transportándolos sin interrupción por el centro del

 

irregular romboide, en dirección a una larga empalizada de madera que

 

separaba el sur de Masada del resto de la meseta. Pero ¿cómo habían logrado

 

situar aquellas pesadas máquinas en lo alto de la roca? Por supuesto, era

 

imposible que hubieran subido por sus propios medios y tampoco cabían en

 

los funiculares. La explicación llegaría esa misma noche…

 

La empalizada -porque de eso se trataba en realidad- había sido levantada por

 

los judíos a base de gruesos troncos, sólidamente hundidos en el terreno.

 

Alcanzaba la suficiente altura -unos cuatro metros- como para que nada de lo

 

que pudiese acontecer al otro lado fuera detectado desde las ruinas del sector

 

norte.

 

Al cruzar el ancho portalón por el que entraban, incansables, los tractores, un

 

insólito espectáculo apareció ante mi. A la derecha del mencionado y único

 

acceso, pegadas a los restos de la muralla del filo oeste de Masada, el Ejército

 

israelí había plantado diez grandes tiendas de campaña, alineadas en una doble

 

hilera. A continuación, siguiendo también la línea de la casamata herodiana,

 

los judíos habían dispuesto dos barracones.

 

Uno, a escasa distancia de las negras y cuadradas tiendas, servía ya de

 

comedor a los técnicos y militares que, a juzgar por lo que tenía ante mi,

 

llevaban algún tiempo en aquel paraje. El otro, mucho más pequeño, estaba

 

situado a una veintena de metros del primer barracón y prácticamente pegado

 

a la llamada “laguna grande”, una de las escasas ruinas arqueológicas que -.como nos informó el oficial- quedaba dentro del triángulo isósceles que

 

constituía el campamento Eleazar.

 

Pero lo que llamó la inmediata atención del grupo fue una considerable

 

excavación -ya concluida- abierta en el centro geométrico del triángulo. Tenía

 

50 metros de longitud por 30 de anchura y 10 de profundidad. La

 

impresionante “piscina” nos dejó atónitos.

 

En aquellos momentos ignorábamos si el general estaba al tanto del

 

enigmático y audaz vaciado. Pero al asomarnos y descubrir en el fondo

 

algunos de los bloques de piedra anaranjada, empezamos a intuir la verdadera

 

finalidad del foso. Otra potente grúa, anclada en el borde norte de la

 

excavación, procedía a la toma de los sillares, depositándolos en el lecho de la

 

“piscina”. Tanto las paredes como el reducido fondo habían sido

 

meticulosamente cimentados y chapeados a base de un material aislante. En la

 

esquina suroeste, un grupo de trabajadores iluminaba el fondo del supuesto

 

estanque con las deslumbrantes y azuladas llamaradas de las soldaduras

 

autógenas.

 

Algunos de los directores del programa cruzaron con Eliseo y conmigo unas

 

significativas miradas buscando una explicación a semejante obra. Pero nadie

 

se atrevió a formular hipótesis alguna. A nuestras espaldas, al pie de la

 

empalizada, se apilaban cientos de sacos que, supuse, debían contener las

 

toneladas de tierra extraídas del enorme socavón.

 

Los oficiales judíos nos dejaron curiosear, silenciosos y divertidos. Al cabo de

 

unos minutos, amablemente, Yefet, el jefe de tan extraño campamento, nos

 

invitó a pasar al comedor. El almuerzo estaba listo. Allí, por fin, saldríamos de

 

dudas.

 

Aunque el barracón carecía de calefacción, la abundante comida y el vino del

 

Hebrón templaron pronto los ánimos, haciéndonos olvidar,

 

momentáneamente, el tropel de interrogantes que había ido acumulándose en

 

nuestras mentes desde que pisáramos Masada. A la hora del café, cuando los

 

últimos y rezagados ingenieros y militares judíos hubieron finalizado sus

 

almuerzos y se reincorporaron a sus faenas, Bahat, el supervisor, cerró con

 

llave la puerta del salón. En esta ocasión fue el general Curtiss quien se dirigió

 

al equipo.

 

-Sé que están formulándose un sinfín de preguntas -comentó en tono

 

reposado-. Parte del material, como les dije, está ya en el campamento…

 

El viejo zorro hizo una pausa, escrutando nuestros rostros.

 

-Supongo que me tomaréis por loco -añadió, acrecentando intencionadamente

 

el halo de misterio que rodeaba todo aquello y, de paso, la curiosidad general-.

 

aquí sólo hay piedras, me diréis, sólidos bloques de roca dolomítica y

 

anaranjada… Si y no. Siguiendo un estricto plan israelí, los dos tercios del.instrumental de la estación de fotografías han sido transportados hasta la cima

 

de esta montaña, camuflados en el interior de los aparentes sillares de piedra…

 

Como saben, esos camiones y ese tipo de cargamento son los únicos

 

autorizados a cruzar la frontera con Jordania, llegando habitualmente hasta

 

Ammán. Era difícil que alguien llegara a sospechar de los supuestos macizos

 

cubos pétreos… En cuanto al resto de los equipos -prosiguió, dirigiéndose a la

 

pareja de militares israelíes que compartía nuestra mesa-, si no hay

 

inconvenientes, estará en lo alto de la roca en la mañana del sábado…

 

siguiendo otro “tipo de vía”.

 

Bahat y Yefet asintieron.

 

-Hasta esa fecha -continuó el jefe de Caballo de Troya-, nuestra misión será

 

muy sencilla: esperar. Mañana, quizá a esta misma hora, el grupo electrógeno

 

entrará en funcionamiento…

 

-Así está previsto -manifestó el jefe de campamento, como si buscara nuestra

 

indulgencia-. Hoy mismo será desembarcado. Les rogamos disculpen el

 

retraso.

 

“¿Desembarcado? ¿A casi 1400 pies de altitud? ¿Cómo?”

 

Los judíos son capaces de todo. así que nadie se atrevió a indagar sobre el

 

particular.

 

- .. La inmediata y lógica pregunta -continuó Curtiss- es dónde y cuándo será

 

ensamblada la estación receptora. Por razones de seguridad y siguiendo

 

igualmente las instrucciones del Gobierno de Golda, esta vez no habrá

 

hangares al aire libre.

 

El general percibió nuestra extrañeza. Y echando mano de su inseparable

 

maletín, extrajo un sobre blanco con la inconfundible estrella azul de seis

 

puntas, emblema del Estado de Israel. Al desplegar su contenido apareció un

 

plano del campamento Eleazar. Y en él, un pormenorizado esquema del foso

 

que habíamos contemplado una hora antes.

 

No fueron necesarias muchas explicaciones. Curtiss, con su dedo índice

 

derecho apuntando al centro de la “piscina” -así la llamaríamos en el argot de

 

Caballo de Troya-, nos invitó a echar una ojeada. La excavación, tal y como

 

habíamos intuido, no era otra cosa que el receptáculo de la estación de

 

fotografías.

 

La casi totalidad de la mitad norte de dicho foso (20 de los 50 metros

 

disponibles) albergaría el grueso de los equipos: consolas autónomas

 

operacionales (números 1 y 2), paneles de mando (de distribución y

 

alimentación eléctrica), pletinas telefónicas y de radio, armarios de

 

telecomunicación y conversión digital de las señales del satélite (1), receptores

 

especiales, transmisores en banda “5”, monitores de televisión, subpatrones de

 

tiempo, climatizadores y un largo etcétera..Los 30 restantes metros de la “piscina” se hallaban divididos en dos sectores: a

 

lo largo de la pared sur (ocupando una superficie de 2 X 10 metros) habían

 

sido dispuestos los laboratorios de revelado fotográfico y una sección auxiliar

 

de telemetría, armarios para grabadoras de cintas magnéticas (para unidades

 

de bandas ancha o estrecha) e impresoras ultrarrápidas, capaces de leer e

 

imprimir datos a razón de 80000 dígitos por minuto. El resto de la franja sur

 

(de 20 x 2 metros) aparecía como almacén de helio.

 

El espacio situado entre estas “baterías” de instrumentos se encontraba

 

prácticamente vacío. En total, 28 metros. Aquélla era otra de las “novedades”

 

de la Operación Eleazar. Éste casi cuadrado (28 x 25 metros) en el centro de la

 

“piscina” sería destinado a una antena parabólica orientable de 26 metros,

 

capaz de seguir automáticamente al Big Bird y recibir sus señales desde

 

cientos de kilómetros (2). El GSFC (3) había recomendado, desde el principio

 

de la operación, la utilización de este tipo de antenas. Sin embargo, por

 

razones de espacio, no fue viable en la mezquita de la Ascensión. La verdad es

 

que el inesperado y vertiginoso desmantelamiento de las instalaciones no

 

había permitido siquiera el ensamblaje de las antenas “buscadoras”, de barrido

 

de fase, que debían sustituir a la aconsejada por el Centro de Vuelos

 

Espaciales Goddard.

 

 

(1) Aunque no es mi intención detallar aquí la sofisticada y secreta tecnología

 

USA, utilizada en este tipo de instalaciones, puedo especificar que los dos

 

amplificadores niaser de la estación -de gran ganancia- procesan los datos con

 

una pureza extraordinaria. La baja temperatura que requiere este tipo de

 

aparatos (269 grados centígrados bajo cero) obligaría a un aislamiento especial

 

de dichos amplificadores en el conjunto de la estructura. Los niaser

 

funcionaban en doble canal cada uno de ellos. Su característica fundamental

 

era la gran capacidad de su canal de información, que le permite una recepción

 

de datos del orden de los 200 kilobits por segundo. (N. del m.)

 

(2) Esta antena parabólica -construida a base de materiales muy ligeros- puede

 

trabajar simultáneamente en las proximidades de los dos 6Hz y de los

 

cuatrocientos MHz, merced a un subreflector dicroico, transparente a ciertas

 

frecuencias. Gracias a su extraordinaria ganancia puede aumentar un millón de

 

veces la potencia del transmisor, siendo orientables a cualquier punto del

 

espacio con una precisión de milésimas de grado. (N. del m.)

 

(3) El GSFC o Goddard Space Flight Center, ubicado en Greenbelt

 

(Maryland), en Estados Unidos, es un centro destinado a la coordinación y

 

puesta en práctica de proyectos espaciales (no tripulados). Una de las misiones

 

del GSFC es la vigilancia de la red STDN o Red de Seguimiento y.Adquisición de Datos de Vuelos Espaciales, que consta de 16 estaciones

 

repartidas por todo el mundo. (N. del m.)

 

 

Una vez concluido el montaje de la estación, la “piscina” quedaba cerrada con

 

un ingenioso sistema -accionado eléctrica o manualmente- que ocultaba el

 

gran foso. Los israelitas nos ampliaron algunos detalles al respecto. La

 

cubierta o cierre, que se recogía por el procedimiento de tambor en la cara

 

norte, había sido diseñada a base de una doble lámina de vidrio plastificado,

 

de gran dureza y ductilidad, que permitía el paso de las señales radioeléctricas

 

procedentes del Big Bird. Esto, en especial durante las transmisiones diurnas,

 

favorecía el camuflaje de la estación. En el caso de recepciones nocturnas, la

 

cubierta podía ser retirada, dejando al aire la superficie ocupada por la antena

 

parabólica. Esta, pintada de negro, era prácticamente invisible para cualquier

 

hipotético avión de reconocimiento enemigo.

 

Cuando el ensamblaje del instrumental hubo concluido, quedamos

 

maravillados. La astucia y meticulosidad de los israelitas llegarían al extremo

 

de pintar el referido cierre del mismo color de la tierra ocre amarillenta que

 

cubría la totalidad de la meseta. aquí y allá, con una paciencia benedictina, los

 

ingenieros militares fueron pegando sobre dicha cubierta un sinfín de

 

piedrecillas recogidas de la zona norte de la cumbre, que proporcionaron a la

 

falsa superficie un mimetismo envidiable.

 

Con la caída del sol, encendiendo de rojo el desierto de Judá, los trabajos en el

 

campamento Eleazar se interrumpieron- La falta de suministro eléctrico hacía

 

difícil y peligroso el movimiento de los tractores y de la grúa. Para colmo, las

 

lluvias y el fuerte viento seguían martirizando la cumbre de Masada. Así que,

 

de común acuerdo, nos retiramos a las tiendas que nos habían sido asignadas.

 

Cada uno de aquellos incómodos albergues, de recia lona negra, daría cobijo

 

en lo sucesivo a diez miembros de la supuesta operación arqueológica.

 

Astutamente, los judíos procuraron que uno o dos de sus hombres

 

compartieran con nosotros los respectivos refugios de campaña. De esta forma

 

podían estar al corriente de nuestras conversaciones y propósitos. Tal

 

circunstancia provocaría en el equipo de Caballo de Troya algunos momentos

 

de tensión. Sin embargo, supimos contrarrestar este sutil espionaje…

 

Bajo la tenue luz de la botella de gas que colgaba del techo de la tienda, con el

 

agudo ulular del viento entre las lonas, mis pensamientos, una vez más,

 

volvieron a mí. No cabía duda: su imagen y sus palabras formaban ya parte de

 

mi propio ser. Y una dulce melancolía fue invadiéndome. Sólo de vez en vez,

 

con no pocos esfuerzos, conseguía regresar a la realidad. Entonces, un puñado

 

de dudas oscurecía aquel extraño sentimiento. Una, en especial, me impedía

 

conciliar el sueño: “¿Cómo nos las arreglaríamos para lanzar la “cuna” desde.aquel foso?” La antena parabólica -aunque podía ser desmontada- constituía

 

un serio obstáculo…

 

De pronto, a eso de las nueve de la noche, un ensordecedor estruendo sacó al

 

campamento de su obligado reposo. Como un solo hombre, los ocho

 

norteamericanos y dos israelíes que dormitábamos en aquella tienda, nos

 

precipitamos hacia la salida.

 

Una inusitada agitación se había apoderado del medio centenar de hombres

 

que ocupaba la base en aquellos momentos. En mitad de la oscuridad y de la

 

implacable lluvia, a poco más de diez o veinte metros sobre nuestras cabezas,

 

cuatro potentes reflectores iluminaban el extremo sur del campamento

 

Eleazar.

 

El bramido de los motores y los pilotos rojos y verdes, intermitentes, nos hizo

 

comprender que se trataba de dos poderosos helicópteros. Se hallaban en

 

estacionario entre el foso y las escaleras de piedra que conducían a la cisterna

 

subterránea ubicada en las proximidades de la cara sureste de Masada. Al

 

aproximarnos, gracias a la extraordinaria iluminación de los cuatro focos

 

instalados en las panzas de los aparatos, comprobamos cómo de los CH-47

 

Chinook -helicópteros de transporte utilizados por la Marina israelí- colgaban

 

sendos y enormes bultos. Poco a poco, siguiendo las indicaciones del personal

 

de tierra, las cargas fueron arriadas. Y al instante, cumplida su misión, los

 

Chinook apagaron sus faros, redoblando la potencia de los rotores y

 

desapareciendo hacia el norte entre las temibles rachas de viento y agua. A la

 

mañana siguiente, al conocer el peso, volumen y la naturaleza de lo

 

transportado, no pude por menos que admirar a aquellos audaces pilotos

 

judíos.

 

Calados hasta los huesos volvimos a las tiendas, esperando el nuevo amanecer

 

con impaciencia. Y, verdaderamente, aquel viernes, 23 de febrero de 1973, iba

 

a ser una jornada cargada de sorpresas.

 

La primera llegó con el alba. Hacia las 06.45 horas, después de una noche

 

desasosegada en la que apenas si pude conciliar el sueño, al asomarme a la

 

puerta de la tienda fui testigo de un inesperado espectáculo. Como un milagro,

 

amplias zonas de la superficie del campamento y del resto de la cumbre

 

aparecieron alfombradas de flores de todos los colores. Era admirable. En

 

cuestión de horas, fruto de las torrenciales lluvias, la meseta había florecido,

 

adornándose con millares de brillantes y olorosas flores amarillas, verdes y

 

rojas. En las áreas más bajas -también hay que decirlo-, el temporal había

 

formado inmensos charcos, convirtiendo el terreno en un lodazal. A pesar de

 

la extrema sequedad de Masada y de su entorno -con el mar Muerto a la

 

derecha y el desierto de Judá a la izquierda-, la realidad que tenía ante mis.ojos venía a confirmar las palabras de Flavio Josefo cuando, 1900 años antes,

 

había descrito estas salvadoras lluvias (1).

 

La segunda sorpresa se produjo al entrar en el barracón habilitado para

 

duchas, letrinas y aseo en general. Como ya comenté, había sido levantado

 

casi pared con pared con la pieza rectangular conocida como la “laguna

 

grande”. Aquél fue otro de los múltiples detalles que pasaron inadvertidos

 

para mi durante la primera jornada en el campamento.

 

Amén de la falta de energía eléctrica en lo alto de la roca, uno de los

 

principales quebraderos de cabeza, a la hora de preparar el asentamiento de la

 

estación receptora de imágenes, fue la ausencia de agua. Ciertamente, según

 

nos irían explicando los técnicos judíos, ambos problemas podían haber

 

quedado resueltos -siempre a medias- practicando las correspondientes tomas

 

de las instalaciones situadas al este de la montaña, en el emplazamiento del

 

aerocarril. Pero ello, con los kilométricos tendidos de cables y tuberías,

 

resultaba tan complicado como “escandaloso”. El suministro eléctrico,

 

además, hubiera sido claramente insuficiente para el alto consumo de la

 

estación. De ahí que, después de estudiar exhaustivamente ambos asuntos, el

 

Gobierno israelí se decidiera por el transporte hasta lo alto de Masada de un

 

grupo electrógeno, salvando el segundo obstáculo -el del agua- de idéntica

 

forma a como lo resolvieran las expediciones de Yadin en los años 1963 al

 

1965. A unas cuatro millas al oeste de la montaña existía una red de tuberías

 

que había sido propiedad de la compañía Nafta Oil y que fueron utilizadas en

 

su momento para prospecciones. Pues bien, por encargo del Ejército judío, la

 

Mekorot (Compañía Nacional de Aguas) había instalado una tubería más

 

delgada, que solucionó los problemas de Yadin y, ahora, ocho años después,

 

los nuestros. Dicha tubería ascendía hasta lo alto de Masada, corriendo

 

paralela a la rampa romana. En el punto donde terminaba -en el extremo

 

noroccidental-, los ingenieros empalmaron varios cientos de metros de nuevas

 

tuberías, ocultos bajo el suelo de

 

 

(1) Según los datos del Servicio Meteorológico de Israel -que prestaría tan

 

valiosas informaciones a la misión-, el promedio de días soleados en la región

 

de Masada y Sodoma, al sur del mar Muerto, es de 26 para febrero y de 31

 

para marzo. Esta realidad había llevado a los eruditos a continuas polémicas

 

en torno a las afirmaciones del historiador F. Josefo en relación a las citadas

 

lluvias sobre Masada. Josefo cuenta, por ejemplo, que antes que reinara

 

Herodes el Grande, José y otros miembros de su familia se refugiaron en dicha

 

cumbre. Resistiendo a las tropas de los últimos asmoneos y a las de sus

 

aliados, los partos, estaban a punto de perecer de sed cuando, repentinamente,

 

se abrieron los cielos y las cisternas de Masada se colmaron de agua. Y José y.los suyos, dice Flavio Josefo, se salvaron. Nosotros, como anteriormente

 

Yigael Yadin, pudimos confirmar la exactitud de los escritos del judío

 

romanizado. (N. Del m.)

 

 

tierra de la casamata o muralla de doble muro que corre por dicho filo oeste de

 

la meseta. Al mismo tiempo, el interior de la “laguna grande” había sido

 

aprovechado para el montaje de unos depósitos, con una capacidad de 120000

 

litros. Por último, los judíos habían procedido a camuflarlos cubriendo la

 

“laguna grande” a base de cañizos. De esta forma el suministro de agua

 

potable al campamento y a los complejos sistemas de refrigeración o de

 

alimentación de los equipos quedaba sobradamente cubierto. (En el supuesto

 

de una avería, el tanque escondido entre las paredes rectangulares de la

 

“laguna” podía satisfacer las necesidades de la estación -siempre prioritaria-por

 

espacio de seis o siete días.)

 

Concluido el desayuno, Curtiss y el resto del equipo se brindaron a colaborar

 

con los técnicos israelíes en las faenas que estimaron oportunas. Pero Yefet,

 

después de agradecer nuestra sincera y excelente disposición, se negó,

 

argumentando que aquéllas no eran las órdenes. El sol flotaba ya sobre los

 

azules cerros de Moab, rumbo a un cielo transparente. El viento había cesado

 

y la jornada, en fin, parecía presentarse tibia y apacible.

 

Minutos antes del desayuno, los oficiales destacados en la base del funicular

 

habían establecido contacto por radio con el campamento, informando al

 

general sobre las razones del retraso del medio centenar de hombres que

 

completaba la expedición de Caballo de Troya y que, según Curtiss, debería

 

de haber llegado a Masada la noche anterior. Al parecer, el autocar que les

 

trasladaba desde Jerusalén se había visto obligado a dar media vuelta, como

 

consecuencia de los cortes en la carretera.

 

“Su incorporación al campamento Eleazar -concluyeron los militares- se

 

producirá a lo largo de esta misma mañana.”

 

Nosotros ignorábamos entonces las “malas nuevas” que portaban aquellos

 

compatriotas y compañeros…

 

Dado que nuestras obligaciones eran casi nulas, cada cual se dedicó a lo que

 

creyó más conveniente. Curtiss y varios de los directores se encerraron en la

 

tienda que hacia las veces de estación de radio y el resto optó por descansar o

 

curiosear por la cima de la roca, siempre bajo la discreta vigilancia de algunos

 

de los judíos, que se ofrecieron, “encantados”, como improvisados guías

 

turísticos.

 

Eliseo y yo, de común acuerdo, ocupamos buena parte de la mañana en un

 

meticuloso reconocimiento del perfil y de la topografía del triángulo que

 

constituía nuestra base. Desde el amanecer, el campamento había recuperado.su intenso ritmo de trabajo. Los tractores oruga, situados en lo alto de la

 

meseta por los helicópteros, continuaban el febril trasvase de las piedras

 

anaranjadas, que eran situadas por la grúa en el fondo de la “piscina”. Buena

 

parte de los ingenieros y técnicos judíos dedicaba todo su esfuerzo y atención

 

a los dos gigantescos cajones de acero, arriados por los Chinook. Uno de ellos

 

contenía un potente grupo electrógeno, de continuidad, perfectamente

 

despiezado. Se trataba del “corazón” del campamento. Sin aquel generador de

 

corriente eléctrica, todo habría sido inútil.

 

Los israelíes lo sabían y se dieron especial prisa en retirarlo de la superficie de

 

la roca, transportando el motor, el alternador, la bancada, los cuadros de

 

mando, los sistemas de filtrajes, etc, al fondo de la cisterna subterránea. Hasta

 

en esto tuvieron suerte los judíos e, indirectamente, Caballo de Troya. La

 

ubicación del generador había constituido un arduo problema. Por elementales

 

razones de seguridad no podía quedar a la vista y tampoco ser emplazado en la

 

“piscina”, junto a los delicados instrumentos de la estación receptora. Las

 

continuas vibraciones, amén del rugido del motor, habrían interferido en los

 

equipos, causando un sinfín de molestias innecesarias. De ahí que al estudiar

 

el subsuelo y la configuración de la zona sur de la meseta, los expertos no

 

dudasen en elegir la citada cisterna subterránea como el escondite ideal para el

 

grupo electrógeno y para el correspondiente tanque de diario de gas-oil. La

 

gigantesca cisterna -horadada en la roca por Herodes el Grande- tiene una

 

capacidad de 140000 pies cúbicos. Se trata de una formidable “sala” de ocho

 

metros de altura a la que se accede por unos escalones, igualmente ganados a

 

la piedra. Allí, en fin, fue trasladado y montado el flamante generador-tipo 16

 

cilindros (y), de la serie 149, fabricado por la General Motors-, con una

 

potencia de 1200 KVA o 1300 HP y un voltaje de salida de 30000 voltios.

 

(Con semejante “monstruo” se hubiera podido alimentar las principales

 

instalaciones de un aeropuerto de tipo medio.) Fue asombroso. Aquellas diez

 

toneladas -”en seco”, es decir, sin el agua y el aceite- quedaron armadas y

 

listas para entrar en acción en 24 horas. La pericia de los ingenieros,

 

especialmente a la hora de la decisiva operación de alineación del motor y

 

alternador, fue total.

 

Por último, un abanico de cables, enterrados a un metro de profundidad y

 

especialmente aislados, fue distribuido por el campamento, dispuesto a “dar

 

vida” a los diferentes servicios. Aprovechando dos grandes aberturas en el

 

techo de la referida cisterna subterránea -por las que antaño penetraba el agua

 

y que son visibles sobre el acantilado sureste de la montaña-, los especialistas

 

israelíes montaron igualmente un poderoso sistema de extractores y

 

ventiladores, proporcionando así una continua y excelente renovación del aire.(1). Aunque Charlie -así bautizamos al generador- apenas producía humos,

 

tanto la tubería

 

 

(1) Este tipo de generador consume, por término medio, 142 m3 de aire por

 

minuto, sólo para la combustión del motor (éste trabaja a razón de 60 ciclos).

 

Por su parte, la refrigeración del radiador exige 2349 m3 de aire, también por

 

minuto. Todo el conjunto emite un calor equivalente a 189 KW por minuto.

 

(N. del m.)

 

 

de escape de gases como el resto del complejo de aireación fueron dotados de

 

sendas rejillas de filtrado. Si llegaba a producirse una fuga de humos o de

 

cualquier fuente de calor, un hipotético enemigo habría sabido que “algo”

 

anormal estaba ocurriendo en las entrañas de Masada.

 

El segundo cajón depositado por los helicópteros sobre el campamento

 

Eleazar era de idéntica y vital importancia. Contenía alrededor de 350 láminas

 

de acero, de un metro de lado cada una, destinadas a la construcción de los dos

 

depósitos de combustible del grupo electrógeno: el de diario y el de

 

almacenaje. Charlie consumía unos 160 gramos de gas-oil por caballo hora.

 

Ello exigía la presencia de un tanque de diario con una capacidad mínima de

 

5420 litros. (Este fue el consumo medio y diario del grupo electrógeno.) Como

 

era lógico, resultaba más práctico, rentable y seguro instalar en la roca un

 

tanque de aprovisionamiento o almacén que efectuar cada día el

 

correspondiente trasvase de combustible. Un trasvase que, dada la situación de

 

Masada, sólo podía practicarse con rapidez y comodidad desde el aire. En este

 

sentido, los helicópteros cisterna del Ejército de Israel jugarían un destacado

 

papel. Una vez cada treinta días, varios de aquellos gigantescos Sikorsky 5-64

 

(tipo CH-54 Tarhe), previamente modificados, volaban durante la noche hasta

 

lo alto del campamento, colmando la capacidad del citado tanque de

 

almacenamiento: 162600 metros cúbicos. Este segundo depósito -de 5 metros

 

de ancho por 15 de largo y 3 de alto- fue montado en una de las cuevas que se

 

alinean en el ya mencionado acantilado sureste de la montaña, muy próxima a

 

la cisterna subterránea (1). Con la ayuda de la grúa y a base de cuerdas, los

 

israelitas, en un alarde de “alpinismo”, fueron transportando las piezas de

 

acero desde la cima a la boca de la gruta natural, jugándose el tipo en un

 

acantilado de más de 1000 pies de altura. Creo que nunca les estaremos lo

 

suficientemente

 

 

(1) En este acantilado suroriental de Masada, muy cerca de la casamata, puede

 

distinguirse una hilera de cuevas. En la situada en el extremo sur -la más

 

pequeña de todas-, las expediciones arqueológicas de Yadin encontraron los.restos de veinticinco seres humanos. Probablemente, zelotes autoinmolados en

 

aquella histórica noche. Entre los esqueletos había fragmentos de tejidos y

 

trozos de lienzo. Según el doctor N. Hass, de la Facultad de Medicina de la

 

Universidad Hebrea, aquellos huesos pertenecieron a catorce varones, seis

 

mujeres y el resto a niños. Casi con toda seguridad, defensores de Masada.

 

Esta circunstancia, aunque resulte increíble, condicionó grandemente la

 

operación. A pesar de que los arqueólogos de Yadin habían registrado las

 

restantes cuevas, no hallando nuevos esqueletos, antes de “profanar” una de

 

aquellas grutas con el depósito de gas-oil, los israelitas practicaron una

 

exhaustiva revisión de la caverna en cuestión, con el fin de cerciorarse de que,

 

en efecto, no albergaba restos de sus héroes nacionales. (N. Del m.)

 

 

agradecidos. En la mañana del sábado, una vez rematada la operación de

 

ensamblaje y soldadura del tanque, los ingenieros pusieron a punto las bombas

 

de trasiego, uniendo ambos depósitos -el de almacenaje y el diario- con una

 

tubería que fue anclada y camuflada en la referida pared suroriental de

 

Masada. Dicho conducto penetraba en la cisterna subterránea a través de uno

 

de los orificios de ventilación.

 

Mis conocimientos sobre la historia de Masada, de sus edificios y de los

 

castros romanos que la rodean -todo ello fruto de la documentación facilitada

 

por el general- resultarían muy útiles cuando, siguiendo nuestro plan de

 

reconocimiento del terreno, nos dirigimos al norte de la meseta. Mi hermano y

 

yo quedamos maravillados por la audacia y belleza del palacio del Norte, con

 

sus tres terrazas escalonadas. Y sentimos una especial emoción al recorrer el

 

laberinto formado por los restos de los almacenes que mandara construir

 

Herodes y que sirvieron de despensa a los heroicos zelotes. Asomados desde

 

aquella especie de “proa”, en el punto más alto de Masada, comprendí por qué

 

el rey Herodes había edificado, justamente allí, su palacio colgante. Aquel

 

vértice de la gran roca -en especial las terrazas central e inferior- es el único

 

punto resguardado del ardiente sol y de los temibles vientos del sur que, en

 

ocasiones, superan las sesenta millas por hora. “ De no haber sido por este

 

apretado complejo de ruinas (palacios, almacenes, baños, edificios

 

administrativos, puestos de guardia, etc.), el campamento Eleazar -nos explicó

 

uno de los inseparables “guías”- habría sido dispuesto aquí mismo.”

 

Aquellos incómodos vientos del sur y sudoeste, tan frecuentes en Masada,

 

iban a constituir una auténtica pesadilla para los hombres de Caballo de Troya;

 

en especial, en los decisivos minutos del despegue y ulterior descenso del

 

módulo. (Espero que Dios me conceda las fuerzas suficientes para llegar a ese

 

punto del presente relato.) En los estudios meteorológicos de la estación de

 

Kalya, al norte del mar Muerto, las estadísticas elaboradas en base a los datos.recogidos en 1972 por los tres centros de observación (1) arrojaban, sin

 

embargo, para febrero, una frecuencia e intensidad de los vientos

 

relativamente bajas o soportables: la estación número 20 apuntaba un

 

porcentaje de 18,9 para el viento sur y sólo un 4 por ciento para el suroeste.

 

Por su parte, las estaciones números 21 y 22 -para los mismos vientos- fijaban

 

unos índices de 18,9 y 7,9 y de 14,7 y 5,6, respectivamente. En los tres casos,

 

las velocidades de dichos vientos oscilaban en torno a los 12-19 kilómetros

 

por hora. Sólo las estaciones

 

 

(1) Al no existir estación meteorológica en Masada, los datos fueron

 

suministrados por la de Kalya Alef. Sus tres observatorios se encuentran

 

ubicados a 395, 270 y 60 metros por debajo del nivel del mar,

 

respectivamente. (N. del m.)

 

 

20 y 21 preveían vientos entre 50 y 61 kilómetros por hora, pero en un tanto

 

por ciento muy bajo (0,1). Naturalmente, la cumbre de Masada se encuentra a

 

más de mil pies de altitud y ello se notaba.

 

Pero el lugar que más nos impresionó -quizá porque se conserva tal y como la

 

dejaron los legionarios de Silva- fue la rampa de tierra y piedra prensadas que

 

se empina desde las profundidades hasta casi tocar el filo noroccidental de la

 

meseta (1). Aquel terraplén de asalto es, sin lugar a dudas, una de las

 

estructuras o “fórmula” de asedio del ejército romano más interesante del

 

mundo. La verdad es que, se encuentra francamente bien conservada. La

 

blancura de la rampa -cuya tierra fue extraída del llamado “promontorio

 

Blanco”, justo en el nacimiento de la misma- es deslumbradora. Durante

 

algunos minutos quedamos sobrecogidos y ensimismados ante la

 

contemplación del terraplén y del campamento de Flavio Silva. Ahora, 1900

 

años después de aquella lucha por la soberanía y libertad de un pueblo, el

 

Estado de Israel había vuelto a Masada, precisamente, como ya insinué, para

 

velar por esa seguridad…

 

Nuestro paseo por las ruinas de Masada se vio gozosamente interrumpido

 

cuando, a media mañana, los funiculares depositaron en la cumbre a los

 

cincuenta rezagados especialistas de Caballo de Troya. Al igual que hiciera

 

con nosotros, Curtiss les había puesto en antecedentes de “algunos” de los

 

detalles de la secreta misión. Y todos, como era previsible, se mostraron

 

entusiasmados con aquel segundo intento. Su permanencia en el campamento

 

Eleazar fue, en consecuencia, tan discreta y eficaz como era de esperar. Pero

 

aquellos amigos no eran portadores de buenas noticias precisamente…

 

—.(1) En los escritos de Flavio Josefo se dice en relación a esta rampa: “Ya que

 

el general romano Silva había construido una muralla en el exterior, alrededor

 

de todo este lugar, como ya hemos dicho anteriormente, y había de tal manera

 

construido una previsión muy adecuada para evitar que cualquiera de los

 

sitiados huyera, se dedicó al asedio propiamente, aunque encontró tan sólo un

 

lugar donde fuera posible edificar la rampa que tenía proyectada, ya que detrás

 

de aquella torre que protegía el camino del palacio, y hasta la cumbre de la

 

colina por la parte oeste, había una cierta eminencia de la roca, muy ancha y

 

prominente, y sólo trescientos codos (500 pies) por debajo de la parte más

 

elevada de Masada. Era llamado el “promontorio Blanco”. Por tanto, se fijó en

 

aquel lugar de la roca y ordenó a sus soldados que trajeran tierra, y cuando se

 

aplicaron a esta tarea con ardor gran cantidad de ellos, se levantó la rampa que

 

era sólida, de doscientos codos (330 pies) de altura, y, sin embargo, no se

 

consideró esta rampa lo suficientemente alta para el uso de las máquinas

 

guerreras que habían de instalarse allí y se elevó sobre esta rampa otra alta y

 

grande, hecha de grandes piedras unidas, que medía cincuenta codos, tanto de

 

altura como de anchura.” (N. del m.)

 

 

Por encargo de Curtiss habían hecho acopio de una amplia muestra de la

 

prensa internacional de aquellos días. Tanto el general como el resto del grupo

 

intuíamos que el reciente derribo del Boeing 727 libio sobre la península del

 

Sinaí podía arrastrar pésimas consecuencias en el ya deteriorado panorama

 

político de Oriente Medio. No nos equivocamos. Los comentarios y

 

reacciones de medio mundo fueron unánimes: el ametrallamiento del avión de

 

pasajeros y la muerte de 104 de sus ocupantes fueron condenados sin

 

paliativos. Los países árabes se mostraron especialmente agresivos, caldeando

 

aún más la atmósfera de preguerra hacia su vecino, Israel. La lectura de

 

aquellos periódicos ingleses, norteamericanos y egipcios, como digo, nos llenó

 

de confusión e incertidumbre.

 

La prensa de El Cairo, por ejemplo, calificaba el hecho de “asesinato

 

premeditado” y de un “nuevo y bárbaro crimen contra civiles árabes”. El

 

diario egipcio Al Ahram recogía también las declaraciones de un portavoz del

 

Gobierno de Sadat en las que, entre otras cosas, aseguraba que “el sionismo

 

israelí, que vive de la agresión, la usurpación y el delito, pagará cara esta

 

acción y recibirá su justo castigo, de manos de los árabes”.

 

Por su parte, los más prestigiosos diarios de Nueva York y Washington se

 

pronunciaban en los siguientes términos:

 

“La incursión israelí en el Líbano y el derribo de un avión de pasajeros sobre

 

el Sinaí despertaron en el mercado de valores de Nueva York el miedo a que.la situación en Oriente Medio empeore. Ello hizo caer en picado los precios de

 

los valores.”

 

“Nixon y el secretario de Estado USA, William P. Rogers, enviaron mensajes

 

de condolencia a Muamar Gadafi y al presidente de Egipto.”

 

En un editorial titulado “Tragedia en el Sinaí”, The Times decía que el

 

incidente no era sólo otro desgraciado hecho de

 

— Inicio de la Descripción del campamento —

 

Superficie de la meseta de Masada. En el triángulo sur, el campamento

 

Eleazar. 1, recinto subterráneo destinado a la estación receptora de fotografías

 

(Terraplén blanco). 2, escaleras que conducen a la cisterna subterránea. 3, la

 

laguna grande. 4, barracón destinado a los aseos. 5, comedor. 6, tiendas de

 

campaña. 7, portalón de la empalizada. 8, la ciudadela occidental. 9, el baño

 

ritual. 10, la muralla o casamata oriental. 11, muralla o casamata occidental.

 

12, vivienda de los zelotes. 13, el palomar. 14, taller de mosaicos bizantinos.

 

15, residencia de la familia real. 16, habitaciones de los zelotes. 17, pileta de

 

natación. 18, villa. 19, palacio Occidental. 20, la rampa romana. 21, Iglesia

 

bizantina. 22, edificio de los oficiales. 23, la torre occidental. 24, viviendas de

 

los zelotes. 25, cisterna abierta. 26, aerocarril. 27, puerta del camino o sendero

 

de las víboras. 28, almacenes. 29, baños. 30, palacio del Norte: terraza

 

superior. 31, terraza intermedia. 32, terraza inferior.

 

— Fin de la Descripción —

 

guerra, sino una matanza de civiles sin consideración. Y, como tal,

 

injustificada, si no totalmente premeditada.

 

El Dailv Telegraph calificaba la acción judía de brutal, asegurando que “la

 

matanza de civiles suponía un duro golpe a los intentos de Nixon para lograr

 

un acuerdo sobre el canal de Suez”.

 

Por último, porque la lista sería interminable, el Fitiancial Times escribía:

 

“Después de un período de cinco años de “no paz, no guerra Israel no quiere

 

arriesgarse a negociar un verdadero acuerdo de paz.”

 

En todo aquello, sin embargo, se percibía algo extraño. Por más que

 

repasamos los periódicos, en ninguno encontramos una sola reacción o

 

declaración del vehemente coronel Gadafi. El Boeing siniestrado era de su

 

país y, además, 55 de los 104 pasajeros fallecidos eran libios… ¿Por qué

 

guardaba un mutismo tan anormal? ¿Es que tenía algo que ocultar a la opinión

 

pública? ¿Por qué el avión se había desviado cientos de millas de cualquiera

 

de las dos rutas habituales de vuelo desde Bahrain, en los Emiratos Árabes, a

 

su aeropuerto de destino, en Alejandría? (1).

 

No disponíamos en aquellos momentos de los datos meteorológicos de la zona

 

en la jornada del 21 de febrero -fecha del siniestro-, pero se nos antojaba

 

difícil de creer que “las malas condiciones climáticas” (razón esgrimida en un.principio por la prensa judía) hubieran forzado al Boeing a violar el espacio

 

aéreo de Israel, justamente sobre un sector militar. Era, cuando menos,

 

sospechoso…

 

Las tímidas y escasas noticias procedentes de Tel Aviv tampoco arrojaron

 

demasiada luz sobre lo ocurrido en el centro del Sinaí. En una conferencia de

 

prensa celebrada en El Cairo, los periodistas aseguraron haber escuchado la

 

voz del comandante del Boeing 727, gritando: “Se nos dispara! Se nos dispara

 

desde el caza!” Naturalmente, como era de esperar, la prensa judía acusaba al

 

piloto de desobedecer las órdenes de los interceptores. El copiloto, Jean Pierre

 

L-lure, uno de los siete supervivientes, aseguró “que estaban aterrorizados y

 

que no siguieron las instrucciones de los cazas israelíes, decidiendo escapar”.

 

A las pocas horas del incidente, el jefe supremo de la Fuerza Aérea israelí,

 

general Mordekai Hod, y dos pilotos de Phantom cuyos nombres no fueron

 

revelados, celebraron otra rueda de

 

 

(1) Las rutas comerciales de vuelo desde Bahrain a Alejandría, en Egipto,

 

siguen, habitualmente, las siguientes direcciones: una hacia Damasco, y, desde

 

allí, sobrevolando el sur de Beirut y aguas internacionales del Mediterráneo, a

 

Alejandría. La segunda vía cruza la Arabia Saudí, sobre Buraida y el norte de

 

Medina, hasta adentrarse en Egipto. Al norte de Asuán, los aviones giran 90

 

grados, enfilando Alejandría. El Sinaí se encuentra en la bisectriz de ambas

 

aerovías. (N. del m.)

 

 

prensa. con el fin de informar sobre el gravísimo asunto. Según los militares

 

judíos, “se hicieron desesperados esfuerzos para obligar a aterrizar al Boeing.

 

Uno de los cazas incluso se aproximó lo suficiente como para hacer señas con

 

las manos a la tripulación del avión libio para que descendiese. Pero el 727

 

huyó -informaron los oficiales judíos-, para evitar un conflicto diplomático”.

 

Algún tiempo más tarde, la propia prensa de Israel lanzaría otra no menos

 

extraña explicación; “Temían que el Boeing viajara en misión de sabotaje a

 

Tel Aviv.” Y aunque, en efecto, las amenazas de los guerrilleros de

 

bombardear la mencionada ciudad fueron reales, en el fondo, nadie dio crédito

 

a ninguna de las “justificaciones”. Ni a las judías ni tampoco a las árabes…

 

Días más tarde, a su regreso de Estados Unidos, Curtiss nos informaría sobre

 

la verdadera “razón” de aquel lamentable derribo. Una causa que si era

 

suficientemente grave para los israelitas y que jamás admitirían

 

“oficialmente”…

 

Nada digno de mención sucedería ya en aquel viernes, 23 de febrero. El

 

equipo, intranquilo por aquellos sucesos, se hizo mil preguntas. Pero, por el

 

momento, todas sin respuestas. ¿Cómo podía afectar el envenenamiento de las.relaciones judío- árabes al desempeño de nuestra misión? Si todo

 

desembocaba en nuevas hostilidades o, lo que era aun peor, en una cuarta

 

guerra, ¿qué papel iba a jugar aquel medio centenar de norteamericanos,

 

perdido en lo alto de una solitaria montaña?

 

Al atardecer, poco antes de que los funiculares dejaran de funcionar,

 

sometiéndonos así a un forzoso aislamiento, Curtiss se las ingenió para

 

rodearse de varios de sus directores de proyecto y, en un apacible paseo por

 

las ruinas del sector norte -esta vez sin “guías” ni intrusos israelíes- impartió

 

las “consignas” a tener en cuenta al día siguiente, sábado:

 

-Debíamos estar atentos a la llegada del resto de los equipos. Una vez en lo

 

alto de la meseta, Caballo de Troya pondría en marcha la fase “verde” de la

 

operación.

 

Esta, como ya señalé, consistía, fundamentalmente, en el proceso de montaje

 

de la estación y, a partir de un determinado momento, de la “cuna”. Esta

 

última parte de la fase “verde” había sufrido sustanciales modificaciones, en

 

relación a su gemela de la mezquita de la Ascensión era la cumbre del monte

 

de los Olivos. La especial configuración de la “piscina” y del campamento

 

Eleazar exigía otro tipo de táctica para mantener alejados a los judíos durante

 

el proceso de ensamblaje de los scanners ópticos y del resto del instrumental

 

“clasificado”. El pacto inicial de Curtiss con el Gobierno de Golda Meir, por

 

el que el personal israelí debería abandonar la estación mientras durasen los

 

mencionados y secretos trabajos, seguía en pie. Pero nadie estaba al tanto de la

 

argucia planeada por Curtiss.

 

Cuando uno de los directores se interesó por la “vara de Moisés” y por el

 

imprescindible combustible para el módulo -en especial por la fórmula elegida

 

para introducirlo clandestinamente en Masada-, el general se limitó a repetir:

 

-Calma. Todo está previsto.

 

El ocaso puso punto final a los febriles trabajos de los israelitas.

 

Excepcionalmente, dada la urgencia y naturaleza de la Operación Eleazar, los

 

turnos de montaje de Charlie y del tanque de almacenamiento fueron liberados

 

de la sagrada obligación de guardar el sábado. Apoyados por grandes pantallas

 

alimentadas a base de gas, los técnicos encerrados en la cisterna subterránea y

 

en la gruta prosiguieron sus faenas toda la noche. El resto del campamento

 

quedó sumido en una casi total oscuridad, apenas rota por las mortecinas

 

botellas instaladas en el interior de las tiendas y del comedor. Por obvias

 

razones de seguridad, el Ejército había prohibido la utilización de reflectores

 

en la superficie de la meseta. Ni siquiera cuando el grupo electrógeno entró en

 

funcionamiento se quebró esta rígida norma. La integridad física de la estación

 

y del centenar de hombres que formábamos el campamento así lo requería.

 

Éramos una “simple y pacífica expedición arqueológica” y, en consecuencia,.la presencia de focos en el triángulo sur de Masada sólo habría servido para

 

levantar sospechas.

 

Al clarear del día siguiente, cuando nos disponíamos a desayunar, echamos en

 

falta a Curtiss y a varios de los oficiales jefes del campamento. Bahat,

 

adivinando nuestras preguntas, nos invitó a que echáramos un vistazo desde el

 

filo oriental de la roca. Y hacia allí nos encaminamos, presa de una notable

 

curiosidad- Sinceramente, en aquellos momentos nadie recordaba las palabras

 

del general sobre la llegada del último tercio del material.

 

Desde el portón de entrada del llamado “camino de serpiente o de las víboras”

 

-una zigzagueante y angosta trocha que asciende hasta lo alto de Masada por

 

su cara este (1)- surgió ante nosotros una visión difícil de olvidar: muy cerca

 

de la base del aerocarril, ocupando prácticamente la explanada contigua, se

 

agrupaba una estimable manada de camellos o dromedarios (desde aquella

 

distancia era difícil precisar).

 

El grupo entró en una encendida polémica en torno a las posibles razones de la

 

presencia en Masada de aquellos animales

 

 

(1) Este escarpado sendero arranca prácticamente de las actuales instalaciones,

 

al pie de la montaña, a unos 1200 pies de la cima. A buen paso se precisan 40

 

o 50 minutos -quizá más- para recorrerlo. Sus piedras escalonadas” fueron

 

dramáticamente descritas por Flavio Josefo. Los israelitas aconsejaron el uso

 

del mismo para el transporte del material hasta lo alto de la meseta. (N. del m.)

 

 

del desierto. ¿Es que el cargamento había llegado a lomos de los mismos? Y si

 

era así, ¿por que?

 

El debate terminó con la llegada de unos de los militares judíos. Se nos

 

reclamaba junto a la estación de radio. Minutos mas tarde una veintena de

 

hombres de Caballo de Troya embarcaba en el funicular, rumbo a las

 

instalaciones de la base.

 

El insólito y multicolor espectáculo que nos aguardaba al pie de la roca nos

 

dejó sin habla. Curtiss y varias decenas de israelíes se afanaban en la descarga

 

de una serie de voluminosos bultos, ayudados en todo momento por los

 

miembros de aquella caravana beduina. Alrededor de cuarenta o cincuenta

 

dromedarios los famosos “barcos del desierto”- se apretaban nerviosos frente a

 

la plataforma del aerocarril. De sus gibas colgaban -por ambos costados- unos

 

fardos enmallados que contenían arcones, enseres domésticos y hasta

 

pequeños corderos. A cierta distancia, entre las dunas, permanecían otras seis

 

u ocho bestias, portando grandes baldaquines descubiertos en los que se

 

distinguían mujeres y niños..Los nómadas, ataviados con largos albornoces negros de lana, sin mangas y

 

con las cabezas cubiertas con gorros de pelo de camello y airosos pañolones

 

rojos y blancos, desenganchaban las banastas, que eran trasladadas de

 

inmediato al interior de las cabinas del aerocarril. Por un momento me

 

pregunté para que necesitábamos en el campamento todo aquel ajuar, con los

 

corderos incluidos. Los beduinos habían obligado a los dromedarios a

 

arrodillarse, manteniéndolos en esta más asequible posición gracias a una

 

cuerda que unía las cabezas de los animales con una o ambas rodillas.

 

Terminada la operación, los dromedarios fueron desatados y uno de los

 

voluntariosos árabes -el que parecía el jeque o jefe de la tribu- se despidió del

 

oficial de máxima graduación con un seco “Salaam aleikuni” (“La paz sea

 

contigo”). El israelí correspondió con otra leve inclinación de su cabeza,

 

respondiendo “Aleikum as salaam” (“Que contigo sea”).

 

Y beduinos y dromedarios tomaron la dirección de las dunas, uniéndose al

 

grupo de las mujeres.

 

Me hallaba tan fascinado por aquellos increíbles ejemplares humanos que, de

 

vuelta a la roca, casi no presté atención a las explicaciones del general sobre

 

los fardos que acababan de ser descargados y sobre su insólito periplo.

 

Al parecer, si no recuerdo mal, tres días antes, la caravana en cuestión se había

 

hecho cargo del citado último tercio del instrumental, perfectamente

 

camuflado en los bultos. La recogida del cargamento tuvo lugar la noche del

 

21, miércoles, en un punto al noroeste de Qumrán, en pleno desierto de Judá.

 

Aquella zona era frecuentada desde tiempo inmemorial por las caravanas de

 

beduinos que iban y venían de Arabia. Muchas de estas tribus traficaban con

 

armas o cambiaban vino por mujeres, cruzando con libertad la frontera de la

 

antigua Jordania. Supongo que, por un alto precio, aquella tribu o clan de los

 

nobles shammar (1) había aceptado la misión de transportar hasta Masada lo

 

que, oficial y aparentemente, sólo era un prosaico conjunto de cacharros y

 

enseres domésticos, “necesarios en todo campamento” Los beduinos se

 

volvieron mudos y sordos ante la generosa recompensa de los israelíes…

 

Verdaderamente el plan de la Inteligencia judía funcionó a la perfección.

 

¿Quién hubiera imaginado que entre los fardos de aquella austera caravana

 

viajaba un sofisticado equipo de recepción de fotografías vía satélite?

 

Siempre distantes de las carreteras y de los núcleos de población, los shammar

 

habían caminado de noche -descansando durante el día- por una intrincada red

 

de cañadas y senderos, en pleno desierto, que conocían y frecuentaban desde

 

hacía siglos.

 

Pero la misión de los beduinos no había terminado. Aquel mediodía,

 

correspondiendo a una invitación del jeque de la tribu para participar en el

 

siempre complejo ritual de la preparación y degustación del café, Curtiss.tendría la oportunidad de maquinar un nuevo y astuto plan. Una estratagema

 

que nos “cubriría las espaldas” en el crítico momento del lanzamiento del

 

módulo…

 

Aquel trabajo fue bien venido. El aislamiento en lo alto de nuestro

 

“portaaviones” de piedra, sin suministro eléctrico ni distracción alguna y con

 

medio centenar de hombres, mano sobre mano, empezaba a preocuparnos. así

 

que, espontánea y voluntariamente, el grupo de Caballo de Troya se ofreció a

 

transportar los fardos y a depositarlos -con el resto de los bloques de color

 

naranja- en el fondo de la “piscina”. Oficialmente, la fase “verde” acababa de

 

ser inaugurada…

 

Curtiss, que, como decía, fraguaba algo en su cerebro, nos pidió que

 

apartásemos la media docena de corderos. Y el personal lo hizo encantado,

 

sujetándolos a uno de los vientos de la tienda del general. Algunos de los

 

muchachos, compadecidos por los lastimeros balidos de las frágiles crías, se

 

erigieron en improvisadas “nodrizas”, diezmando las reservas de leche de la

 

cocina. La verdad es que no hubo malas caras entre los cocineros

 

 

(1) Los shammar constituye una de las mas nobles y antiguas tribus beduinas

 

de la Arabia septentrional. Se subdivide en cuatro grandes fracciones tribales:

 

los abde, los singiara, los aslam y los turnan. Los shammar se consideran

 

qathanitas, es decir, descendientes de Qathar. Este, junto al mítico Ismael, es

 

reconocido como uno de los fundadores de varias estirpes del pueblo

 

musulmán. Se supone que los shammar se asentaron en la región comprendida

 

entre el Yébel Agia y el Yebel Selma, al sur, y el temible desierto del Gran

 

Nefud, al norte. (N. del m.)

 

 

israelíes. Allí, lo único que sobraba era comida y aburrimiento.

 

(Cada mañana, puntual y religiosamente, el funicular nos abastecía de pan

 

caliente, leche y de aquellas viandas que empezaban a escasear en las

 

despensas del barracón.)

 

Hacia las dos de la tarde, el general tomó sus seis corderillos y, acompañado

 

por Bahat, el supervisor, cruzó el portalón de la empalizada dirigiéndose a la

 

plataforma del aerocarril. El paciente Curtiss encajó con deportividad las

 

chanzas de judíos y norteamericanos, divertidos ante la poco usual estampa de

 

todo un general de la USAF pastoreando un rebaño. Cuando interrogué a

 

Eliseo sobre las intenciones del jefe de la operación, mi hermano se encogió

 

de hombros. Nadie en el campamento Eleazar tenía la menor idea de por qué

 

se había hecho cargo de los animales. La posible explicación debía de estar en

 

el interior de la larga tienda negra de lana de cabra que habían levantado los

 

shammar aquella misma mañana sobre las amarillentas dunas que se extienden.al noreste de la montaña, a un tiro de piedra de los restos del campamento

 

romano “B” (1). Era evidente que los beduinos tenían intención de permanecer

 

en el lugar, al menos por algún tiempo. Pero esta circunstancia no parecía

 

inquietar a los militares israelíes. De todas formas, nos equivocamos cuando

 

dimos por hecho que, a su regreso a la cumbre, Curtiss nos aclararía el

 

misterio. Entre otras razones, porque el general no volvería a Masada. Hacia

 

las cuatro de esa tarde del sábado, el funicular dejó en la meseta a Bahat. Traía

 

el encargo de recoger las escasas pertenencias del general y bajarlas a toda

 

prisa a la plataforma base. El supervisor fue muy parco en explicaciones. Un

 

coche oficial aguardaba a Curtiss, había sido reclamado con urgencia por la

 

embajada USA. Horas más tarde, los oficiales encargados de la radio

 

recibirían una comunicación del propio general. Se hallaba en Tel Aviv a

 

punto de despegar hacia los Estados Unidos. Todo aquello conmocionó a los

 

hombres de Caballo de Troya. En los planes del jefe de la operación -al menos

 

que nosotros supiéramos- no figuraba aquel repentino viaje. ¿Qué estaba

 

pasando?

 

 

(1) El plan de asedio a Masada por el general romano Silva, como ya hice

 

mención, contemplaba la construcción de una muralla que abraiase la roca, así

 

como el levantamiento de ocho campamentos para unos 15000 hombres. Estos

 

“castros” se conservan en tan buen estado que, observados desde la cumbre o

 

desde un avión, parece como si acabaran de ser abandonados. Fueron

 

montados dos campamentos grandes -el ve1 “F”- y otros seis mas pequeños.

 

El primero, al este de Masada, el “F”, al Oeste. Ambos se hallaban fuera de la

 

muralla de circunvalación y son casi gemelos, tanto en dimensiones -140 x

 

180 yardas el x’ 130 x 160 el “F’.- como en su planificación. La mitad del

 

grueso de la X Legión orfreterisis, se alojó en el “B”, y el resto en el “F”. Este

 

último campamento, según Josefo, fue el cuartel general de Silva durante el

 

asedio. (N. del m.)

 

 

Las últimas palabras del mensaje de Curtiss, sin embargo, parecían

 

tranquilizadoras: “Empiecen sin mi. Regresaré a tiempo.”

 

El resto de la jornada transcurrió casi sin sentir. Los hombres se refugiaron en

 

las tiendas o en el comedor, discutiendo y polemizando sin cesar sobre tan

 

inesperada partida.

 

Bien entrada la tarde-noche, las encendidas tertulias fueron momentáneamente

 

interrumpidas por la presencia en la cumbre de los Sikorsky.

 

De acuerdo con el programa previsto por los israelitas, una vez finalizado el

 

montaje de los depósitos de combustible, éstos serían llenados en el transcurso

 

de dos noches consecutivas: las del sábado y domingo. Para la mayor parte del.campamento, aquel trasiego de gas-oil constituyó uno de los peores suplicios

 

de toda la operación. Por razones de seguridad, los gigantescos helicópteros-grúa

 

israelíes -a cuyas panzas habían sido acoplados sendos tanques de 10

 

toneladas cada uno- sólo podían sobrevolar Masada en plena oscuridad y, a ser

 

posible, sin luces. El tronar de los rotores principales, con sus seis palas, fue,

 

como digo, una pesadilla. Cada hora, puntuales como relojes, una pareja de

 

Sikorsky tomaba tierra en el filo suroriental del triángulo, vaciando sus

 

cisternas. Fue inútil intentar conciliar el sueño.

 

Impacientes por verificar el buen funcionamiento del generador, los judíos -una

 

vez colmados los 5500 litros del tanque de diario- activaron a Charlie. Los

 

sistemas respondieron a la perfección y los técnicos, lógicamente, se

 

felicitaron mutuamente.

 

Hacia las cinco de la madrugada del lunes, 26 de febrero, el último S-64

 

despegaba de la cumbre, alejándose hacia el sur: a la base de Etzion. El

 

laborioso trasiego de casi 170000 litros de combustible había concluido. Un

 

mes más tarde, si todo seguía su curso normal, los helicópteros repetirían la

 

operación de llenado del tanque de almacenamiento. Pero antes, mucho antes,

 

tendrían lugar “otros” acontecimientos…

 

Mucho antes del amanecer del domingo, 25 de febrero, más de la mitad del

 

campamento Eleazar se hallaba en pie, desvelado por el incesante bramido de

 

los helicópteros. De común acuerdo, aunque los rostros de los hombres

 

denotaban un profundo cansancio, consecuencia de una noche de vigilia, los

 

oficiales judíos y los directores de Caballo de Troya fijaron aquella misma

 

mañana para el inicio del ensamblaje de la estación receptora de imágenes. Sin

 

embargo, la mayor parte de la jornada fue destinada a labores preliminares,

 

apertura de los falsos bloques de piedra y de los fardos y, muy especialmente,

 

a una exhaustiva serie de pruebas del cierre eléctrico que debía cubrir la

 

“piscina”. Cuando los técnicos de ambos bandos quedaron satisfechos, el

 

“techo” de la futura estación fue cerrado, iniciándose, como comentaba, las

 

labores previas de desembalaje.

 

Judíos y norteamericanos, hombro con hombro, nos empeñamos con ardor en

 

lo que, para las dos partes, significaba una misión de “vital importancia”. Para

 

ellos en un sentido y para Caballo de Troya, naturalmente, en otro muy

 

diferente…

 

Solo siete de los veintiséis cubos de “piedra” naranja -previamente marcados

 

con un círculo negro- fueron respetados. Para nuestros “amigos”, aquella parte

 

contenía el instrumental “clasificado”, que sólo podía ser abierta y manipulada

 

por nosotros. Prudentemente, con el fin de evitar desagradables “confusiones”

 

a la hora de manejar el material, los siete “cajones” en cuestión fueron aislados

 

en el centro del foso y convenientemente precintados. Al establecerse los.turnos de trabajo -el plan preveía cuatro de seis horas cada uno-, los directores

 

norteamericanos designaron a tres de los diez especialistas USA (cada turno

 

estaba formado por dos brigadas -judía y norteamericana- de diez hombres por

 

brigada) que integraban las respectivas “partidas”, con el solapado fin de que

 

“no perdieran de vista” tales bloques. Merced a este sutil procedimiento, la

 

“cuna” estuvo protegida día y noche.

 

Conforme fueron pasando los días y la estación empezó a tomar forma, Eliseo

 

y yo caímos en la cuenta de otro “detalle”, magistralmente planeado por el

 

equipo de directores. Como ya dije, una de nuestras muchas preocupaciones,

 

desde que ascendiéramos a Masada, había sido la inevitable antena parabólica,

 

prevista en el centro de la estación. Nuestra torpeza no tuvo perdón. Al situar

 

los siete bloques de “piedra” en mitad del foso, Curtiss, astutamente,

 

imposibilitó el inicio del ensamblaje de la referida parábola, que, en

 

condiciones normales, podía simultanearse con el levantamiento del resto de

 

los equipos. Esta “maniobra” nos beneficiaría considerablemente. (El

 

asentamiento del módulo, como iremos viendo, fue fijado en el área que debía

 

ocupar la parábola de 26 metros de diámetro.) Por otra parte, en buena lógica

 

y con la finalidad de no entorpecer la labor de los técnicos, los israelitas se

 

mostraron conformes con la propuesta de sus aliados: la instalación y las

 

pruebas de la parábola se llevarían a cabo en el último momento.

 

Hasta el martes, 27 de febrero, no se iniciaría el ensamblaje propiamente dicho

 

de la estación receptora de fotos del Big Bird. El lunes, finalizada la operación

 

de trasiego de gas-oil, los israelitas, siempre minuciosos y desconfiados,

 

colaboraron en el desembalaje de los equipos pero sus esfuerzos y máxima

 

atención se centraron en la infraestructura que debía “mover” aquella compleja

 

red de instrumentos e instalaciones. Buena parte de sus hombres permaneció

 

bajo tierra, verificando y probando una y otra vez los sistemas de aireación,

 

suministro de combustible, tendido eléctrico, etc.

 

Recuerdo que la llegada de la prensa -hacia el mediodía de dicho martes- trajo

 

una prudente relajación en el campamento. Aunque las reacciones contra el

 

derribo del 727 libio seguían siendo extremadamente duras (1). las

 

tranquilizadoras declaraciones de Hafiz Ismail, consejero de Seguridad

 

Nacional de egipto -bautizado como el Kissinger egipcio- arrojaron algo de

 

luz sobre el tormentoso presente en Oriente Medio.

 

“A pesar del incidente en el Sinaí -decía Ismail en Washington-, aún hay

 

esperanzas de paz.”

 

Al mismo tiempo, Dayán pedía un teléfono rojo para unir Israel con otras

 

capitales árabes, a fin de exitar sucesos como el del Boeing.

 

Pero, lo que causó un especial impacto fue el súbito viaje de Golda a Estados

 

Unidos. Según los periódicos judíos, la primer ministro llegaría esa misma.noche del martes, 27 de febrero, a USA. Fuentes oficiales adelantaban que “la

 

visita tenía como objetivos prioritarios la celebración de conversaciones con el

 

presidente Nixon y otras altas autoridades y, presumiblemente, la negociación

 

de la compra de aviones de combate Phantom”.

 

Si teníamos en cuenta que el sábado, día 24, el ministro israelí Galill había

 

declarado al Jerusalem Post que la referida visita de Golda a los Estados

 

Unidos se produciría a principios de marzo (2), ¿podíamos interpretar

 

semejante cambio de planes?

 

Instintivamente, los hombres de Caballo de Troya asociamos este inesperado

 

vuelo de la primer ministro judía a Washington con el no menos repentino

 

viaje de nuestro jefe, el general Curtiss.

 

“Algo” especialmente grave sucedía…

 

Era curioso y significativo. Por más que buceamos en la maraña de noticias no

 

logramos hallar una sola que hiciera alusión al pensamiento o intenciones del

 

coronel libio Gadafi. Habían pasado seis días desde el derribo del 727 e,

 

inexplicablemente para los observadores políticos, el mesiánico y polémico

 

líder de la revolución libia seguía mudo. Horas antes, en Bengasi, durante los

 

funerales por las víctimas del Boeing, miles de libios habían estallado,

 

gritando: “Venganza, Gadafi, venganza!” Portaban carteles en los que se leía:

 

“Las almas de los mártires del Sinaí sólo descansarán con la venganza” y “Ojo

 

por ojo y diente por diente”.

 

 

(1) El rey Hassan II de Marruecos llegó a anunciar que enviaría tropas a Siria

 

en el mes de marzo. Por lo visto, estaba convencido que Israel “atacaría a sus

 

hermanos sirios por las alturas del Golán”. (N. del m.)

 

(2) En el transcurso de la visita del Kissinger egipcio a USA -la primera de un

 

representante del Gobierno de Egipto desde la guerra de los Seis días (1967)-,

 

la Casa Blanca anunciaría también la llegada de Golda Meir a Estados Unidos

 

para primeros de marzo. (N. del m.)

 

 

El tumulto alcanzó tal grado de histerismo y violencia que Gadafi se vio

 

obligado a escapar de las masas en un Land-Rover, pero, como digo, el

 

dirigente libio no hizo manifestación alguna.

 

Los egipcios, por su parte, también se habían lanzado a las calles, clamando

 

venganza y coreando un grito que nos llenó de espanto: “Guerra, guerra.

 

Sadat!”

 

Dios mío! ¿En qué podía desembocar todo aquello? Quizá la mejor síntesis

 

fue hecha por el entonces ministro de Asuntos Exteriores de Egipto, Mohamed

 

Hassan el Zax’vat: “Oriente Medio -declaró el lunes, 26 de febrero- está

 

próximo a estallar. Nuestro país debe emprender todos sus esfuerzos.nacionales, tanto políticos, militares como económicos, para finalizar la actual

 

situación.”

 

Estas manifestaciones -formuladas después de la reunión de los embajadores

 

árabes en El Cairo para tratar sobre el incidente del Sinaí- conmovieron muy

 

especialmente a los militares judíos del campamento Eleazar. Pero,

 

prudentemente, guardaron silencio, negándose a hacer comentarios. Las

 

medidas de seguridad en torno a nuestra base y en las instalaciones del

 

aerocarril, eso si, fueron discretamente intensificadas. Noticias procedentes de

 

Damasco -donde había tenido lugar una reunión de guerrilleros palestinos,

 

presidida por Yasser Arafat, líder de la OLP (Organización para la Liberación

 

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de Palestina)- advertían de un inminente recrudecimiento de los atentados

 

terroristas contra Israel, “en todo el mundo y a todos los niveles”.

 

Aquella tarde, a petición de los israelíes, se celebraría en el campamento una

 

reunión secreta y urgente en la que participaron nuestros directores, en calidad

 

de representantes de Curtiss. Al día siguiente, el centenar de hombres tendría

 

ocasión de conocer y experimentar algunas de las medidas “especiales”

 

adoptadas por nuestros superiores…

 

Finalizada dicha reunión, la tienda que albergaba la radio experimentó una

 

inusitada actividad. Los oficiales judíos entraban y salían de la misma

 

impartiendo órdenes al personal a su cargo. A raíz de una de aquellas sigilosas

 

comunicaciones con la estación de la plataforma base del aerocarril, la grúa y

 

los tractores empezaron a ser desmontados a gran velocidad. Hacia las diez de

 

la noche, el eco del motor de un helicóptero, golpeando como una gigantesca

 

maza la pared oeste de Masada, nos sacó de los albergues. A los pocos

 

minutos otro poderoso Sikorsky (S-64) hacía estacionario a tres metros de la

 

cumbre. Y allí permaneció, sin tocar tierra, hasta que el container, con el

 

material despiezado, fue convenientemente asegurado a las poleas de su

 

panza. Después se perdería como una sombra, recortándose entre las estrellas.

 

De acuerdo con el Estado Mayor judío, las ruinas arqueológicas de la montaña

 

fueron definitivamente abiertas al público en la mañana del miércoles, 28 de

 

febrero. El tiempo había mejorado en los últimos días y, por expresa

 

recomendación de el Mossad, no convenía levantar sospechas manteniendo

 

cerrado el acceso a la cumbre. Si, como se esperaba, las acciones guerrilleras

 

volvían a multiplicarse, una parcial “normalidad” en Masada podía ser una

 

excelente fórmula para desviar la atención de los palestinos. La presencia de

 

turistas, aunque escasos, entrañaba también algunos riesgos. Pero la

 

Inteligencia judía y los militares del campamento Eleazar supieron resolverlo

 

satisfactoriamente. Desde aquella misma mañana, todo recobró su ritmo

 

habitual, tanto en el funicular como en las ruinas del sector norte. Los.soldados “desaparecieron”, y frente al portalón de la empalizada fue levantado

 

un enorme cartel (en hebreo e inglés) en el que podía leerse:

 

OBRAS DE RESTAURACIÓN DE LA CIUDADELA OCCIDENTAL.

 

UNIVERSIDAD HEBREA DE JERUSALÉN.

 

SOCIEDAD DE EXPLORACIÓN DE TIERRA SANTA.

 

DEPARTAMENTO DE ANTIGÜEDADES DEL GOBIERNO DE ISRAEL.

 

SE PROHIBE EL PASO.

 

Ni que decir tiene que aquel “prohibido el paso” estaba prácticamente de más.

 

El único acceso al triángulo sur era por el citado portalón. Y éste, desde el

 

amanecer de aquel miércoles, estuvo ya permanentemente vigilado por dos

 

israelíes, cuya misión básica era identificar a cuantos entraban o salían. En la

 

“cumbre” secreta del día anterior, los directores y oficiales judíos se habían

 

puesto de acuerdo, entre otras cuestiones, para establecer rigurosos turnos de

 

vigilancia interior y exterior del campamento, así como un curioso sistema de

 

contraseñas. Me explicaré. Cada día -mientras durase la operación-, el jefe de

 

seguridad recibiría del Estado Mayor, y en clave, un nombre. Esta palabra era

 

transmitida por radio a las doce de la noche y era válida hasta la misma hora

 

del día siguiente. El invento tuvo que ser obra de alguien que conocía bien los

 

pormenores de las anteriores excavaciones arqueológicas de Yadin. A lo largo

 

de dichos trabajos, los miembros de la expedición -creo recordar que fue uno

 

de los voluntarios, domador de elefantes en su vida normal- encontraron entre

 

las ruinas (1) once pequeños y extraños ostraca o trocitos de alfarería con

 

inscripciones, que constituían en la antigüedad un material común y corriente

 

de escritura. (Conviene recordar que el papiro y el pergamino eran

 

 

(1) Yadin cuenta que este hallazgo se produjo en uno de los lugares

 

estratégicos de Masada: cerca de la entrada que conduce a las conducciones de

 

agua y próximo a la plaza que se encuentra entre los almacenes y edificio

 

administrativo, en un punto en el que confluyen todos los caminos que van a

 

la cima. (A’. del m.)

 

 

muy costosos.) Pues bien, en estos once ostracas -distintos a las 700

 

inscripciones halladas en Masada- aparecían sendos nombres, todos diferentes,

 

aunque, al parecer, escritos por la misma mano (1). Eran vocablos extraños.

 

Algo así como apodos o motes. Por ejemplo: “Joav” o “Joab” (un nombre

 

poco frecuente en la época del Segundo Templo y que venía a significar

 

“hombre especialmente valeroso”).

 

Otro de los nombres era el mítico Ben Yair, que, seguramente, hacía

 

referencia al caudillo zelote: Eleazar Ben Yair..Las contraseñas manejadas en aquellos días, en definitiva, se basaron en estos

 

apodos. De acuerdo con las necesidades del campamento, cada persona que

 

salía del mismo recibía el santo y seña del día. Sólo el jefe de seguridad y los

 

guardianes del portalón estaban al corriente de dicho nombre. Cualquier

 

improbable intento de penetración de un individuo ajeno a la operación se

 

habría visto condenado al fracaso.

 

Además de esta medida, los israelíes designaron de entre sus hombres libres

 

de servicio en la “piscina” un turno permanente de diez vigilantes,

 

responsables de la seguridad general del campamento. Nosotros, de acuerdo

 

con los planes del Ejército, fuimos relevados de tan ingrata misión. Aunque el

 

acceso a la cima de Masada por los acantilados oriental y occidental era casi

 

impracticable, los judíos establecieron seis puntos de observación (tres en

 

cada una de las vertientes citadas), estratégicamente repartidos en el interior

 

de la casamata. Con semejante despliegue, los trabajos en la meseta se vieron

 

continua y perfectamente protegidos.

 

“Demasiado protegidos”, lamentamos los hombres de Caballo de Troya,

 

imaginando que aquel férreo control del campamento Eleazar sólo podría

 

traernos “dolores de cabeza” en los decisivos momentos del despegue de la

 

“cuna”..

 

Pero Curtiss no era fácil de vencer.

 

La rutina era casi un milagro con aquel hombre. Y una vez más nos sorprendió

 

a todos. A las 12 horas del miércoles, 28 de febrero, cuando el primer turno de

 

trabajo -en el que me hallaba incluido- dio por terminado su cometido en la

 

“piscina”,

 

 

(1) Los arqueólogos piensan que estos once ostraca pudieron ser las

 

piezas utilizadas en el fatídico “sorteo” realizado por los zelotes.

 

Josefo escribe en este sentido: “Entonces, ellos escogieron por sorteo a

 

diez hombres, para que mataran a todos los demás; todos se tendieron en el

 

suelo al lado de su mujer e hijos, y poniendo su brazo por encima de ellos

 

ofrecieron el cuello al tajo de aquellos que, por sorteo, llevaron a cabo tan

 

triste labor; y cuando estos diez hombres sin miedo hubieron matado a

 

todos, siguieron la misma regla para echar a suerte entre ellos, que aquel a

 

quien le cayera en suerte primero, mataría a los otros nueve y después se

 

mataría.” (A’. del m.)

 

 

un sonriente y familiar rostro nos aguardaba al final de la escalerilla de acceso

 

al foso. Curtiss!

 

El general había regresado tan inesperadamente como se fue. Y, tal y como

 

tenía por costumbre, no hubo demasiadas explicaciones, al menos en las.primeras horas de su nueva estancia en el campamento. El personal libre de

 

servicio le rodeó asediándole con mil preguntas. Pero, incorruptible, se limitó

 

a interesarse por la marcha del ensamblaje de la estación. La verdad es que a

 

raíz del suceso del Sinaí y del empeoramiento de la situación internacional, los

 

oficiales judíos habían impreso un acelerado ritmo a las tareas de montaje.

 

Estaba claro que presentían algo y deseaban concluir la Operación Eleazar en

 

un tiempo récord.

 

Eliseo, los directores y yo mismo apenas si intercambiamos palabra alguna

 

con el general. Nos bastó mirarle a los ojos para comprender que ocultaba

 

“algo” especialmente grave. Decidimos esperar. Si lo deseaba, no tardaría en

 

hacérnoslo saber.

 

En efecto, así fue. Terminado el almuerzo, con la excusa de mostrarle a

 

Charlie y las admirables instalaciones llevadas a cabo en la cisterna

 

subterránea, los directores, mi hermano y quien esto escribe tuvimos

 

oportunidad de conocer ese “algo”.

 

Sinceramente, he dudado a la hora de transcribir esta parte de la operación.

 

¿Es que, transcurridos ya cinco años, beneficia a alguien el conocimiento de lo

 

que aconteció en aquellos primeros meses de 1973? quizá no. De lo que sí

 

estoy seguro -razón que en definitiva me ha impulsado a relatarlo- es de que el

 

mundo tiene derecho a saber cómo y hasta qué extremos es manipulado

 

secretamente por las grandes potencias. Dios mío!, qué ciegos estamos!

 

Somos ignorantes de lo que se cuece en los despachos de los políticos y de los

 

militares. Y lo peor es que muchas de esas “maniobras” y “operaciones”

 

confidenciales -como en el caso que me dispongo a exponer- han llevado y

 

seguirán llevando a la muerte, a la ruina y al caos a millones de inocentes…

 

Sirva, pues, de ejemplo cuanto voy a decir.

 

El general Curtiss nos explicó cómo fue reclamado con urgencia por el propio

 

Kissinger. El mismo día de su llegada a Nueva York -domingo 25-, el

 

entonces consejero del presidente Nixon le atendió en su apartamento de lujo

 

del hotel Waldorf Astoria. En el más estricto secreto, Curtiss recibiría dos

 

informaciones que justificaban sobradamente su precipitado viaje a USA y

 

que, por supuesto, le hicieron temblar.

 

La primera se refería al derribo del Boeing 727 libio en el corazón de la

 

península del Sinaí. Todos -ya lo expresé anteriormente- habíamos intuido que

 

aquel suceso obedecía a “razones especialmente graves.”. No era normal que

 

la Fuerza Aérea de Israel se dedicase a ametrallar aviones de pasajeros en

 

pleno vuelo…

 

Los agentes norteamericanos en Jerusalén y Tel Aviv -siempre en estrecha

 

conexión con la Inteligencia judía- habían confirmado un punto decisivo que,

 

obviamente, jamás sería “reconocido” por el Gobierno de Golda: en el.momento del encuentro de los cazas Phantom judíos con el 727, éste

 

sobrevolaba el área de Refidim. En dicho punto, en aquellas fechas, se hallaba

 

estacionado parte del arsenal nuclear israelí, (En octubre de ese mismo año de

 

1973, en el transcurso de las primeras y dramáticas horas de la guerra del Yom

 

Kippur -cuando el Estado judío se vio sorprendido por los ataques sirio-egipcios-,

 

el propio Parlamento de Israel llegó a contemplar la hipótesis de

 

utilización de una de sus bombas atómicas sobre la ciudad de Damasco. Pero

 

este tenebroso asunto nos llevaría muy lejos del verdadero objetivo del

 

presente diario.) (1)

 

 

(1) Nueve meses después del derribo del Boeing libio, el prestigioso

 

comentarista político Hassaneín Helkal, amigo personal del presidente egipcio

 

Sadat, daría a conocer (23 de noviembre) una información que ratificaba lo

 

apuntado por los servicios de información judío norteamericanos. Según

 

Heikal, Israel disponía ya en aquellas fechas de tres bombas nucleares y de la

 

capacidad para fabricar otras en un plazo de seis meses. “Los esfuerzos de los

 

israelíes por disponer de este tipo de armas -escribía el comentarista cairota-se

 

remontan a 1957; es decir, después de la guerra de Suez, en la que Israel,

 

ayudado por Gran Bretaña y Francia, atacó a Egipto. En aquella ocasión,

 

Francia vendió a los judíos un reactor atómico que fue instalado en Dimona.

 

Por su parte, los árabes también han pujado para conseguir bombas atómicas.

 

Que se sepa -proseguía Heikal-, en tres ocasiones:

 

“La primera, antes de que estallara la guerra de los Seis Días, en 1967. Pero la

 

falta de medios y la escasez de dinero les hizo desistir.”

 

“La segunda, después de 1967, cuando China comenzó a estrechar lazos con

 

los países árabes. Pero Pekín les aconsejó que, en este asunto, aprendieran a

 

depender de sí mismos.”

 

“La tercera fue protagonizada por el coronel libio Muammar el Gadafi, en

 

1970, cuando trató de comprar una bomba nuclear. El Club Atómico le

 

respondió que “las bombas atómicas no estaban en venta”.”

 

Un día antes de estas revelaciones del comentarista egipcio, otro prestigioso

 

periódico -el New York Times- insistía sobre el tema de las armas nucleares.

 

El diario norteamericano aseguraba que Rusia había enviado bombas atómicas

 

a Egipto, a raíz de la guerra del Yom Kippur, en octubre de 1973. Dichas

 

bombas se hallaban bajo el rígido control de los asesores soviéticos. Estas

 

informaciones, logradas por los servicios de Inteligencia de USA, fueron una

 

de las principales causas de que Nixon pusiera en estado de máxima alerta a

 

las tropas norteamericanas en el mundo durante la citada “cuarta guerra”

 

árabe-israelí. (El 26 de octubre de ese año de 1973, el presidente Nixon

 

declaraba al respecto: “La crisis mundial más difícil y grave desde 1962,con el.envío de misiles rusos a Cuba, ha tenido lugar durante la guerra del Yom

 

Kippur. Rusia se disponía a enviar a Egipto una “fuerza sustancial”, por

 

 

La desobediencia de los pilotos del avión libio, en definitiva, crispó los

 

nervios del Estado Mayor judío, que dio la orden de “neutralizarlo”. Lo que

 

nunca se averiguó -Kissinger, al menos, parecía no saberlo- es si el 727 llegó a

 

registrar información a su paso sobre Refidim o si, como opinaban algunos

 

sectores del Mossad, los planos secretos de dicha base viajaban en el referido

 

Boeing. En este supuesto, el desvío del avión podía obedecer a un afán de

 

ratificación de lo que ya tenían. De una u otra forma, la verdad es que la caída

 

del 727 segó de raíz ambas verosímiles posibilidades. (Hay que recordar que

 

las últimas -incluidos los siete supervivientes- y los restos del aparato fueron

 

controlados desde el primer instante por el Ejército de Israel.)

 

Si esto era cierto, el desacostumbrado silencio del coronel Gadafi sí estaba

 

justificado…

 

Según Kissinger, este incidente resultaba demasiado sospechoso como para

 

colgarle la etiqueta de “casual” o atribuirlo a una “desgraciada audacia” de los

 

libios, mortales enemigos de Israel. El Mossad estaba especialmente

 

preocupado por aquel sobrevuelo. ¿Cómo habían obtenido una información

 

tan altamente secreta? ¿Quién estaba detrás de los mediocres servicios de

 

espionaje de Libia?

 

La posible respuesta aparecía irremediablemente vinculada a la segunda

 

información proporcionada por el consejero presidencial a Curtiss. Una

 

información que hizo palidecer a nuestro jefe y a nosotros con él…

 

El bramido de Charlie era tal que Curtiss nos invitó a buscar un lugar más

 

sosegado. Pero antes, abriendo las páginas de un ejemplar del diario New

 

York Times exclamó, señalando el interior del rotativo:

 

-Fíjense en esto!… Mao también está aprendiendo inglés!

 

Desconcertados por el insólito comentario nos precipitamos sobre el periódico

 

que sostenía el general. En la página sexta, en efecto, entre otras

 

informaciones de las agencias United Press International y Associated Press

 

aparecía una breve y discreta reseña de una entrevista televisada en los

 

estudios de la NBC (National Broadcasting Company), en Nueva York. Los

 

protagonistas: Henry Kissinger y la temida periodista Bárbara Walters.

 

Con la excusa de su reciente viaje a China y de su entrevista con Mao Tse-Tung,

 

Bárbara había preguntado al consejero presidencial acerca del inglés del

 

líder chino.

 

-Lean, lean! -nos animó Curtiss-. Es un diálogo que no debemos olvidar!

 

—.lo que Estados Unidos puso a su Ejército en estado de máxima alerta…” (N.

 

Del m.)

 

 

Nos miramos con extrañeza. ¿Qué quería decir? ¿Por qué no debíamos

 

“olvidar” aquella trivialidad? Refiriéndose a un comentario anterior de

 

Kissinger -en el que afirmaba que Mao “usaba algunas frases en inglés”- la

 

periodista le formulaba la siguiente pregunta:

 

-¿Nos podría decir cuáles?

 

-Siéntese, por favor -respondía Kissinger.

 

-Eso es más de lo que usted puede decir en chino…

 

-Así es, en efecto.

 

Alguien del grupo interrogó a Curtiss sobre el interés de tan intrascendente

 

diálogo. El jefe, tras carraspear banalmente, lanzó una huidiza mirada a los

 

técnicos de mantenimiento del generador. Seguían distantes y ajenos a nuestra

 

conversación.

 

-Simplemente -sentenció con autosuficiencia-, no lo olviden. Puede sernos útil

 

en la fase “roja”.

 

Obedecimos sin rechistar. Al cabo de unos minutos, cuando hubimos

 

memorizado el diálogo, el general pasó un par de hojas, mostrándonos otra

 

“sorpresa”. Sobre la totalidad de la página dedicada a la habitual sección de

 

“Business-Finance” había sido cuidadosamente pegada una hoja de papel,

 

mecanografiada y con un encabezamiento que, en principio, no nos dijo gran

 

cosa: “EL RAPTO DE EUROPA.”

 

Por lo poco que alcanzamos a leer, aquel documento -tan diestramente

 

camuflado- hablaba de un plan secreto entre la Unión Soviética y nuestro país,

 

los Estados Unidos. Y digo que apenas si tuvimos tiempo material de pasar del

 

primer párrafo porque cuando Curtiss estimó que había enganchado nuestra

 

atención, cerró el diario dejándonos en suspenso. Ascendimos los escalones de

 

piedra, y una vez en el campamento el rostro del general sufrió una drástica

 

transformación. días después, con el arribo de los nuevos equipos, sus ojos

 

volverían a oscurecerse con una amargura similar.

 

El sol empezaba a teñir de violeta el horizonte del desierto, y sin prisas,

 

simulando un paseo, fuimos aproximándonos a la mitad oriental de la

 

empalizada. Allí, sentados sobre los sacos de tierra, a prudente distancia de los

 

atareados israelíes, tuvimos conocimiento del más sucio e inhumano proyecto

 

que pueda imaginar hombre alguno.

 

Curtiss abrió de nuevo el periódico y, con voz queda y destemplada, leyó

 

aquel documento: la segunda información -altamente confidencial-, facilitada

 

por Kissinger..En síntesis -porque la exposición del detallado plan podría ocupar muchas

 

páginas y no es éste mi verdadero objetivo-, tal y como habíamos leído,

 

estábamos ante un acuerdo secreto de los dos grandes -URSS y USA- para

 

provocar el hundimiento moral y económico de dos peligrosos “rivales” en el

 

concierto mundial: Europa y Japón. Ambos bloques estaban poniendo en un

 

grave aprieto los programas económicos y expansionistas de soviéticos y

 

norteamericanos. Pues bien, semanas antes, Moscú y Washington habían

 

trazado el llamado Rapto de Europa: Minos en clave (1) de una diabólica

 

maniobra. Tanto el corrupto Nixon como el frío y despiadado Brézhnev sabían

 

que la fórmula más eficaz para lograr sus propósitos era la utilización de una

 

nueva e infalible “arma”: el petróleo. Si Europa y el imperio nipón veían

 

cortados sus respectivos suministros de crudo, las economías de ambos

 

quedarían violentamente frenadas. Pero ¿cómo conseguirlo? ¿Cómo hacer

 

para que los pozos de Oriente Medio -principales “grifos” de alimentación de

 

pujanza del mundo occidental- fueran cerrados? Y, sobre todo, ¿cómo lograr

 

que ninguno de los “inspiradores” de este macabro proyecto se viera

 

descubierto o involucrado directamente?

 

Ni que decir tiene que semejante plan sólo era conocido por los muy allegados

 

a los citados Nixon y Brézhnev.

 

La Operación Rapto de Europa contemplaba una siniestra solución: una cuarta

 

guerra en Oriente Medio, así de simple y despiadado. Para ello -prosiguió el

 

general con una voz que parecía hundirse por momentos-, siempre de común

 

acuerdo, los “grandes” debían manipular todos los procedimientos a su alcance

 

para “estimular y dirigir los maltrechos sentimientos patrióticos de los árabes

 

contra el siempre odiado vencedor: Israel”.

 

Esa guerra había sido meticulosamente planeada desde el Kremlin y el

 

Pentágono. El documento establecía, incluso, las posibles fechas para la

 

contienda, su duración máxima, países que deberían enfrentarse al Ejército

 

judío, tácticas a seguir, tipo de equipos bélicos a utilizar, límites en los apoyos

 

logísticos y de material por parte de Estados Unidos y la Unión Soviética a sus

 

respectivos “aliados” y hasta el número de bajas estimado en las hostilidades

 

(2)

 

 

(1) El Rapto de Europa era un título tristemente inspirado en la mitología

 

griega. Europa, hija de Fénix, rey de Fenicia, se hallaba un día junto a la

 

orilla, cogiendo flores. En ese momento le llamó la atención la

 

presencia de un toro de pelo brillante y aspecto majestuoso, que yacia

 

entre los rebaños de su padre. Europa no imaginaba que se trataba del

 

dios Zeus, que había adoptado esta forma para raptarla. La muchacha se

 

acercó al animal, acariciándole Y el toro, gentilmente, dobló las.rodillas, permitiendo a la joven que montara sobre su grupa. De pronto,

 

el toro se incorporó, lanzándose al agua y arrastrando con el a la

 

infortunada Europa. Zeus la llevó hasta Gortina, en la costa meridional

 

de la isla de Creta. De la unión del dios y Europa nacieron Minos,

 

Radamantis y Sarpedon. El rey Asterion, de Creta, los adoptó,

 

convirtiéndose en el esposo de Europa. (N. del m.)

 

(2) Aunque me repugna recordar esta demencial historia, he aquí, muy

 

resumidos, algunos de los informes de la Operación Rapto de Europa:

 

Las fechas mas propicias para el ataque a israel fueron determinadas

 

inicialmente en tres momentos de 1973: en la segunda quincena de noviembre

 

 

Entre los métodos a seguir para “elevar la temperatura de preguerra” en la

 

zona, el plan Rapto de Europa especificaba una serie de escalonadas

 

movilizaciones de los ejércitos árabes (desde enero de 1973, Egipto

 

movilizaría sus reservas en 20 partes, en septiembre y en el mes de octubre.

 

De hecho, en enero de ese año, Sadat ordenaría al jefe del Estado Mayor

 

egipcio, gencral Shalli, la “puesta a punto” del cruce del canal de Suez. Con el

 

paso de los días, los rusos se inclinarían por la tercera fecha. Y el día D fue

 

fijado para el 6 de ese mes de octubre. El ciego odio de los árabes hacia los

 

judíos les impulsaría a elegir dicha fecha, no sólo porque el estado de la marca

 

en el canal era el mas favorable, sino, muy especialmente, porque ese día

 

coincidía con el décimo del Ramadan. (En tal fecha, en el año 624, el profeta

 

Mahoma inició los preparativos para la batalla del Badr, que sería el preludio

 

de su triunfante entrada en La Meca y del comienzo de la expansión del islam.

 

En el colmo de las coincidencias, ese 6 de octubre era el día del Perdón para

 

los israelitas: una solemne celebración religiosa en la que todo judío está

 

obligado a reconciliarse y solicitar disculpas a quien haya ofendido en el curso

 

del año. Durante el Yom Kippur o día del Perdón, todo se paraliza en Israel. El

 

maquiaselismo árabe y -¿por qué negarlo?- ruso-norteamericano llegó a estos

 

repugnantes extremos..”Un ataque masivo en dicha jornada -preveía el plan-resultará

 

ventajoso para los ejércitos atacantes: egipcios, sirios y jordanos..

 

Estos eran -según Rapto de Europa- los países árabes que soportarían el peso

 

de la nueva guerra. Otras naciones de Oriente Medio figuraban como “fuerzas

 

de apoyo y reserva.., tanto en el envío de tropas como de armamento en

 

general. A la hora de la verdad, el prudente rey jordano no caería en la trampa,

 

limitándose a enviar la Brigada 40 cuando la guerra llegaba a siete días y las

 

presiones sobre él se hicieron insoportables.

 

 

La duración máxima -¿permisible..!- de las hostilidades -revelaba el plan

 

secreto- será de 40 días. Efectivamente, el acuerdo final de aludir fuego.egipcio-israelí fue firmado el domingo, II de noviembre, por el general

 

Aharon Yariv, anterior jefe del Servicio de Información Militar judío y por el

 

también general egipcio Ismail Jamsi, jefe de operaciones del Ejército. (Desde

 

el 6 de octubre habían transcurrido 35 días.)

 

El plan general de ataque -bautizado con el nombre en clase de Chispa- se

 

basaba en dos fases: la primera, el cruce del canal de Suez y la consolidación

 

en el Sinaí de los ejércitos egipcios y, segunda, una invasión masiva y

 

simultánea de los altos del Golán por parte de las fuerzas sirio-jordanas. Con

 

el mas gélido pragmatismo, los “artífices de la guerra” habían previsto,

 

incluso, el número de bajas en soldados, blindados y acciones, en especial en

 

el frente del canal: el mas virulento.

 

En total, la operación de cruce podría costar cerca de 30000 bajas a los

 

egipcios, incluyendo 10000 muertos. El minucioso estudio ruso-norteamericano

 

especificaba cuál podía ser el contingente de fuerzas de ambos

 

bandos antes de la guerra. Israel dispondría de 30000 hombres, aunque era

 

factible una movilización de 300000 reservistas en 72 horas. En cuanto al

 

potencial bélico de los egipcios, sirios y jordanos, Rapto de Europa lo

 

estimaba en unos 500000 hombres (298000 egipcios, 132000 sirios y

 

alrededor de 7000 jordanos. Israel contaba con 1700 carros

 

 

siones), intensas campañas terroristas (1), intoxicación de la opinión mundial

 

contra Israel, difundiendo emisiones de radio que apuntasen hacia un

 

inminente ataque de los judíos en cualquiera de sus fronteras, falsas pistas y

 

comunicados a la prensa extranjera en relación al “deficiente material bélico

 

de los árabes” (2) y un pormenorizado etcétera que contribuyó aún más a

 

avergonzarnos.

 

La operación concluía con un no menos exhaustivo análisis de las posiciones

 

políticas y económicas de los países europeos y de Japón respecto a árabes y

 

judíos y de las “casi seguras” consecuencias de dicha cuarta guerra. Unas

 

consecuencias

 

 

de combate, de tipo mediano, contra unos 4000 de sus enemigos. La temida y

 

eficaz Fuerza Aérea judía disponía, a su vez, de 488 aviones de combate (12

 

bombarderos ligeros, 9 cazas F-4, 36 Mirages, 165 caza bombarderos

 

Skyhawks del tipo A-4, 24 cazas Baraks, 18 Super-Mystéres y 23 Mystéres

 

entre otros). Los atacantes sumaban algo más de 1200 aparatos, sin contar los

 

200 aviones egipcios “en reserva”.

 

Esta abrumadora desproporción de fuerzas y el factor sorpresa (los árabes

 

disponían de 16 preciosos minutos antes de que saltasen las alarmas

 

electrónicas de Israel) inclinaban la balanza de la guerra hacia el bando.atacante. Sin embargo, según el documento de Curtiss, la “victoria sería

 

parcial”. Es decir, las batallas tendrían un único objetivo doble: reconquistar

 

las alturas del Golán y parte del Sinaí y descargar un “golpe moral” sobre

 

Israel. Los suministros de munición y equipos militares a los contendientes -tanto

 

en el caso ruso como norteamericano- eran estimados en un máximo de

 

100000 y con una inversión tope en armas (antes del conflicto) de 1500

 

millones de dólares, respectivamente. El obstáculo que suponía la “no

 

presencia de asesores soviéticos en Egipto” -expulsados en julio de 1972- fue

 

salvado con el compromiso de sucesivas reuniones ruso-egipcias y, durante la

 

guerra, con un “puente” aéreo, a través de Yugoslavia. (En enero de ese año,

 

Sadat visitó al mariscal Tito, consolidando el derecho de tránsito de la URSS

 

sobre territorio yugoslavo.) (N. del m.)

 

(1) Entre los atentados y operaciones terroristas desplegados en los meses

 

previos a la guerra del Yom Kippur, cabe destacar -como simple muestra- el

 

asalto, el 29 de septiembre, a un tren que conducía a emigrantes judíos de

 

Moscú a Viena. En el momento en que dicho convoy llegó a la frontera entre

 

Checoslovaquia y Austria, dos guerrilleros palestinos se apoderaron de cinco

 

ciudadanos judíos y un funcionario austriaco de aduanas. En el transcurso de

 

las tensas negociaciones, el entonces primer ministro de Austria, Bruno

 

Kreisky, propuso que a cambio de la libertad de los rehenes se cerrara el

 

campamento de tránsito para los emigrantes israelíes de Rusia, situado en el

 

castillo de Schónau, cerca de Viena. La medida causó indignación en Israel,

 

forzando, incluso, un viaje relámpago de Golda Meir a Viena. (N. del m.)

 

(2) Entre los “engaños” árabes, recuerdo un extraño informe aparecido en la

 

prensa británica sobre “el pobre estado de mantenimiento de los misiles

 

antiaéreos en Egipto”.Las “fuentes” informantes-rusas, por supuesto-aseguraban

 

que dichas armas eran prácticamente inservibles. Después de la

 

cuarta guerra, Sadat declararía, con evidente regocijo, que “los israelíes

 

llegaron a tragar el anzuelo…” (N. del m.)

 

 

-como fatalmente así sucedería- que traerían la división entre los pueblos y el

 

negro estancamiento de las economías. (Ni Rusia ni Estados Unidos

 

dependían del crudo árabe.) En el caso del imperio nipón, por ejemplo, su

 

consumo de petróleo desde 1971 representaba un 8 por ciento de toda la

 

producción mundial. De ese porcentaje, el 75 por ciento procedía de los pozos

 

de Oriente Medio…

 

La “trampa”, en suma, era perfecta. En el fondo, el resultado de la contienda -”

 

predibujado” por Washington y Moscú- era poco importante. La clave de la

 

oscura operación era otra: forzar al mundo musulmán al cierre o recorte del

 

abastecimiento de crudo. El fantasma del alza de los precios del petróleo hacía.tiempo que planeaba sobre los países industrializados. Con esta “criminal

 

jugada”, Europa y Japón se verían forzados a tomar posiciones, bien a favor

 

del dinero judío o del vital flujo del crudo árabe. La neutralidad ante la guerra

 

era casi impensable. E, incluso en el caso de producirse, ni unos ni otros la

 

perdonarían.

 

La suerte de Japón y Europa estaba echada. (Basta lanzar una ojeada a los

 

meses que siguieron a la citada guerra del Yom Kippur para percatarse de la

 

magnitud del diabólico plan (1). Un proyecto que nadie se ha atrevido a

 

desvelar hasta hoy.)

 

 

(1) La gran crisis del petróleo -de la que todavía no se ha recuperado el

 

mundo- fue, en definitiva, el resultado del enfrentamiento de 6500000 árabes

 

contra 650 millones de europeos y japoneses. El 8 de noviembre de ese año de

 

1973, Arabia Saudita, el primer país exportador de crudo del mundo, cortaría

 

su producción de petróleo en un 31,7 por ciento, comparándola con la

 

producción de septiembre. Arabia Saudita planeaba para ese noviembre de

 

1973 una producción global de 9,1 millones de barriles diarios. Este cupo,

 

como digo, sería reducido a 3,44 millones/día. El ejemplo de Arabia sería

 

secundado por el resto de los países de Oriente Medio, cayendo así en la

 

“trampa” ruso-norteamericana. El 13 de noviembre, por ejemplo, el primer

 

ministro de Libia, Abdel Salam Jallud, declararía que el embargo de crudo a

 

Europa y Japón continuaría en tanto siguieran negándose a facilitar armas

 

modernas al mundo árabe. Europa se vino abajo y los países del golfo Pérsico

 

aprovecharon la “anemia y las disputas” de Occidente para intensificar la peor

 

de las guerras: la de la energía. Excepto Irán, los citados paises del golfo -que

 

representaban el 60 por ciento de la producción mundial de crudo-establecieron

 

tres frentes de “batalla”: uno, aumentando el precio del oro

 

negro en un 17 por ciento. El barril, con 158,9 litros, pasó a costar 3,65

 

dólares. Dos: Abu Dhabi, primero, y el resto de los países árabes, después,

 

decidieron suspender el envío de petróleo a cualquier nación que se declarase

 

partidaria de Israel. Además, redujeron su producción en un 10 por ciento y,

 

más tarde, en un 5 por ciento acumulativo. Y tres: tendencia a la

 

nacionalización de sus recursos e industrias derivadas. De haberse producido

 

la nacionalización absoluta, la medida se habría vuelto contra USA. Pero,

 

obviamente, eso no llegaría a ocurrir jamás… (N. del m.)

 

 

Era grotesco. Sentados sobre unos prosaicos sacos de tierra, acabábamos de

 

conocer uno de los secretos más celosamente guardado. Pero lo más

 

paradójico es que nosotros estábamos allí, en lo alto de Masada, en pleno

 

corazón de Israel, colaborando en el montaje de una estación receptora de.imágenes espías y, al mismo tiempo, los que se declaraban “amigos” de los

 

judíos -los Estados Unidos de Norteamérica- fraguaban y consentían una

 

guerra contra dicho aliado… ¿No era para enloquecer?

 

En opinión de Curtiss, el derribo del Boeing libio formaba parte de la campaña

 

orquestada por Rapto de Europa para instigar y promover el odio generalizado

 

hacia los israelíes, contribuyendo así al creciente deterioro de la atmósfera

 

política en Oriente Medio. En este sentido, Kissinger le había “insinuado” que,

 

según su servicio de Inteligencia, la información sobre el arsenal nuclear en

 

Refidim había sido suministrada a Libia, siguiendo un típico y tortuoso

 

camino que no infundiera sospechas a los receptores de tan alto secreto. La

 

sibilina operación fue activada a finales de 1972 por el GRU (1), servicio

 

secreto soviético, previo conocimiento y consentimiento de la CIA. Los

 

agentes rusos expulsados de Egipto en julio de 1972 por el presidente Sadat

 

habían logrado hacerse con preciosos y precisos detalles en torno a la

 

ubicación y naturaleza de las bombas atómicas judías. El Mukhabarat el

 

Kharbelyah (servicio de espionaje de El Cairo) había presionado a los asesores

 

soviéticos para que le informaran sobre tan apetitoso asunto. Pero Moscú se

 

negó en redondo. Como suele suceder en el tenebroso mundo de los servicios

 

de información, los egipcios, contrariados, no tuvieron escrúpulos en canjear

 

esta pista con los cada vez más numerosos hombres de la CIA en tierras

 

egipcias. A cambio, la Inteligencia USA les proporcionó informes (2) de

 

“segundo rango” y otros, “altamente secretos”.., y falsos.

 

El caso es que, una vez que los rusos abandonaron el país, los servicios

 

egipcios de espionaje -y, casi simultáneamente,

 

 

(1) GRU: Glavanoie Razviedilx’atelnoie Upravienie. (N. del m.)

 

(2) Los servicios secretos norteamericanos se multiplicaron en Egipto a raíz de

 

la citada expulsión de los asesores rusos. Sustanciosos créditos USA y una

 

paciente labor de la CIA, intoxicando al Mukhabarat el Kharbeiyah y al

 

Mukhabarat Elasma (servicio secreto de contraespionaje egipcio),

 

“convencieron” a Sadat de que Moscú podía arrebatarle el poder, dictando la

 

referida expulsión. Entre otros argumentos, la CIA esgrimió ante los egipcios

 

el hecho -totalmente falso- de que los servicios de información soviéticos

 

habían conectado con el partido comunista en El Cairo, con el fin de llevar a

 

cabo un estudio que situara a dicho partido comunista en el poder. Para ello

 

contaron con la ayuda de un falso agente chino que, en Kenia, contactó con un

 

miembro del servicio secreto de Egipto, informándole sobre las ansias de

 

hegemonía rusa en Egipto. (N. del m.)

 

—.los norteamericanos- se encontraron con varias sorpresas. Una de ellas, sobre

 

todo, fue especialmente grave. Durante su estancia en Egipto, los agentes del

 

Departamento de Tecnología e investigación del Ministerio de Defensa de la

 

URSS habían efectuado pruebas de guerra bacteriológica en el interior de las

 

pirámides.

 

Aquello conmocionó a la CIA. Por lo que le relató Ktsstnger a Curtiss, las

 

sorprendentes alteraciones de radiación dentro de dichas pirámides favorecían

 

en extremo el desarrollo de unas determinadas bacterias, altamente letales. Los

 

egipcios no supieron qué hacer con aquella peligrosa información. Pero la CIA

 

sí.

 

Aquel mismo verano de 1972, representantes del KGB soviético y de la CIA

 

concertaron una entrevista en terreno neutral: en París. Allí, unos y otros

 

confirmaron la veracidad de sus respectivas sospechas: los norteamericanos

 

sabían de las actividades rusas en las pirámides y Moscú, a su vez, del arsenal

 

atómico judío y de la asistencia técnica de Washington a los citados

 

emplazamientos nucleares. Y, como en ocasiones precedentes, establecieron

 

un pacto: cada parte archivaría lo que había descubierto en relación a la otra.

 

Ambos bandos tenían mucho que perder y, en consecuencia, el arreglo fue

 

rápido y sencillo.

 

Pero, al nacer el proyecto Rapto de Europa, rusos y norteamericanos, de

 

común acuerdo, decidieron utilizar una parte de aquella información, en

 

beneficio mutuo.

 

Era un secreto a voces que Francia venía suministrando armamento -en

 

especial aviones Mirage- a diferentes países árabes. Libia era uno de sus

 

clientes. Pues bien, Washington y Moscú extendieron su tela de araña

 

preparando una sutil trampa.

 

Casi a finales de ese año de 1972, tres agentes soviéticos en Francia -Alexei

 

Krojin, V. Romanov y Víctor Volodin (1)- recibieron de sus superiores un

 

dossier “altamente clasificado”, con la misión específica de que terminara en

 

manos francesas. El documento recogía una detallada y fiel información sobre

 

la posible base nuclear en Refidim (Sinaí). Uno de los agentes rusos

 

mencionado había organizado una red de espionaje dentro de la policía

 

política de Francia. La “filtración” del dossier, por tanto, no fue laboriosa. Lo

 

que ignoraban las autoridades galas, naturalmente, es que -paralelamente-,

 

Gadafi había recibido de

 

 

(1) Estos espías rusos -el primero fue tercer secretario de la embajada rusa en

 

París y jefe de entrenamiento del KGB en Francia; el segundo, agregado de

 

prensa; y el tercero, miembro de los servicios de seguridad de dicha embajada-fueron

 

expulsados de Francia a finales de 1972, merced a la denuncia de un.cuarto agente soviético -Fedosseiev-, que se pasó a los servicios secretos de la

 

OTAN en Inglaterra. (N. del m.)

 

 

los propios rusos algunas “insinuaciones”, dándole a entender que París

 

disponía de una preciosa información sobre el arsenal atómico de Israel. En

 

sus conversaciones con el coronel libio, los astutos soviéticos le aconsejaron

 

que pagara las altas cifras exigidas por Francia para la venta de los Mirages,

 

“siempre y cuando -en justa compensación-, los franceses “acompañaran” los

 

cazas del valioso dossier.” El temperamental Gadafi mordió el anzuelo,

 

frotándose las manos ante la magnífica posibilidad de obtener un secreto que

 

beneficiaría a sus hermanos árabes. La ambiciosa Francia cedió finalmente a

 

las pretensiones de Libia, cerrando la venta de veintiocho aviones Mirages (1).

 

A primeros de 1973, el documento en cuestión fue transferido al jefe de la

 

revolución libia.

 

El resto de la truculenta historia es fácil de imaginar. Con una más que notable

 

torpeza, Gadafi pudo haber encomendado a los pilotos del 727 que

 

confirmaran la información que obraba en su poder. El resultado final -de

 

todos conocido- “elevó la tensión en Oriente Medio”, tal y como deseaban los

 

“padres” de la Operación Rapto de Europa…

 

Cuando Curtiss finalizó su minuciosa y dramática exposición, un silencio de

 

muerte cayó sobre nosotros.

 

No era preciso que el general nos recordara el carácter “absolutamente

 

confidencial” de tan monstruoso plan, ni tampoco el grave riesgo que corrían

 

las vidas de todos los presentes, en el supuesto de que alguien se decidiera a

 

advertir a israelitas o

 

 

(1) Poco después de la llegada de los Mirages a territorio libio, tal y como

 

esperaban los responsables del Rapto de Europa, el Mossad israelí descubrió

 

la presencia de los cazas en Libia. Y el 21 de marzo, un avión de transporte

 

norteamericano C- 130, preparado para el espionaje electrónico y pilotado por

 

personal judío, a punto estuvo de ser derribado por dos cazas libios. El C-130,

 

con base en Atenas, pretendía corroborar las sospechas del Servicio Secreto de

 

Israel. Al ser atacado al sur de la isla de Malta tuvo que huir precipitadamente.

 

En aquellos momentos, la prensa internacional asoció este nuevo incidente

 

con el derribo del Boeing libio en el Sinaí. El Gobierno de Golda denunció la

 

presencia de aviones Mirage franceses en Libia, pero Francia, en el colmo del

 

cinismo, negó tal acusación. Como preveían los militares israelíes, dichos

 

cazas serían traspasados a Egipto. Pero las insistentes denuncias judías fueron

 

sistemáticamente desatendidas. El 26 de abril de 1973, el Consejo de

 

Ministros francés, bajo la presidencia de George Pompidou, llegó a publicar.una nota en la que se decía que, “hasta ahora, no había confirmación de los

 

rumores que circulan sobre el tema”. Horas después, el comentarista Yves

 

Cau, de Le Figaro, dejaría en entredicho al Gobierno de París, revelando que,

 

en efecto, los Mirages vendidos por Francia a Libia se encontraban en bases

 

egipcias próximas al canal de Suez. Dieciocho de los cazas salieron en la

 

primera semana de abril de Trípoli. El traslado definitivo se llevó a efecto días

 

después, escalonadamente, y con vuelos entre Tobruk y la base egipcia de El

 

Nasr. De allí pasaron a las bases de Benisueif y Fayum. (N. del m.)

 

 

árabes. Sencillamente, estábamos atrapados bajo la gigantesca envergadura del

 

propio secreto.

 

Alguien, al fin, se decidió a hacer un comentario, lamentando que todo un

 

presidente de los Estados Unidos fuera capaz de semejante aberración. Y

 

Curtiss, con las pupilas fatigadas, se apresuró a responder con unas frases que

 

resultarían proféticas:

 

-Nixon pagará por esto… Watergate será su verdugo.

 

Antes de retirarnos a las tiendas, el general hizo un último esfuerzo

 

aconsejándonos que olvidásemos y que nos entregáramos a nuestra verdadera

 

y secreta misión de paz. Kissinger, al interesarse por los preparativos de

 

Caballo de Troya para el “segundo gran viaje”, le había animado a ejecutarlo

 

“lo antes posible”. Si el plan de Moscú y Washington prosperaba, no habría ya

 

otras oportunidades. La enloquecida maquinaria de la guerra estaba en

 

marcha. Era preciso, pues, actuar con tanta cautela como diligencia.

 

A la mañana siguiente, jueves, 1 de marzo, durante la sobremesa, Bahat, el

 

supervisor, más excitado que nunca, se enfrascó en una agria polémica con

 

otros militares judíos. El motivo no fue otro que la repentina visita a Moscú

 

del ministro de la Guerra de Egipto. El general Ahmed Ismail Ah,

 

acompañado de representantes de todas las armas de su país, había iniciado en

 

la capital soviética una sospechosa ronda de conversaciones al más alto nivel.

 

Aunque esta cumbre egipcio-soviética aparecía rodeada de un impenetrable

 

secreto, el hecho de que Ismail Ah hubiera volado en un avión especial y

 

escoltado por altos oficiales de todos los ejércitos egipcios, infundió en Israel

 

un especial recelo. Para algunos de los técnicos que polemizaban con Bahat,

 

estábamos ante una peligrosa etapa de rearme egipcio. El supervisor, en

 

cambio, iba más allá: “Aquel súbito acercamiento de El Cairo y Moscú -expuso

 

con tanta vehemencia como razón- sólo podía ser el preludio de la

 

guerra.”

 

Curtiss, en silencio, les dejaba hablar. Al escuchar la palabra “guerra”, el

 

general, sosteniendo una elocuente mirada, nos dio a entender que Bahat no

 

iba descaminado en sus apreciaciones. Aquellos cinco días de entrevistas en la.Unión Soviética no tenían otra finalidad que “poner al corriente a los egipcios

 

de algunos de los capítulos esenciales del siniestro plan concebido por

 

Washington y Moscú”. Naturalmente, durante las cinco horas que duró la

 

reunión entre Ismail y Brézhnev, el premier ruso tuvo especial cuidado para

 

no levantar sospechas entre sus “amigos”, los egipcios, en relación a los

 

auténticos objetivos e inspiradores del proyecto Rapto de Europa. Cuando los

 

enviados de Sadat regresaron a El Cairo, la cuarta guerra era ya irreversible…

 

Aquel inevitable sentimiento de peligro -paradojas del destino!- beneficiaría

 

nuestros secretos planes. Israel, desconfiado siempre, activó sus defensas y

 

redes de información hasta límites insospechados, Y una de las consignas del

 

Estado Mayor judío, como digo, nos afectó de lleno: “La estación receptora de

 

fotografías tenía prioridad absoluta. No debían escatimarse hombres ni medios

 

para su fulminante puesta en marcha.”

 

Y los militares y técnicos judíos -y nosotros con ellos- se lanzaron a una

 

agotadora labor. La estación, ésta fue la orden, “debía iniciar sus primeras

 

recepciones de imágenes el 1 de abril .”

 

Ello nos proporcionaba un escaso margen de tiempo y, consecuentemente,

 

nuevas preocupaciones. La más grave, al menos en aquellos momentos, la

 

constituía el combustible de la “cuna”. Ni los directores del programa, ni

 

Eliseo ni yo teníamos la más leve idea de cómo y cuándo podía llegar hasta lo

 

alto de Masada. Por supuesto, nuestras noticias respecto a la “vara de Moisés”

 

eran igualmente nulas. Pero algo habíamos aprendido en aquella apasionante

 

aventura: a confiar en Curtiss, así que en el transcurso de la primera semana

 

de marzo, aunque estos interrogantes estaban en las mentes de todos, nadie

 

exteriorizó inquietud alguna. Sencillamente, trabajamos duro y esperamos…

 

Aquel jueves, al tener conocimiento del asalto a la embajada de Arabia

 

Saudita en Jartum (Sudán), por parte de guerrilleros de Septiembre Negro, el

 

campamento sufrió una nueva conmoción. Las acciones terroristas, tal y como

 

preveía el Mossad, seguían su imparable espiral, beneficiando así las

 

diabólicas maquinaciones de Rapto de Europa.

 

Por fin, al mediodía del sábado, 3 de marzo, nuestro jefe se decidió a hablar.

 

Tras hacernos con la contraseña del día -”Yehohanan” (Juan)-, cruzamos el

 

portón de salida, mezclándonos como unos turistas más con los escasos

 

visitantes de las ruinas. El general, los directores, mi hermano y yo

 

comunicamos a Yefet que deseábamos estirar las piernas y que estaríamos de

 

regreso en el último servicio del aerocarril. La tensión y el esfuerzo de

 

aquellos días habían sido tales, que los judíos lo comprendieron, no oponiendo

 

resistencia a lo que se suponía un relajante e inofensivo paseo por el llamado

 

“sendero de las víboras”..Y con el ánimo bien dispuesto dejamos atrás la cumbre, iniciando un pausado

 

descenso por el zigzagueante camino de la cara oriental de Masada.

 

Cuando nos encontrábamos a unos cien metros de la cima, Curtiss se detuvo.

 

Tomó asiento al filo del sendero y, con la cabeza baja, empezó a dibujar

 

extraños signos sobre la amarillenta y calcinada tierra. Su espíritu parecía más

 

reposado que en días anteriores. Finalmente, presa de una contagiosa

 

excitación, nos dio a conocer sus inminentes planes:

 

-Dada la celeridad con que discurren los trabajos en el campamento Eleazar,

 

es mas que probable que el lunes o martes próximos nos veamos obligados a

 

iniciar la fase secreta del ensamblaje de la estación. En ese momento -prosiguió

 

con una urbujeante euforia- activaremos la última etapa de nuestro

 

plan la “roja”. Como sabéis, los israelíes deberán desalojar la “piscina”.

 

El general hizo una pausa, como buscando las palabras y el tono adecuados a

 

lo que pretendía comunicarnos.

 

-.. Sé cuál va a ser vuestra respuesta -continuó, al tiempo que señalaba hacia lo

 

alto de Masada-, pero es mi obligación preguntároslo. ¿Están los hombres de

 

Caballo de Troya en condiciones de encajar un nuevo y considerable

 

esfuerzo?

 

-¿De qué clase? -fue nuestra obligada pregunta.

 

-Es preciso que el módulo esté listo para la tarde-noche del viernes, 9 de

 

marzo…

 

Nos miramos en silencio. Suponiendo que, en efecto, la fase secreta del

 

montaje arrancara el lunes o martes, ello significaba un margen de tres o

 

cuatro días…

 

Algunos de los directores movieron la cabeza, manifestando sus dudas.

 

-¿Para cuándo está previsto el lanzamiento? -intervino -Eliseo con su habitual

 

pragmatismo.

 

-Para esa misma noche del 9 -respondió el general sin rodeos-, si es que somos

 

capaces de situar la “cuna” en el centro del foso…

 

Creo que ninguno de los presentes dudaba de la eficacia y del espíritu de

 

entrega del medio centenar de especialistas que nos acompañaba desde el

 

principio de la misión. Lo que sí nos inquietaba -y así se lo expusimos a

 

Curtiss- era la falta de noticias en torno al combustible, a la “vara de Moisés”

 

y al resto de los equipos diseñados para la segunda exploración. Amén de -todo

 

esto, las reservas de helio -vitales para el funcionamiento de los

 

amplificadores maser(1)- tampoco habían llegado a lo alto de la roca. El

 

general, como nosotros, sabía que, sin las botellas de gas, los trabajos eran

 

inviables..Pero el jefe de Caballo de Troya, como hiciera en fechas anteriores, cuando le

 

manifestamos estas mismas inquietudes, no se alteró. Evidentemente, lo que le

 

preocupaba en aquellos momentos,

 

 

(1) Los dos amplificadores maser de la estación, como creo haber explicado

 

anteriormente, procesaban los datos con una pureza extraordinaria. Estos

 

sofisticados equipos requieren una temperatura permanente de 269 grados

 

centígrados bajo cero. (Es decir, sólo 4 grados más alta que la del cero

 

absoluto.) Para ello, debían sumergirse en helio 60, previamente licuado en un

 

criogenerador que formaba parte del instrumental. Este criogenerador o

 

coldbox había sido comprado a una importante multinacional suiza. Con

 

ayuda de turbinas de expansión, gradientes o etapas de gas e intercambiadores

 

térmicos de placas, se alcanzaba la temperatura requerida: -269 °C (4,2 K),

 

logrando la licuefacción del helio-gas. Lógicamente, sin esas reservas de

 

helio, el criogenerador y los maser no podían funcionar. (N. del m.)

 

 

era saber si podía contar, o no, con el supremo esfuerzo que solicitaba de

 

nuestros hombres. Cuando, al fin, arriesgándonos a asumir el sentimiento de la

 

mayoría, le garantizamos que la “cuna” estaría lista en el lugar y momento

 

deseados, Curtiss alivió la ansiedad general anunciándonos que, según los

 

planes, tanto el helio como el combustible para el módulo se hallaban en

 

camino. Ambos llegarían al campamento en la noche del día siguiente,

 

domingo… simultáneamente.

 

En previsión de un posible sabotaje palestino, el suministro de helio a la

 

estación receptora había sido planeado -siguiendo las recomendaciones del

 

Servicio de Información Militar israelí- de acuerdo con una doble vía.

 

Exceptuados, obviamente, los yacimientos rusos, el resto de las reservas

 

naturales de este gas noble está localizado en Canadá, Polonia y en mi propio

 

país: Estados Unidos. Esta circunstancia, el hecho de que USA monopolice su

 

extracción, manipulación y distribución por medio mundo, nos proporcionaron

 

una estimable ventaja. El abastecimiento se hallaba garantizado, tanto en

 

volumen como periodicidad.

 

En cuanto a la doble vía de suministro a Masada, judíos y norteamericanos

 

habían establecido dos puentes aéreos: uno desde Polonia y el otro desde

 

USA. Aviones cargueros, especializados en este tipo de trasiego, debían tomar

 

tierra en Israel en el curso de las primeras horas del domingo, 4 de marzo.

 

Pero un sospechoso accidente de aviación, acaecido en la noche del 28 de

 

febrero, obligó a cambiar parte de los planes, forzando a los responsables de la

 

Operación Eleazar a prescindir de uno de los referidos puentes de suministro:

 

el polaco..Esa noche del miércoles último, según las informaciones llegadas hasta

 

Curtiss, hacia las 23 horas, un aparato de las Fuerzas Aéreas polacas, tipo AN-24,

 

se había estrellado a unos seis kilómetros del aeropuerto de Varsovia.

 

Procedía de Golenion, cerca del puerto de Sczcecin, en el mar Báltico.

 

Aunque la visibilidad era buena, el aparato se incendió en el aire, muriendo

 

sus quince ocupantes. El Mossad no descartaba la posibilidad de un atentado.

 

El Gobierno de Polonia había sido previamente advertido de las intenciones de

 

transportar un determinado cargamento de helio a Israel -con fines puramente

 

“industriales”: como gas portador para cromatografía- y, “casualmente”, la

 

persona que estaba al tanto de dicha transacción comercial, el ministro polaco

 

del Interior, Wieslaw Ocieka, viajaba en dicho avión…

 

Como medida de seguridad, el Estado Mayor judío optó por olvidar la fuente

 

polaca. El suministro, por tanto, procedería únicamente de los yacimientos de

 

Estados Unidos.

 

El resto del paseo hasta la plataforma base del funicular discurrió en animada

 

charla. El general había logrado contagiarnos su entusiasmo. Casi sin darnos

 

cuenta estábamos a punto de iniciar la “cuenta atrás” de la ansiada segunda

 

“aventura”. No imaginábamos entonces que, dos días más tarde, nuestras

 

ilusiones sufrirían un duro revés…

 

La consigna de Curtiss fue recibida con euforia entre la gente de Caballo de

 

Troya: “El descenso de las botellas de helio al fondo de la “piscina” señalaría

 

el inicio de la fase “roja” .” Y todos nos dispusimos para el gran momento.

 

Al día siguiente, domingo, con la llegada de la noche, un estremecido

 

resplandor rojizo y el tableteo de motores nos advirtió de la proximidad de los

 

poderosos S-64. Dos primeros helicópteros-grúa depositaron en la cumbre de

 

Masada un total de 360 botellas de helio-gas (N-60). Dos horas más tarde, otra

 

pareja de Sikorsky ultimaba el trasiego con un cargamento similar.

 

En total, 720 botellas de 9.3 metros cúbicos cada una. Una reserva más que

 

suficiente para garantizar el funcionamiento permanente (24 horas diarias) del

 

criogenerador durante 30 días (1). Lo que no podían sospechar los israelíes es

 

que, confundidas entre dichas botellas de acero de 1,60 metros de altura y 68

 

kilos de peso cada una, se hallaban también otras “botellas” -idénticas

 

exteriormente-, pero con un contenido muy diferente: el combustible para la

 

“cuna”! (2). Según nos explicaría el general, la dirección de Caballo de Troya,

 

a causa de la mayor duración del tiempo de vuelo del módulo en este nuevo

 

“salto”, había modificado el tipo de carburante, sustituyendo el peróxido de

 

hidrógeno por una mezcla más segura y potente. Existía, además, otra razón:

 

el fuerte carácter oxidante del H202 desaconsejaba su transporte por vía aérea.

 

En la mezquita de la Ascensión, aunque la argucia para el ingreso del

 

combustible ha bía sido prácticamente la misma (confundido entre el helio-.gas), Caballo de Troya no tuvo necesidad de enfrentarse, como ahora, a un

 

trasiego aéreo de dicho cargamento.

 

Lo que contaba, en fin, es que el carburante -vital para nuestros propósitos-estaba

 

ya en el campamento Eleazar.

 

Como propietarios y únicos responsables del ensamblaje de los maser, la

 

manipulación del helio N-60 fue dirigida y ejecutada por el grupo

 

norteamericano. Eso era lo pactado. Los judíos, respetuosos, nos dejaron

 

hacer. Durante esa noche, bajo la

 

 

(1) El consumo medio de helio estimado por los expertos en la licuefacción

 

del gas era de unos 5 litros por hora. (De cada botella de 9,3 m3 se obtenía,

 

aproximadamente, ese mismo volumen de gas.) (N. del m.)

 

(2) El nuevo combustible -tetróxido de nitrógeno (oxidante) y una mezcla al

 

50 por ciento de hidracina y dimetril hidracina atmetrica- había sido calculado

 

para un período global de combustión: de 6 horas y 14 minutos, con una

 

disponibilidad máxima de décimás. (N. del m.)

 

 

atenta vigilancia del general, arriamos las 720 botellas hasta el fondo de la

 

“piscina”, depositándolas cuidadosamente, en posición horizontal, en el

 

recinto de 20 por 2 metros, destinado a almacén.

 

Al alba del lunes, 5 de marzo, cuando las nueve hileras -de 80 botellas cada

 

una- estuvieron dispuestas, Curtiss anunció a Yefet y al resto de los oficiales

 

israelíes que estábamos listos para iniciar la fase secreta del montaje de la

 

estación.

 

Así dio comienzo la última etapa, previa al lanzamiento del módulo. Pero los

 

“problemas”, como pasaré a relatar a continuación, no habían concluido.

 

El equipo director de Caballo de Troya supo conjugar nuestras auténticas

 

necesidades con las de los judíos. En el protocolo previo, Curtiss había

 

establecido, entre otros acuerdos, un tiempo máximo de dos semanas para el

 

completo ensamblaje del instrumental “clasificado”. Durante ese período-estimado

 

como aceptable por el Estado Mayor israelí-, la presencia de técnicos

 

y militares judíos en el campamento Eleazar se vería reducida

 

considerablemente. Sólo una mínima parte de los cincuenta hombres

 

permanecería en la cumbre y, naturalmente, sin posibilidad de acceso al

 

interior de la estación. Se mantuvieron los servicios de vigilancia, así como los

 

correspondientes de cocina y supervisión de Charlie y del tanque de

 

almacenamiento de gas-oil. Yefet, como jefe de campamento, fue el único

 

oficial autorizado a seguir en la meseta, responsabilizándose de las

 

comunicaciones. Aquella mañana del lunes, treinta y cuatro israelitas

 

abandonaron temporalmente Masada, dispuestos a disfrutar de un merecido.descanso. Su retorno fue fijado para el martes, 20 de marzo. Este era, por

 

tanto, el margen disponible para la puesta a punto de la “cuna”, para su

 

lanzamiento y posterior regreso. Si no surgían inconvenientes, la hora cero -es

 

decir, el despegue del módulo- tendría lugar en la noche del viernes, 9 de

 

marzo. (Curtiss se reservó la hora exacta hasta la mañana de ese nuevo

 

histórico día.) De acuerdo con estos planes, Eliseo y yo nos “ausentaríamos”

 

por espacio de 10 días. La misión debería finalizar, inexcusablemente, en la

 

madrugada del 19 al 20 del mencionado mes de marzo. Sin embargo, como

 

había sugerido Eliseo en una de las múltiples sesiones de trabajo de Caballo

 

de Troya, nuestra estancia real “al otro lado” no sería de 10 días. La

 

manipulación de los swivels nos brindaba la ocasión única de “vivir” un

 

periodo indefinido (fijado inicialmente en 40 o 45 días), pudiendo volver a

 

nuestro presente cronológico (1973) en el instante deseado. Como también

 

insinué, la idea tropezó inicialmente con la lógica resistencia de algunos de los

 

directores del proyecto. No había información sobre las posibles repercusiones

 

de esta extrema manipulación del tiempo en el organismo humano. Era

 

probable que no sucediera nada. Pero, basándonos en esta misma lógica,

 

tampoco podíamos ignorar lo contrario. En definitiva, nos disponíamos a

 

llevar a efecto un experimento singular: vivir un “tiempo” -biológico y

 

cronológico-, más prolongado y teóricamente disociado de nuestro “ahora”

 

real. A pesar de esas comprensibles dudas, la misión resultaba tan fascinante,

 

tanto desde el punto de vista histórico como científico, que los directores

 

terminaron por claudicar, asumiendo, como nosotros, el posible riesgo. ¿Quién

 

hubiera imaginado entonces que aquella genial idea de Eliseo nos conduciría a

 

una “tercera y maravillosa experiencia”… y a la muerte?

 

Los hombres de Caballo de Troya, tal y como suponíamos, aceptaron

 

entusiasmados el nuevo desafío. Disponíamos de cuatro días y algunas horas

 

para situar el módulo en el centro de la “piscina” y proceder a su lanzamiento.

 

Y a las 12 horas de aquel lunes, 5 de marzo, con una cierta solemnidad, el

 

cierre hidráulico fue activado, sepultando en el foso a medio centenar de

 

técnicos e ingenieros, absolutamente eufóricos.

 

En contra del deseo general, Curtiss estableció un riguroso sistema de turnos

 

de trabajo. No convenía despertar sospechas entre los israelíes que nos

 

acompañaban en el campamento lanzándonos -como pretendía el equipo- a

 

una labor conjunta y sin respiro, en la que la totalidad de la plantilla

 

norteamericana permaneciese bajo tierra. Por otra parte, amén del necesario

 

descanso, los hombres libres de servicio deberían vigilar estrechamente los

 

pasos y la actitud de nuestros “aliados”.

 

Como medida precautoria, la cubierta del foso sólo sería retirada en los

 

minutos previos al despegue de la “cuna”. Hasta ese instante, las entradas y.salidas del personal se efectuarían por las dos escotillas de emergencia,

 

practicadas en el mencionado cierre hidráulico y ubicadas en el centro del

 

mismo, junto a los lados oriental y occidental del gran rectángulo,

 

respectivamente. De esta forma, nuestras manipulaciones en el interior de la

 

estación quedaban a salvo de cualquier e indiscreta mirada.

 

Mientras los técnicos procedían a un rápido desembalaje de los siete grandes

 

cubos de “piedra” naranja depositados en el centro de la “piscina”, Curtiss y

 

otros especialistas se afanaron en una exhaustiva revisión de las botellas de

 

helio. Aunque, a primera vista, todas eran iguales, pronto caí en la cuenta de lo

 

que diferenciaba a las que albergaban el combustible. En la parte superior de

 

éstas -en la zona de la ojiva color tabaco aparecía la etiqueta de contraste que,

 

habitualmente, se sitúa en el cuerpo de la botella. Y junto a la indicación de

 

presión (200 bar) podía leerse igualmente un análisis del falso contenido (1).

 

 

(1) H20 <0,7. Ne <0,6. N2 <0,6.02<0,16. H2 <0,08 y CH4 < 0,01. (Siempre

 

“ppm”.) (N. del m.)

 

 

Era menester estar muy al corriente de lo que constituye un análisis típico del

 

helio N-60 para detectar que uno de los cornponentes de dicho gas -el 02-

 

aparecía ligeramente alterado en su proporción. En lugar de 0,15 ppm, Caballo

 

de Troya lo había situado en 0,16. Esta ligerísima diferencia en el índice de

 

oxígeno y la situación de las etiquetas en las cabezas de las botellas, muy

 

próximas a los correspondientes grifos, eran las claves para distinguir unas de

 

otras.

 

Pero, súbitamente, Eliseo y yo experimentamos una profunda emoción. Al

 

retirar los paneles de color naranja -que no eran otra cosa que gruesas

 

planchas de acero, recubiertas exteriormente por una delgada capa de piedra

 

dolomítica-, el módulo, nuestra querida nave, quedó al descubierto. Y al

 

acariciar las piezas, un torbellino de recuerdos y sensaciones nos invadió a

 

ambos…

 

Todo discurrió con normalidad hasta poco después de aquella comunicación

 

desde la plataforma-base del aerocarril. Hacia las cuatro de la tarde del martes,

 

6 de marzo, Yefet anunció al general la llegada de los dos técnicos

 

norteamericanos que, días atrás, habían volado a USA con los estuches

 

blindados que, oficialmente, contenían “material de laboratorio”. El regreso de

 

nuestros compañeros con la “ vara de Moisés “ nos colmó de alegría. Todo

 

parecía salir a pedir de boca… Sin embargo, para Curtiss, Eliseo y para quien

 

esto escribe, esa satisfacción se vería empañada por una de las noticias que

 

portaban los viajeros procedentes de la base de Edwards..El propio jefe de Caballo de Troya, acompañado por algunos hombres libres

 

de servicio, salió al encuentro de los recién llegados, trasladando al interior de

 

la “piscina” las urnas que contenían las diferentes piezas que debían

 

configurar mi añorada “vara” y dos voluminosos arcones de acero sobre los

 

que podían leerse idénticos rótulos: “Frágil. Material de laboratorio.”

 

Los responsables de este transporte hicieron entrega a Curtis de dos sobres

 

lacrados. Y allí mismo, ante la mal disimulada curiosidad de los técnicos, que

 

se afanaban en la puesta a punto del módulo, el general abrió uno de ellos.

 

Tras ojear los documentos, terminó por pasárselos a uno de los directores.

 

Aquella información -a la que me referiré en su momento- estaba relacionada

 

con los nuevos equipos a instalar en la “cuna”. Y aportaba igualmente una

 

serie de instrucciones sobre las modificaciones practicadas en la “vara de

 

Moisés” y sobre mi equipo personal. El nuevo instrumental se hallaba en los

 

referidos arcones metálicos.

 

La lectura de la segunda misiva fue muy distinta. El general, atrapado por los

 

informes, fue palideciendo por segundos. Uno de los documentos, en especial,

 

debía contener algo sumamente grave. No satisfecho con un primer repaso, lo

 

releyó, al tiempo que un casi imperceptible temblor apuntaba entre sus dedos,

 

traicionándole. Maquinalmente extendió el primer informe a otro de los

 

directores, guardándose el que le había afectado tan profundamente. Entonces,

 

con el rostro demudado, me buscó entre los hombres, atravesándome con la

 

mirada. En ese instante supe que la información tenía que ver conmigo y,

 

presumiblemente, con mi hermano de expedición. Pero ¿en qué sentido? ¿Por

 

qué había alterado al frío y veterano militar? La respuesta, desoladora, llegaría

 

esa misma noche.

 

A partir de esos momentos, excusándose en un pertinaz dolor de cabeza,

 

nuestro jefe desapareció del foso. Y, tras solicitar permiso para abandonar el

 

campamento, se perdió en la soledad de las ruinas del sector norte de la

 

meseta. Era evidente que necesitaba reflexionar y -¿quién podía sospecharlo

 

entonces?- tomar una crítica decisión.

 

Eliseo, algunos de los directores y yo intercambiamos una mirada llena de

 

funestos presagios. Pero las labores en la estación siguieron al ritmo

 

acostumbrado.

 

Antes de retirarnos a descansar, Eliseo y yo fuimos requeridos por el equipo

 

de directores, que nos mostró uno de los documentos: el contenido en el

 

segundo sobre. Procedía del Centro Geológico de Colorado y era la respuesta

 

de los expertos en terremotos a los sismogramas obtenidos en la cima del

 

monte de los Olivos en la imborrable jornada del 7 de abril del año 30. Tal y

 

como presumía Caballo de Troya, los análisis apuntaban hacia una “estimable

 

explosión subterránea”, como explicación más verosímil de lo que aparecía en.los registros digitales y analógicos. Naturalmente, los sismólogos no habían

 

sido informados del lugar ni de la fecha en que fueron captados dichos

 

movimientos telúricos. Por esta razón, los especialistas en sismología -aunque

 

fijaban la magnitud de las sacudidas, la posible energía liberada en la supuesta

 

explosión y otros parámetros complementarios- hacían hincapié en la

 

necesidad de conocer, sobre todo, las coordenadas de la estación sismográfica

 

de la que procedían los misteriosos sismogramas. Con este dato y la datación

 

exacta de los movimientos sísmicos -olvido calificado de incomprensible por

 

los mencionados expertos de Colorado-, era posible una consulta a la red de

 

estaciones más cercana, completando así el estudio (1). Por supuesto, Caballo

 

de Troya

 

 

(1) Un importante parámetro para la clasificación de este tipo de

 

explosiones consiste en la determinación de la latitud y longitud del

 

fenómeno. La posición se establece registrando los tiempos de llegada de las

 

ondas “P” de período corto a varias estaciones sismográficas repartidas por el

 

mundo. Según Lynn R. Sykes y J. F. Everden, “el tiempo que tardan las ondas

 

“P” en llegar a cada estación es función de la distancia y profundidad del foco.

 

A partir de los tiempos de llegada, se precisa la localización de la fuente con

 

un error absoluto inferior a 10025 kilómetros, si los datos sísmicos son de alta

 

calidad”. (N. del m.)

 

 

jamás les proporcionaría los informes solicitados y supuestamente “

 

olvidados”…

 

Para nosotros era más que suficiente la simple ratificación de que estábamos

 

ante una serie de temblores, provocada por una explosión y no por un

 

terremoto común y corriente (1). A la vista de las ondas longitudinales -del

 

tipo “P”-, muy claras, y de las que fueron registradas a continuación -superficiales-,

 

más pequeñas y regulares, los sismólogos habían fijado la

 

magnitud de la segunda sacudida entre 6,0 y 6,9, inclinándose, con ciertas

 

reservas, hacia 6,5. La energía liberada para esta última magnitud

 

correspondía a 5,6 y 1021 ergios. En otras palabras, una detonación

 

equivalente a unos 125 kilotones, con una intensidad, según la escala de

 

Mercalli, de VII, aproximadamente (2).

 

Gracias a un concienzudo análisis de los tiempos de llegada de las

 

mencionadas ondas “P” y de otros parámetros más complejos, Caballo de

 

Troya tenía la certeza de que la misteriosa “explosión” había ocurrido a varios

 

cientos de millas al estesureste de Jerusalén. quizá en alguno de los domos o

 

cúpulas salinos o en el interior de una cavidad natural, en los depósitos

 

estratificados de sal de los desiertos del Nafud o de Dahna. Esta.—

 

(1) Las actuales redes de instrumentos están perfectamente capacitadas para

 

diferenciar un seísmo provocado por un terremoto o por una explosión

 

subterránea, incluso si ésta libera una energía equivalente a un solo kilotón.

 

(Un kilotón es la energía irradiada por una detonación de mil toneladas de

 

trinitotolueno o TNT.) Una explosión nuclear subterránea es una fuente casi

 

pura de ondas “P” o primarias, porque aplica una presión uniforme a las

 

paredes de la cavidad que crea. Un terremoto, en cambio, se produce al

 

deslizarse rápidamente dos bloques de la corteza terrestre a lo largo de un

 

plano de falla. Merced a este movimiento en “tijera”, un seísmo natural emite,

 

sobre todo, ondas del tipo “S” o secundarias. Además, una explosión genera

 

otro tipo de ondas sísmicas -las llamadas Rayleigh-, que proceden de

 

complejas reflexiones de parte de la energía que portan las ondas de los

 

estratos superiores de la corteza terrestre. A diferencia de los terremotos, las

 

explosiones subterráneas no generan casi ondas del tipo Love. También la

 

localización de la profundidad del foco permite distinguir a una explosión de

 

un seísmo normal. Del 55 al 60 por ciento de los terremotos que se registran

 

en la Tierra se producen a profundidades superiores a los 30 kilómetros. Hasta

 

hoy, nadie ha sido capaz de perforar la corteza terrestre más allá de los diez.

 

Las explosiones nucleares más profundas de que se tiene noticia han detonado

 

a unos 2000 metros. (N. del m.)

 

(2) De acuerdo con la escala de intensidad Mercalli -modificada y abreviada-,

 

en un movimiento sísmico de grado VII, “todo el mundo corre al exterior. Se

 

registran daños de poca consideración en los edificios de buen diseño y

 

construcción y leves o moderados en estructuras corrientes pero bien

 

construidas. Los daños, en cambio, son considerables en estructuras

 

pobremente confeccionadas o mal diseñadas. Se rompen algunas chimeneas y

 

es notado por personas que conducen automóviles (VIII de la escala de Rossi-Forel)”.

 

(N. del m.)

 

 

verificación vino a confirmar nuestra primitiva idea: el terremoto descrito por

 

el evangelista en los instantes que precedieron a la muerte del Hijo del

 

Hombre no fue casual ni pudo tener un origen natural. Máxime, en una zona

 

como Israel, de bajo índice de sismicidad. Aquél, tal y como habíamos

 

planeado, era un motivo más para “volver”. Curtiss, los directores y nosotros

 

mismos estábamos de acuerdo en algo: una prospección en el área de la

 

detonación podía arrojar mucha luz sobre tan increíble suceso.

 

Quizá la irrupción de Eliseo en mi tienda fuera providencial. Eran las nueve de

 

la noche y el general seguía sin dar señales de vida. Preocupado, mi.compañero me animó a salir en su búsqueda. No era normal que, en plena fase

 

“roja”, Curtiss se ausentara durante tanto tiempo.

 

La benigna temperatura de aquel martes y el rutilante firmamento de Masada

 

invitaban a pasear, así que, provistos de sendas linternas y de la

 

correspondiente contraseña, dejamos atrás la empalizada.

 

En silencio, con una creciente inquietud, como si presintiéramos algo,

 

sorteamos el laberinto de los almacenes herodianos, dirigiéndonos al palacio

 

del Norte. Una vez en la “proa” del “portaaviones” de piedra distinguimos al

 

momento la negra silueta del general. Se encontraba reclinado sobre la

 

balaustrada semicircular que cierra la terraza superior.

 

Al escuchar nuestros pasos se volvió lentamente.

 

-Os esperaba -exclamó con voz inflamada.

 

Una familiar corriente de fuego -preludio siempre de situaciones graves o

 

comprometedoras- me recorrió las entrañas.

 

-Os esperaba… -repitió con un hilo de voz. E introduciendo la mano derecha

 

en uno de los bolsillos de su buzo de trabajo nos mostró los documentos que le

 

habían hecho palidecer en el foso.

 

Ni Eliseo ni yo nos atrevimos a articular palabra alguna.

 

El general tomó entonces mi linterna, iluminando el cada vez más intrigante

 

informe.

 

-Tengo malas noticias -anunció al fin con el rostro descompuesto-. Esta

 

información, absolutamente confidencial, procede de Edwards…

 

-¿Y bien?

 

La voz de mi hermano surgió preñada de impaciencia.

 

-Si esto es cierto, quizá hayamos cometido un irreparable error…

 

Visiblemente agotado, Curtiss se detuvo de nuevo. Eliseo hizo ademán de

 

arrebatarle los papeles, pero, sujetando su antebrazo, le supliqué calma.

 

-Será mejor que, como médico -reaccionó el general ofreciéndome el informe-,

 

lo leas y opines.

 

Así lo hice. Y después de una atropellada lectura, mi semblante también se

 

turbó.

 

Eliseo, sin pestañear, esperaba mi respuesta.

 

-Bueno -balbuceé sin demasiada convicción-; pero esto no parece definitivo…

 

-Por el amor de Dios! -estalló mi compañero-. ¿Qué diablos ocurre?

 

-Los muchachos de Mojave -inicié mi explicación, buscando términos poco

 

enrevesados- han descubierto “algo” anormal en las ratas de laboratorio.

 

“Algo”, que al parecer, guarda estrecha relación con las experiencias de

 

inversión de masa de los swivels. “Algo” que puede afectar también a nuestros

 

cerebros….Ante la mueca de incredulidad de Eliseo, opté por mostrarle varias de las

 

microfotografías que acompañaban a los documentos. En una de ellas,

 

señalados con una flecha, aparecían los pigmentos del envejecimiento

 

(lipofuscina), típicos del paso del tiempo en las neuronas y en otras células

 

fijas posmitóticas o sumamente diferenciadas de los mamíferos y demás

 

animales multicelulares. La microfotografía en cuestión mostraba el aspecto

 

característico del referido pigmento en una neurona del cerebro de una rata de

 

ocho meses (1). (La imagen había sido aumentada 500 veces.) La presencia de

 

estos pigmentos del envejecimiento -continué sin demasiadas esperanzas de

 

que captara el dramático sentido de mis palabras- sería normal, si no fuera por

 

un “detalle”… escalofriante: esas neuronas de las ratas de laboratorio están

 

sucumbiendo, ver ti gi no sa men te, a raíz de haber sido sometidas a sucesivos

 

procesos de inversión de masa. Lo que en un envejecimiento natural habría

 

necesitado meses o años, en dichas circunstancias ha mutado en cuestión de

 

días… No sé si me explico con suficiente claridad.

 

-Pero ¿por qué? -nos interpeló Eliseo, que sí intuía el alcance de aquellos

 

descubrimientos.

 

-Eso no está claro -repuse señalando el informe-. Parece ser que durante la

 

fase infinitesimal de tiempo de la inversión de los swivels “algo” afecta a las

 

neuronas, sobreexcitándolas o estresándolas, con el consiguiente y galopante

 

consumo de oxígeno (2). Y eso, como quizá sepas, es un arma de doble filo.

 

 

(1) Está demostrado que el cuerpo de los mamíferos, incluido el hombre,

 

contiene en sus tejidos células que envejecen y otras que, por el contrario,

 

conservan su aspecto juvenil, incluso en seres viejos. Un ejemplo de las

 

primeras son las neuronas del cerebro y las que se alojan en las criptas de

 

Lieberkuhn, en el duodeno. Las segundas -ameboides-, tienen una capacidad

 

inexhaustible de crecimiento. (N. del m.)

 

(2) En mi calidad de médico, y a raíz de este fatal hallazgo, consulté las

 

más avanzadas hipótesis en torno al nada claro problema del hombre, en

 

su servidumbre aerobia de ser pluricelular altamente diferenciado, debe

 

al oxígeno su vida y su envejecimiento. Estamos, en suma, ante la teoría

 

de los llamados “radicales libres”, propuesta por los doctores Harman,

 

Nagy, Hosta y otros (1).

 

 

Los radicales libres, para que me comprendas, no es

 

 

envejecimiento humano. En especial, las formuladas por hombres como

 

Harman, de la Universidad de Nebraska (“padre” de la teoría de los radicales

 

libres); Warburg, Premio Nobel, que señaló al oxígeno como el gran.responsable de la diferenciación celular; J. Miquel, jefe de la Sección de

 

Patología Experimental del Ames Research Center de la NASA; Imre Zs-Nagy,

 

y un largo etcétera. Todos, a su manera, coincidían en el hecho de que

 

el “talón de Aquiles” del envejecimiento no está en las células que gozan de la

 

capacidad de división, sino en aquellas, como la neurona, que han perdido la

 

virtud de la proliferación y que, debido a su elevado consumo de oxígeno en

 

las mitocondrias, sufren una desorganización peroxidativa. Miquel, que puso a

 

prueba la teoría del doctor Harman, lo explica cuando dice: “Nuestra hipótesis

 

es que el genoma mitocondrial es la clave. Su vulnerabilidad abre el camino a

 

la involución senil. El envejecimiento celular es el resultado de la toxicidad

 

del oxígeno o, más bien, de los radicales libres (R-OH). Estos radicales surgen

 

durante la reducción univalente del oxígeno en la cadena respiratoria

 

mitocondrial.” (N. del m.)

 

(1) Dentro de la programación genética de la duración de la vida, como señala

 

el doctor A. Hosta, la teoría de su limitación por la toxicidad de los radicales

 

libres a nivel celular está en línea coherente con los conocimientos y

 

experiencias de los últimos años. La escasa divulgación del concepto de R-OH

 

me impulsa a considerar, aquí y ahora, qué son y cómo actúan. Con ello, el

 

lector podrá aproximarse mejor a la naturaleza de nuestra tragedia. Los R-OH

 

son compuestos químicos de génesis plural, con una gran capacidad de

 

reacción y alto poder oxidativo. Digo “génesis plural” ya que pueden

 

originarse, tanto a nivel celular, resultado obligado de la respiración aerobia

 

de la célula, como por la acción directa o inducida de la contaminación del

 

entorno: medio ambiente, radiaciones, alimentación, etc. Los R-OH actúan

 

interfiriendo con su capacidad reactivo-oxidativa los esquemas de

 

funcionamiento metabólico preestablecidos. Los R-OH son responsables de la

 

peroxidación de los ácidos grasos insaturados de los fosfolípidos componentes

 

de las membranas biológicas. Al desorganizar las membranas celulares y sus

 

organelos, acumulan lipopigmentos (fundamentalmente en el cerebro y

 

corazón), incrementan el cross-linking de macromoléculas (especialmente

 

colágenos y elastina), generan la fibrosis arteriolocapilar y degradan los

 

mucopolisacáridos. El microscopio electrónico evidencia los cambios

 

morfológicos que la acción de los R-OH introduce en la célula, sobre todo en

 

cuanto a pérdida de estructura (membranas), disminución del número de

 

mitocondrias (fuente de la energía celular o ATP) e inclusiones en el

 

citoplasma de lipopigmentos inertes (lipofuscina, etc.).

 

Desde el punto de vista funcional, el panorama anterior conlleva una pérdida

 

de funcionalismo de la célula, que en la destrucción de la mitocondria alcanza

 

el clímax de la involución celular puesto que no puede responder a la demanda

 

de energía (el 90 por ciento de la energía.—

 

otra cosa que el oxígeno normal, transformado y activado por las células. Pues

 

bien, si excitamos una neurona, su consumo de: oxígeno se multiplica y los R-OH

 

(radicales libres) actúan como poderosos y corrosivos oxidantes,

 

acelerando el envejecimiento de la misma e, incluso, su muerte. Como ves,

 

paradójicamente, un gasto anormal de oxígeno por parte de las neuronas nos

 

conduce, en definitiva, a una involución senil. Aunque hay toda una gama de

 

factores ambientales y de dieta que contribuyen igualmente a la acción

 

oxidativa de los R-OH, el estrés es, posiblemente, uno de los grandes

 

“verdugos”. ¿Te has fijado cómo y qué velocidad envejecen los estadistas o

 

los ejecutivos?

 

Mi compañero cayó en un profundo abatimiento.

 

-Sin embargo -repuse, tratando de animarle y de animarme-, esto no puede

 

tomarse como definitivo. A fin de cuentas, los resultados sobre animales de

 

laboratorio no siempre son traspolables al hombre…

 

Curtiss y mi hermano me escucharon con benevolencia. La verdad es que ni

 

yo mismo concedía demasiada credibilidad a tales razonamientos. En el fondo

 

no podía comprender mi propio comportamiento. Yo, como Eliseo, era quizá

 

víctima de un fatal error de la Operación Caballo de Troya. Y, sin embargo, en

 

lugar de mostrarme nervioso o asustado, estaba luchando por restarle

 

importancia al asunto. Nunca me he explicado el porqué de aquella anormal

 

serenidad…

 

-Lo cierto -argumentó el general abandonando su mutismo y recuperando los

 

documentos- es que estamos ante una grave posibilidad. Y, para confirmarla o

 

no, sólo hay un medio: volar a casa y someteros a un minucioso chequeo.

 

 

Aquí no disponemos

 

 

celular proviene de la mitocondria), y ya no sólo a la demanda normal sino

 

que mucho menos a los incrementos de consumo que el organismo del

 

paciente va a exigir numerosas veces.

 

La farmacología experimental puede cuantificar, en ensayos adecuados, la

 

pérdida de funcionalismo (capacidad de apareamiento, coordinación

 

neuromuscular, rigidez, elasticidad, etc.) que este descenso del tono vital

 

comporta. Pero ¿es que el organismo no se defiende? La lógica de la biología

 

nos dice que sí. Existe toda una prevención bioquímica a la degradación

 

oxidativa, de cuya eficacia es exponente el retardo en la aparición de la

 

involución senil. La aportación exógena de antioxidantes con la dieta, por

 

ejemplo, puede ser la explicación del mecanismo de protección que el hombre

 

necesita para contrarrestar el efecto tóxico de los R-OH, y hoy, más que.nunca, debido al incremento de fuentes de radicales libres que el entorno

 

actual posibilita. La presencia del a-tocoferol en su dieta (acumulado en tejido

 

graso y circulando en sangre) como antioxidante biológico ha sido

 

indispensable en el caminar evolutivo de la especie para asegurar una

 

protección eficaz frente a la toxicidad de los inevitables R-OH,

 

consustanciales a la respiración celular. Esto explicaría el aparente

 

contrasentido entre la existencia de una vitamina tan ampliamente distribuida

 

y el que no pueda atribuírsele un claro síndrome carencial. (N. del m.)

 

 

de especialistas ni medios adecuados. Si el proceso de inversión de masa ha

 

afectado también a vuestros cerebros, quizá aún estemos a tiempo de evitar

 

una catástrofe…

 

Y el militar, levantando los ojos hacia las estrellas, suspiró ruidosamente,

 

encerrándose en una nueva y prolongada meditación.

 

Un extraño temblor me invadió de pies a cabeza. Yo sabía lo que

 

representaban las últimas frases del jefe del proyecto. Pero una súbita e

 

importante pregunta de mi compañero vino a distraer mis temores.

 

-Dime, Curtiss: ¿por qué no fuimos advertidos antes del primer “salto”? ¿Es

 

que el fallo no fue detectado en las experiencias preliminares?

 

Eliseo, inconscientemente, había contestado con su segunda interrogante.

 

El general dibujó en sus labios una amarga sonrisa.

 

-¿Insinúas que, de haberlo sabido de antemano, Caballo de Troya os hubiera

 

lanzado a esta aventura?

 

-No, supongo que no… -reconoció Eliseo, bajando la mirada.

 

Lo único que puedo deciros -nos reveló Curtiss, rogando indulgencia- es que,

 

en todos los ensayos previos con animales de laboratorio, el control y

 

seguimiento de los expertos se centraron en el comportamiento de las

 

funciones vitales de dichas cobayas. Y jamás fue detectada una alteración

 

grave.

 

Ciertamente, ahora lo sabemos, debimos insistir en las exploraciones con los

 

scanner, a nivel cerebral, tal y como sugirió el doctor Shock, de Baltimore…

 

Dios mío! Aquella confesión trajo a mi memoria la inexplicable

 

obsesión del general en torno a nuestra seguridad poco antes del lanzamiento

 

del módulo en la mezquita de la Ascensión. Y aunque nunca llegaría a

 

reprochárselo, en esos momentos tuve la certeza de que el jefe de la operación

 

sabía “algo”, mucho antes de enero de 1973.

 

Pero ¿quién podía suponer que se registraría una alteración de esta naturaleza

 

y en un lugar tan remoto como la colonia neuronal?

 

En eso, Curtiss llevaba razón. Por otra parte, la mala suerte -¿o no fue la “mala

 

suerte”?- hizo que la mayoría de aquellos animales utilizados en las.inversiones de los swivels fueran olvidados o sacrificados una vez concluidas

 

-”satisfactoriamente”- las mencionadas pruebas. El carácter secreto y militar

 

de Caballo de Troya, y las prisas que siempre conllevan estas operaciones,

 

estaban reñidos, evidentemente, con una auténtica y sensata política de

 

investigación científica… Pero nada de esto tenía ya arreglo. Era menester

 

afrontar los hechos.

 

Ahora entendía la razón de la palidez del general en la “piscina” y el porqué

 

de su anormal aislamiento en la soledad de la roca. Se sentía responsable.

 

Y de pronto, como un mazazo, nos anunció lo que, sin duda, era fruto de una

 

prolongada y penosa reflexión:

 

-Está decidido… No habrá segunda exploración.

 

Quedé paralizado. Prácticamente clavado al suelo de Masada. Y el general, sin

 

más comentarios, hizo ademán de retirarse. De no haber sido por Eliseo, allí

 

mismo habría concluido todo. Pero mi compañero, recuperada su habitual

 

frialdad, se interpuso en su camino. Y posando sus manos en los hombros de

 

Curtiss -un gesto muy “familiar” para mí-, le habló en los siguientes términos:

 

-Un momento. Creo que te equivocas…

 

Cansado, le miró sin comprender.

 

-En todo caso -añadió Eliseo con calor-, somos nosotros quienes deberíamos

 

tomar esa decisión. Son nuestros cerebros los teóricamente lesionados. Si el

 

descubrimiento de Edwards no fuera con nosotros, reconoce que habríamos

 

perdido una oportunidad única. Si, por el contrario, están en lo cierto y

 

nuestras neuronas han sido dañadas, ésta, fíjate bien!, ésta es una ocasión que

 

no podemos ni debemos desperdiciar…

 

Curtiss movió la cabeza, aturdido.

 

Escucha, viejo testarudo! Nos hallamos a un paso del despegue. Tú mismo lo

 

has reconocido: ahora es imposible analizar nuestros malditos cerebros. En

 

cambio, si continuamos con el plan previsto estas tercera y cuarta inversiones

 

pueden arrojar nuevos y preciosos datos sobre el problema en cuestión. Como

 

comprenderás, tanto Jasón como yo estimamos nuestras vidas y no nos

 

prestaríamos a una misión mortal o irreversible. Entiendo que los médicos y

 

especialistas podrían quizá atajar o remediar más eficazmente la hipotética

 

alteración neuronal si contaran con una repetitiva serie de comprobaciones.

 

Mi hermano buscó apoyo a su dudoso planteamiento, lanzándome una mirada

 

que jamás olvidaré. Y dejándome guiar por la intuición, terminé de acorralar

 

el frágil ánimo de nuestro jefe.

 

-Estoy de acuerdo. Si de verdad estimas nuestras vidas, permítenos seguir

 

adelante. Eso si-remaché con toda la autoridad de que fui capaz-, exigimos un

 

minucioso control en el momento de inversión de los swivels. Como habrás

 

observado, las condiciones físicas y mentales de tus astronautas son.inmejorables. Es más -añadí sin demasiado convencimiento-, dudo mucho que

 

nuestras neuronas estén lastimadas…

 

Aquella verdad a medias naufragaría en mi corazón cuando, casi

 

simultáneamente, recordé la aparición en mi piel de las escamas y las manchas

 

de color café. Era más que probable que tales e incipientes síntomas de

 

envejecimiento estuvieran dando la razón a los científicos de la base de

 

Edwards. Pero, gracias al cielo, Curtiss no fue informado.., al menos en

 

aquellas fechas.

 

Eliseo y yo descubrimos un trasfondo de complacencia en la resucitada mirada

 

de nuestro amigo.

 

-¿Y bien? -le animó mi hermano.

 

El general carraspeó, intentando ganar tiempo.

 

-No sé… -masculló con terquedad.

 

-Curtis! En nombre de nuestra amistad: confía en nosotros!

 

-No sé… Tengo que pensarlo.

 

Y zafándose de las manos de Eliseo nos dio la espalda, rumbo al campamento.

 

Segundos más tarde se detuvo. Giró sobre sus talones y, con los ojos

 

humedecidos, susurró:

 

-Dios os bendiga.

 

Aquella noche del martes, 6 de marzo, fue, sencillamente, una pesadilla.

 

Supongo que Curtiss, como nosotros, tampoco pudo conciliar el sueño. En

 

frío, en la soledad de mi tienda, la información procedente del desierto de

 

Mojave se instalaría ya para siempre en mi vida. Los datos eran escasos y

 

poco contrastados, pero trágicamente correctos. Yo lo sabía. En el fondo,

 

desde mi perspectiva actual, quizá deba agradecer a la Providencia que las

 

cosas sucedieran así. De no haber sido por la llegada de aquel sobre lacrado, ni

 

mi compañero ni yo habríamos tomado una “decisión” como la que -afortunadamente-

 

adoptamos en plena segunda exploración… Pero ésa es otra

 

“historia” que deberé contar más adelante.

 

De momento -y en eso no habíamos mentido-, nuestros cerebros seguían

 

funcionando con normalidad. Pero ¿hasta cuándo? Entre las farragosas

 

explicaciones científicas expuestas en el fatídico documento había una que,

 

intencionadamente, soslayé en nuestra conversación en el extremo norte de

 

Masada.

 

Según los neurofisiólogos, la mayor parte de las mutaciones observadas en los

 

cerebros de las ratas se registraba en el hipocampo (1). Y yo sabía que esa área

 

cerebral regula el concepto y la sensación del espacio y del tiempo. En

 

multitud de casos de demencia senil, por ejemplo, el envejecimiento del

 

hipocampo es una realidad clara e indiscutible. ¿Qué sucedería con Eliseo y

 

conmigo si nuestros respectivos hipocampos se veían igualmente lesionados?.Y lo que era peor: ¿qué sería de ambos si dichas alteraciones neuronales se

 

presentaban en plena ejecución de la misión? Una pérdida de memoria en tales

 

circunstancias, por poner un ejemplo, hubiera sido el fin…

 

Asaltado por estos y otros no menos funestos pensamientos,

 

 

(1) El hipocampo es una eminencia alargada, que ocupa la pared externa del

 

divertículo esfenoidal de cada ventrículo lateral del cerebro. (N. Del m.)

 

 

terminé por saltar de la litera, abandonando la tienda. Una ligera brisa había

 

empezado a soplar desde el norte, haciendo descender la temperatura y

 

arrancando estremecidos e intermitentes guiños blancos y azules a las

 

estrellas. Y comencé a caminar sin rumbo fijo. A excepción de los diez

 

vigilantes judíos y del correspondiente turno que se afanaba en el interior del

 

foso, el resto del campamento dormía apaciblemente. Rodeé el filo norte de la

 

“piscina” y, buscando un rincón solitario, me dirigí al sector este de la

 

empalizada. Cuando me encontraba a escasos metros de los sacos de tierra, la

 

inesperada presencia de un oscuro bulto me sobresaltó. Al verme, el individuo

 

se puso en pie, avanzando hacia mi. La oscuridad era tal que sólo cuando lo

 

tuve a un metro distinguí la fornida silueta de Eliseo. Como en mi caso,

 

tampoco él podía conciliar el sueño. Pero sus razones eran otras.

 

Sentados sobre los sacos, sin que fuera necesario presionarle, me abrió su

 

corazón, confesándome por qué había adoptado aquella valiente e insólita

 

postura frente al general. En cierto modo, aquel deseo de mi hermano no era

 

nuevo para mí. Durante nuestra estancia en Jerusalén me lo había insinuado:

 

“Deseaba, necesitaba, ver a Jesús de Nazaret… cara a cara.” Y aquella segunda

 

oportunidad no volvería quizá a presentarse. No podía permitir que unos

 

malditos informes, por muy graves que fueran, arruinaran sus propósitos.

 

-Es más -añadió con vehemencia-, si es preciso, seguiré mintiendo y

 

fingiendo.

 

-¿Mintiendo? -le interrumpí sin comprender.

 

-Querido amigo -manifestó como si leyera mis pensamientos-, tu destino y el

 

mío están unidos. No nos engañemos. Sabes muy bien que no fui sincero al

 

anteponer el interés científico de la misión a nuestra supervivencia. Me trae

 

sin cuidado si, con las nuevas inversiones de masa, se logra atajar o no el mal

 

que se ha instalado en nuestro organismo. Fue lo primero que se me ocurrió en

 

aquel crítico momento y parece como si Dios me hubiera iluminado… Curtiss

 

dudó. ¿No lo crees así?

 

-Por supuesto que no. El general -le dije sin tapujos- no es hombre fácil de

 

engañar. Pero en algo sí tuviste razón y él supo captarlo y agradecerlo: la.decisión de llevar a cabo la segunda exploración depende, ahora más que

 

nunca, de nosotros.

 

Eliseo conocía ya mi postura al respecto, pero, con su natural candidez, me

 

presionó para que la expresara una vez más.

 

-Está bien -le tranquilicé-, yo también deseo “volver”. Y comparto tus

 

sentimientos: no es la búsqueda de un remedio a nuestro mal lo que me mueve

 

a ello. Es “Él” quien tira de mí…

 

Mi compañero sonrió complacido. Y aunque ambos sabíamos que la última

 

palabra la tenía Curtiss, nos dejamos arrastrar por el entusiasmo y la

 

esperanza, discutiendo y analizando hasta el amanecer los pormenores de

 

nuestra segunda y todavía hipotética misión.

 

Y justamente al alba, nuestras dudas se verían definitivamente despejadas…

 

-Muy buenos días, muchachos!

 

Eliseo, perplejo, no acertó a responder al general. Tuve casi que arrastrarlo

 

hasta la mesa en la que, en solitario, apuraba una humeante y apetecible taza

 

de café. El rostro de nuestro jefe aparecía transfigurado. Aquel cordialísimo

 

saludo y la abierta y sostenida sonrisa, tan opuestos al sombrío semblante de la

 

noche anterior, nos dejó estupefactos. ¿Qué había ocurrido?

 

Divertido, repitió el buenos días y, tras beber un par de buches, fue

 

directamente a lo que deseábamos oír:

 

-Vosotros ganáis. La misión seguirá adelante.

 

Poco faltó para que mi hermano saltara sobre él, abrazándole. Curtiss y yo le

 

contuvimos, haciéndole ver que no estábamos solos en el comedor.

 

Sobre todo -sentenció, al tiempo que señalaba con su dedo índice los

 

documentos que conservaba en uno de sus bolsillos-, que nadie sepa, al menos

 

hasta que regreséis, de la existencia de este informe.

 

Aceptamos con un fulminante y afirmativo movimiento de cabeza. Sin

 

embargo, mientras Eliseo, con el ánimo recuperado, despachaba a dos carrillos

 

su desayuno, Curtiss leyó en mi mirada. “¿Qué le había hecho cambiar?”

 

-Supongo que tenéis derecho a saber el porqué de esta decisión.

 

El militar se restregó el rostro blandamente, cerrando los cansados y

 

enrojecidos ojos. Cuando retiró las manos, la sonrisa inicial se había trocado

 

en un rictus solemne.

 

-Como sabéis, los graves acontecimientos que se avecinan en Oriente Medio

 

han sentenciado ya la Operación Caballo de Troya. Esta es, por tanto, nuestra

 

última oportunidad de “volver”. Y puesto que vosotros, mis queridos

 

“exploradores”, libre y voluntariamente, habéis antepuesto el interés histórico

 

y científico de la misión a vuestra propia seguridad y supervivencia, no seré

 

yo quien se oponga. Entiendo que hay momentos en la vida de todo ser

 

humano en los que un ideal puede y debe primar por encima, incluso, de los.intereses individuales o personales. Ninguno de nosotros, ahora, es demasiado

 

consciente de la trascendencia de lo que llevamos entre manos. Será la

 

Historia quien, en su día, juzgue a Caballo de Troya.

 

Y antes de retirarse, conmovido, resumió sus sentimientos con las mismas

 

palabras que pronunciara frente al palacio del Norte:

 

-Que Dios os bendiga…

 

Tal y como imaginaba, aunque había hecho alusión al “interés histórico y

 

científico de la misión”, el general estaba al tanto de las verdaderas

 

motivaciones que nos habían impulsado; a proseguir. Curiosamente, los tres

 

nos habíamos convertido en cómplices de un “sueño”…

 

Treinta y seis horas antes del lanzamiento de la “cuna”, la actividad en la

 

“piscina” alcanzó cotas inimaginables. El renovado optimismo de Curtiss fue

 

determinante. Todo se hallaba a punto. El módulo, definitivamente

 

ensamblado y con los nuevos equipos a bordo, esperaba únicamente el llenado

 

de los tanques de combustible. Pero, por estrictas razones de seguridad, el

 

carburante no sería trasvasado hasta la mañana del día siguiente, viernes.

 

El resto de aquel jueves, 8 de marzo, aún arrastrando el cansancio de

 

una tensa y dramática noche de vigilia, discurrió en un abrir y cerrar de ojos.

 

Las reuniones con el equipo de directores se sucedieron hasta bien entrada la

 

tarde. Los planes de la segunda exploración fueron revisados una y otra vez,

 

prestando una especial atención a los obligados vuelos de la nave desde

 

Masada al monte de los Olivos y viceversa. Todos éramos conscientes de la

 

trascendencia de dicha navegación. Cualquier fallo, bien en la ida o en el

 

retorno a la cumbre de la roca, podía ser desastroso. Pero dejaré para más

 

adelante los pormenores de nuestro plan de vuelo, así como la descripción de

 

algunas de las innovaciones incluidas en el módulo y en los equipos de cara a

 

esta fascinante exploración en el año 30 de nuestra Era. Sí deseo anotar, aquí y

 

ahora, un hecho ocurrido esa misma noche del jueves y que, en mi opinión,

 

vino a confirmar lo que ya sabíamos en relación a las auténticas y profundas

 

motivaciones del general Curtiss a la hora de autorizar aquel segundo

 

lanzamiento.

 

Por otro lado, estimo que -de acuerdo con mi intención de transcribir fiel y

 

escrupulosamente cuanto vi y escuché en la Palestina de Cristo- éste es un

 

momento idóneo para dar paso a un relato que había quedado pendiente: las

 

conversaciones de Jesús de Nazaret con sus íntimos en la histórica “última

 

cena” del jueves, 6 de abril. Por razones estrictamente éticas, como señalé en

 

páginas anteriores, no me fue permitido estar presente en tan señalado

 

acontecimiento. Pero merced a las grabaciones captadas desde el módulo y a

 

mis diálogos con Andrés, el hermano de Simón Pedro, el importantísimo

 

banquete pudo ser reconstruido por Caballo de Troya. Antes de entrar de lleno.en la transcripción del mismo, es mi obligación recordar algo que ya apunté en

 

su momento: por enésima vez, como inevitable consecuencia del paso del

 

tiempo, muchas de las palabras del Maestro de Galilea en aquella “última

 

cena” serían mutiladas, ignoradas y, lo que es peor, tergiversadas por los

 

llamados escritores sagrados y, en última instancia, por las propias Iglesias.

 

Con los siglos, el maravilloso mensaje que protagonizara Jesús en aquel

 

“jueves santo” se ha visto reducido y caricaturizado a una mera “fórmula

 

matemática”.

 

Fue a eso de las diez de la noche. Yo me había retirado a descansar cuando, de

 

improviso, se presentó en la tienda uno de los vigilantes israelíes. Curtiss me

 

reclamaba. En un primer momento imaginé que se trataba de alguna

 

comprobación técnica. Pero al observar que nos dirigíamos al portón de la

 

empalizada, mi curiosidad volvió a excitarse. Al proporcionarme el santo y

 

seña, el judío me señaló en dirección al palacio del Norte, explicándome que

 

el general y otro compañero me aguardaban junto a la terraza superior. Un

 

tanto alarmado, dirigí mis pasos hacia el sector en cuestión. Allí, en efecto,

 

relajados y en animada charla, encontré a mi hermano y al jefe de la

 

operación.

 

Al verme, Curtiss me invitó a tomar asiento junto a ellos, sobre el suelo de la

 

terraza. Y bajo el blanco silencio de miles de estrellas, en un tono dulce, casi

 

 

 

 

 

Posted by elgranmayaa in 18:05:32 | Permalink | No Comments »

grandes cisternas en la roca, almacenes, cuarteles, palacios y arsenales. Estas

 

construcciones fueron aprovechadas por los 960 zelotes. (N. del m.)

 

 

Silva mandó construir ocho campamentos alrededor de la montaña, así como

 

una muralla que circunvalase Masada, cortando cualquier intento de fuga. En

 

vista de los escarpados acantilados que forman las paredes de la roca, los

 

romanos llevaron a cabo una faraónica obra en la cara occidental de la gran

 

meseta: una rampa, a base de piedras y tierra blanca prensada. Cuando dicha

 

rampa -que todavía se conserva- estuvo terminada, Silva levantó en el extremo

 

de la misma una torre de ataque, provista de un formidable ariete, logrando

 

abrir una brecha en la muralla. Aquella noche -previa a la definitiva conquista

 

de Masada por la legión romana-, los 960 zelotes que integraban el núcleo de

 

resistencia judía tomaron una heroica decisión. En un discurso memorable -relatado

 

por el historiador Flavio Josefo (1)-, el jefe de los “revolucionarios”,

 

Eleazar Ben Yair, ante lo apurado de la situación, resolvió “que una muerte

 

con gloria era preferible a una vida con infamia, y que la resolución más

 

generosa era rechazar la idea de sobrevivir a la pérdida de su libertad”. Josefo

 

escribe:

 

“Antes de ser esclavos del vencedor, los defensores -960 hombres, mujeres,

 

ancianos y niños- se quitaron la vida allí mismo con sus propias manos.

 

Cuando los romanos llegaron a la cima, a la mañana siguiente, no encontraron

 

más que silencio…”.“Y así encontraron “los romanos” -concluye Josefo su dramático relato- a la

 

multitud de los muertos, pero no pudieron alegrarse de ello, aunque se tratara

 

de sus enemigos. Ni tampoco pudieron hacer otra cosa que admirarse de su

 

valor y resolución, y del inconmovible desprecio a la muerte que tan gran

 

número de ellos había demostrado, llevando a cabo una acción como aquélla.”

 

Sólo dos mujeres y cinco niños se salvaron del suicidio colectivo,

 

escondiéndose en una cueva. Fueron ellos quienes, según el historiador judío

 

romanizado, relataron los hechos a los romanos.

 

Masada, desde entonces, ha sido y sigue siendo todo un símbolo para el

 

pueblo de Israel. Un monumento al heroísmo y a los hombres que prefieren la

 

muerte a la falta de honor y libertad. Esa heroica resistencia de Eleazar Ben

 

Yair y de sus zelotes hizo exclamar a un poeta judío: “Masada no volverá a ser

 

con quistada!”

 

Era fácil entender por qué el Gobierno de Golda Meir -permanentemente

 

amenazado por sus vecinos, los árabes- había elegido la cumbre de Masada

 

como el asentamiento ideal para un equipo de técnicos y un instrumental que

 

debían velar por la seguridad y, en definitiva, por la libertad de todo un

 

pueblo. Allí,

 

 

(1) Flavio Josefo: en sus libros Antigüedades judías (XIV y XV) y La guerra

 

de los judíos (1, II, IV y VII). (N. del m.)

 

 

la Operación Eleazar adquiría un profundo y simbólico significado, que

 

nosotros supimos respetar. Por otros motivos, aquel baluarte también iba a

 

representar para Caballo de Troya un histórico e inolvidable “símbolo”…

 

Al pie de Masada, en su cara oriental, los israelitas habían acondicionado las

 

pésimas tierras formadas por depósitos de greda sedimentada, construyendo

 

un incipiente pero prometedor complejo turístico orientado a explotar las

 

“antigüedades” de la cumbre de la gran meseta- Desde que el eminente

 

arqueólogo judío Yigael Yadin, catedrático de Arqueología de la Universidad

 

Hebrea, concluyera sus excavaciones y trabajos de restauración (entre los años

 

1963 y 1965) en la fortaleza rocosa, los curiosos y visitantes habían ido en

 

aumento. Pero sólo a partir de 1970, cuando la compañía suiza Willy Graf, de

 

Mellen, instaló un sistema de funiculares cerca de la base de la roca, el flujo

 

de turistas empezó a ser considerable. El aerocarril resultaría de vital

 

importancia para nuestros trabajos en la cima.

 

Hacia las 08.30 horas de aquel jueves, 22 de febrero, el microbús se detenía

 

definitivamente en una amplia explanada, muy cerca de la base del

 

mencionado funicular y de unas todavía modestas instalaciones turísticas. Un

 

fuerte y racheado viento del sureste nos empapó de lluvia y de un penetrante.perfume salitroso, procedente del cercano mar Muerto. Curtiss, de paisano y

 

protegido por un grueso capote de agua, nos dio la bienvenida, invitándonos a

 

seguirle hasta un albergue juvenil situado a poco más de cien pasos. El general

 

parecía satisfecho. Y aquello infundió en el equipo notables esperanzas.

 

Desde el momento en que descendimos del microbús nos llamó la atención la

 

presencia en el lugar de cuatro vetustos y casi destartalados camiones,